viernes, 4 de septiembre de 2026

CAFÉ, MI CULTIVO DE CAFÉ

Con el corazón en la mano de tan solo recordar hasta ese instante lo que habia vivido,  Armando navegaba en un pequeño bote río arriba, como único compañero de viaje tenía al dueño del bote, su nombre era Justo. 
Armando se presentó:- gracias por aceptarme como pasajero, como puede ver no tengo dinero para pagarle, solo tengo lo que llevo puesto-.
-No se preocupe- contestó Justo -su compañía es el pago, navegar por el río a veces es tedioso y con un acompañante es más fácil, además si ocurre algún inconveniente con el bote me puede ayudar-.
Armando no dudo en decir que estaba dispuesto ayudarlo en lo que sea, notó sin embargo que Justo lleva una carga bastante grande, varios sacos se amontonaban en la nave.
Llamado por la curiosidad preguntó: 
-Justo ¿por qué usted lleva tantos sacos?-.
-Los sacos están llenos de encargos que debo entregar en cada aldea en el camino, más adelante hay una aldea que espera su saco con víveres y otros objetos- respondió Justo sin dar demasiados detalles.
Armando prefirió no hacer más preguntas ni incomodar al navegante, él suponía que era su forma de ganarse la vida. Habían pasado más de dos horas cuando divisaron una pequeña aldea en la orilla del río, algunas personas ya esperaban sus víveres. Justo se acercó con su bote y entregó el saco correspondiente, recibió su pago, subió de nuevo al bote para volver al río y navegar. Armando en silencio observó la situación y comentó: -en la próxima parada soy yo, el que va bajar para entregar el saco que me indique, así pago mi pasaje y lo ayudo-.
Justo estuvo de acuerdo le pareció que era algo equitativo, él lo llevaba en su bote y Armando bajaba la carga y la entregaba. Después de navegar en silencio y cuando hubo más confianza entre los dos hombres Justo preguntó: -¿qué hace usted por estos lugares? se nota que no es de aquí-.
Es una historia larga, pero le puedo decir que gracias al cielo estoy vivo, quise cruzar la selva a pie para llegar hasta la frontera con Brasil, fue mi inconciencia y mi irresponsabilidad la que me hizo creer que lo lograría y como puede ver aquí me tiene medio muerto y con una ropa que gracias a los aldeanos llevo puesta-.
El hombre del bote no pudo evitar reír a carcajadas y luego agregó: -le doy la razón en sus palabras, nadie en su sano juicio puede pensar que va lograr un viaje así, es algo absurdo, ni los nativos que viven ahí adentro piensan de esa forma. Debe dar gracias al cielo todos los días de su vida porque salió vivo de la selva. Le voy a contar una breve historia, hace algunos años conocí un explorador que me contrato para que lo lleve por el río a la selva. Yo trate de advertirle que era peligroso y más aun si no conocía la region, él medio un millón de razones para decir que lo lograría, que venía en plan de estudio de ciertas plantas que solo crecen el la selva Amazónica, al parecer era un investigador. Bueno lo que le puedo asegurar es que hasta el día de hoy no se sabe nada de él, simplemente desapareció. Por este río siempre pasan barcazas o botes y nadie lo a visto, todos nos preguntamos qué fue de él. Por eso le digo que usted fue elegido por Dios-. 
Armando respiró profundamente y contuvo las lágrimas, él más que nadie sabía que fue una luz del cielo que lo acompañó. Por el río el bote siguió navegando con los dos hombres, Justo sacó de un pequeño maletín un atado, lo abrió y le invitó a su viajero yuca sancochada, luego le dijo: -esto es lo único que tengo para comer, pronto va oscurecer y debemos parar en la orilla para dormir, no es bueno navegar de noche, hay espíritus que rondan por el río a esa hora. Armando sabía que la gente de la región que vivía en aldeas tenía sus creencias y esa era una de ellas, los espíritus de la selva que rondaban. No quería ir en contra de costumbres ancestrales y le dio la razón a Justo. Con solo una yuca sancochada en el estomago bajaron del bote en una orilla y se disponían a dormir. Armando no se quejó, no habló de inconvenientes, estaba vivo y eso era lo único que importaba. Se cubrió con una manta para  acostarse y miró al cielo, el espectáculo hermoso de estrellas le dio una calma y una paz que no experimentaba en años. ¿Podía haber mejor belleza que esa?, estaba seguro que no, era tan espectacular lo hermoso del cielo que no quería cerrar los ojos pero el cansancio y las horas de viaje lo vencieron.
