viernes, 21 de agosto de 2026

CAFÉ, MI CULTIVO DE CAFÉ

El sol habia despuntado en lo alto del cielo desde muy temprano y con sus poderosos rayos alumbraba la selva Amazónica. Junto a la orilla del río yacía tendido el cuerpo de Armando, parecía sin vida pero lentamente comenzó a mover los dedos de una mano,  abrió los ojos  muy despacio, la luz del sol los hería. Apenas podía respirar, la cabeza le daba vueltas y se sostenía sobre su cuerpo. Se volteó  hacía un costado, un dolor en la espalda lo hizo gritar. Todavía no tomaba conciencia de donde estaba. Se sentó apoyándose en sus brazos y comenzó a llorar, sus lágrimas bañaban su rostro, se miró las manos, se tocó la cara los brazos, las piernas,  comenzó a repetir ¡Estoy vivo!... ¡Estoy vivo! mientras decía esto no dejaba de llorar, con la poca fuerza que lo acompañaba tomó la tierra mojada de la orilla del rio y se la llevó a la cara, se cubría el rostro con ella, luego hizo lo mismo con las manos. Con más fuerza y aliento en sus pulmones grito ¡Gracias mi Dios por darme esta segunda oportunidad! ¡Gracias hombres de la selva! son caballeros por haberse apiadado de mí, nunca voy a olvidar su bondad. Continuó hablando -el cielo me otorgó su bendición y ustedes lo hicieron realidad-. Entre sollozos volvió a dar un grito ¡Estoy Vivo!, luego comentó en voz alta para que lo escuchen los nativos "No sé, si pueden oírme o comprender lo que hablo, pero les voy agradecer el resto de mi vida por dejarme vivo". ¡Gracias! ¡Gracias! sin ustedes no hubiera salido de la selva. Armando en un instante de silencio reflexionó sobre su terrible experiencia. Recordó cuando recibió en el cuello el impacto del dardo, no era uno envenenado si no un dardo para adormecerlo y que pierda la conciencia, después los mismos hombres lo sacaron de las entrañas de la selva para que tenga oportunidad de vivir, desde esa hora dependía de él seguir vivo. Los nativos se retiraron para su aldea, ellos sabían que el forastero solo no iba a poder salir del bosque tupido, no conocía el camino al río y a propósito lo dejaron en la orilla para que algún bote que pasará por ahí lo ayude a llegar a la aldea más cercana, era su única oportunidad de vida. Respiraba más tranquilo y trató de calmarse, miró a su alrededor, no tenía su mochila, sus botines, ni su sombrero, eso ya no le importó eran cosas que no tenían valor para él, lo único importante era su vida. Los nativos lo dejaron vivir, porque sabían que no iba a durar más de dos días caminando sin orientación dentro de la selva. Estos hombres eran bien conocidos por su extremada fiereza para defender su territorio de posibles invasores pero no atacaban a las personas por gusto, ellos se defendían de quienes los amenazaban. Armando desde que era un niño no rezaba, pero en esta ocasión se arrodilló en la orilla, junto las manos y rezó para agradecer al cielo su piedad y bondad. Dijo además -Señor no voy a desperdiciar esta segunda oportunidad, trataré de ser una mejor persona. Cuando pienso que estuve muy cerca de la muerte me estremezco de terror-. 
Era cerca del medio día cuando a lo lejos divisó un bote que podía ayudarlo, Armando se puso de pie y agitando los brazos, daba de gritos para que lo vean, el hombre del bote vio que alguien pedía ayuda y se acercó para recogerlo. Preguntó -¿qué hacía por esos lares y por qué vestía con andrajos? Armando no dio muchos detalles, comentó que se había perdido y preguntó ¿cómo podia hacer para llegar algún centro poblado-. 
-Señor- contestó el hombre del bote -seguro usted es otro de los aventureros que creen poder dominar la selva y caminar dentro de ella como si estuviera en su casa, no se da cuenta que la selva lo ha podido devorar. Los nativos aquí son muy fieros y no perdonan fácilmente entrar en su territorio, usted ha tenido suerte. La naturaleza es hermosa en este lugar del mundo pero hay que respetarla y saber cuales son nuestros límites-. Armando no contestó y se contuvo de llorar, él ahora sabía muy bien cuales eran sus límites.
El hombre del bote agregó: -los nativos conocen muchas plantas de donde sacan venenos o líquidos que paralizan el cuerpo de sus enemigos por eso le vuelvo a repetir que ha tenido suerte-.