Al día siguiente su viaje continuó, no hubo desayuno y no preguntó. El bote navegaba por el río y de nuevo lo mismo, detenerse en una aldea para dejar un saco. Armando recibió el pago subió al bote y  entregó el dinero a Justo, de la misma manera fue todo el día. Entregaban un saco recibían el pago y seguían el viaje, ya se cumplían dos días navegando en el río y Armando comenzaba a inquietarse, Justo notó su impaciencia y comentó: -mañana vamos a llegar a Santa María que es la aldea donde termina mi viaje a partir de ahí hay una carretera y un  camión de los que salen puede ayudarlo a continuar su viaje. Armando movió la cabeza con resignación, tenía que aceptar, él debía llegar a Puerto Bermúdez de todas maneras.
Al día siguiente muy temprano comenzaron su viaje y cerca del medio día por fin llegaron a Santa María, Armando casi no podia caminar sobre la tierra, tantas horas navegando le habian dejado una sensación de vaivén en el cuerpo. Se quiso despedir de Justo y agradecer su ayuda pero éste le dijo:
-Espere un momento, tengo algunos amigos camioneros que pueden ayudarlo a seguir el viaje vamos hablar con ellos-. Tal como dijo su compañero de viaje, habló con un chofer de camión que conocía y éste aceptó llevarlo con una condición que viaje con la carga para que cuide que no pase nada en el camino, porque podían encontrarse con algunos malhechores y Armando tenía que ayudarlo, no le quedó otro camino que aceptar para seguir su viaje. Se despidio de Justo, le agradeció la ayuda y se subió al camión junto a la carga con una barra de fierro en las manos que le daba el camionero para defender su carga. Armando no sabía si llorar o reír a carcajadas era una ironía de la vida viajar en esas circunstancias, él que estaba acostumbrado a la comodidad, a la buena ropa y a la buena comida respiró con tristeza. El camión arrancó y se dirigió a la carretera, un día  y medio duraba el viaje, para llegar a Puerto Bermúdez, no podía reflexionar sobre todo lo que había vivido en esas semanas, la música de la radio a todo volumen en la cabina del chofer del camión no lo dejaba pensar. Se quedó dormido muy tarde en la noche con la  tenue luz de los faros del vehículo que alumbraba el camino. Armando al día siguiente seguía con la barra de fierro junto a él, por suerte hasta ese momento no ocurría nada peligroso en el camino, su estómago sonaba de hambre, creía que no iba a poder soportar más, rogaba llegar pronto a la ciudad de su destino. El chofer se detuvo a un lado del camino, Armando se puso en guardia pensando que ocurría algo pero el hombre lo llamo para darle un paquete grande de galletas y  comentó: -lo siento hermano pero aquí en toda la carretera no hay un lugar donde comer, estas galletas al menos llenaran tu estómago- sin esperar respuesta, volvió a subir de nuevo al camión y partió para seguir el camino. Mientras comía las galletas y saciaba su hambre se acordaba de las palabras de Marcy cuando estaban reunidos en el café Salón Azul, que tiempos lejanos le parecían, no sabía con exactitud que día era, sus queridas amigas siempre se habían preocupado por él y ahora estaban tan lejos. 
Había anochecido cuando llegaron a Puerto Bermúdez, la luna hermosa alumbraba en lo alto del cielo la noche no estaba oscura. Armando bajó del camión y agradeció al chofer su ayuda, éste recién reparaba en su vestimenta era muy típica. Felizmente Armando conocía la ciudad, comenzó a caminar, con su cuschma que era típica de los nativos, sin zapatos y cubierto por kilos de tierra, la gente del lugar lo miraba con desconfianza --quien era este hombre que caminaba en esas fachas- comentaban. Armando no le importaba el hablar de las personas que lo observaban, -seguro piensan que soy un orate que camina por las calles sin rumbo- dijo en voz baja pero buscaba la dirección de su amigo para pedirle ayuda. A tres cuadras del centro encontró la casa,  tocó la puerta y el mismo German abrió, se quedó espantado al ver Armando con esas ropas desgarradas y completamente sucio. 
-Germán, necesito tu ayuda, necesito trabajo- alcanzó a decir agotado Armando.
Su amigo respondió: -Armando ¡cómo estás!- no salía de la sorpresa al ver así a su amigo y agregó -lo que tú necesitas en este momento, es un buen baño, ropa limpia, zapatos y comida, parece que no hubieras probado alimento en semanas.
Que ironía pensó Armando, su amigo adivinaba o es que se notaba que estaba flaco y demacrado.  
Lo que no sabía, es que esa misma luna alumbraba a Marcy en su casa del fundo. La joven contemplaba la belleza de la noche en el umbral de la puerta y se preguntaba ¿cómo estaría su gran amigo Armando? ¿habría llegado a la frontera con Brasil cómo era su deseo? no podía dejar de pensar en los peligros a los que se había expuesto.


CONTINUARÁ
                   
                 

 

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