Armando sabía muy bien que no era suerte, era la mano de Dios y la bondad de estos hombres que a veces llamamos injustamente salvajes. En el bote navegaron río arriba cerca de tres horas hasta llegar a una pequeña aldea situada a las orillas del río. 
El hombre del bote dijo: -hasta aquí lo puedo traer, yo tengo que seguir mi camino por el río. La gente aquí lo va ayudar, comprendo que no me puede pagar porque no tiene dinero, si nos encontramos más adelante tal vez me pueda devolver el favor-. 
Armando movió la cabeza en señal de aceptar sus palabras y le agradeció su comprensión. Bajo del bote y caminó entre las cabañas, la gente salía a verlo, un extraño había llegado y era lamentable su apariencia y su ropa parecía que había estado varios días perdido sin agua y comida. Los aldeanos lo rodearon y una mujer le alcanzó en un atado de hojas de plátano comida, era carne seca cocida y plátano verde sancochado, agradeció con un gesto humilde y comenzó a comer, para él era el manjar mas exquisito del mundo después de haber estado varios días sin alimentos, otra mujer le ofreció agua de lluvia para calmar su sed. No pudo contenerse más y comenzó a llorar de agradecimiento a estas personas que dentro de su propia pobreza compartían con él lo que tenían. La ropa de Armando estaba rota hecha jirones, alguien le alcanzó una túnica hecha de la tela que ellos hilaban, era su vestimenta típica y a la túnica le llamaban chusma, se lavó en un rincón detrás de unas ramas y se puso la túnica, los aldeanos reían al ver su apariencia graciosa y diferente a la de ellos. Una hora más tarde Armando habló con el hombre que era la autoridad en la aldea y le preguntó donde podía tomar otro bote, él debía seguir su viaje hasta llegar a Puerto Bermúdez, ciudad donde tenía amigos que se dedicaban al comercio de madrea y de café, ellos podia ayudarlo y darle trabajo. Su decisión estaba tomada, no regresaría a San Andrés en mucho tiempo, tal vez en muchos años, a sus padres les enviaría un telegrama desde la ciudad de Puerto Bermúdez para decirles que estaba bien, aunque sabía que ellos no sentían su ausencia. Lamentaba no poder hablar con Marcy y Anabella, pero la vida le había presentado este camino y lo iba a tomar. 
En San Andrés Marcy y Anabella conversaban en el Salón Azul mientras tomaban sus refrescos, recordaban Armando, era inevitable hablar de él y preguntar ¿cómo estará? y lo más difícil saber si estaba vivo o había partido de este mundo. 
Anabella decía: -Marcy realmente extraño Armando y sus ocurrencias, no puedo dejar de pensar en él, no quiero aceptar que se ha ido para siempre-.
Marcy contestó: -yo también lo recuerdo, nuestro amigo no quizo escucharnos y se fue tal vez a un viaje sin retorno-. 
Un silencio, sin palabras, Marcy pensó quien podía saber si Armando ya no estaba, era Ada, tuvo la tentación de ir a la central telefónica y llamarla para preguntar, pero desistió, ella antes de despedirse de su amiga le prometió que nunca preguntaría por alguien del entorno familiar o de amistades, era mejor ignorar los designios de la vida.
Ada, podía saber si Armando estaba vivo. Ella se encontraba lejos en la capital y vivia en la pensión de doña Herminia, no sabía nada sobre el viaje de Armando, no sabía que él se había puesto en peligro, pero lo más importante, no lo había visto, su imagen no aparecía ante ella. Ada estaba tranquila y arreglaba sus papeles para empezar sus estudios de diseño, toda la semana estuvo ocupada en sus proyectos y acostumbrándose a su nueva vida y rutina. En la noche después de cenar se retiró temprano a su habitación, para doña Herminia no era extraño, Ada era una joven tímida y callada. Cerró la puerta de su dormitorio, se cambió de ropa, se puso la pijama y se acostó en la cama. De su mesita de noche tomó la biblia, rezó unas oraciones y luego se quedó dormida. En la oscuridad de la noche una luz brillante la despertó, era la imagen de la amiga de su madre, era muy querida por la familia, Ada la llamaba tía Graciela. Se sentó en la cama y esta vez no lloró, no grito ni se desesperó, en la mesita estaba el rosario de su madre, con serenidad lo agarró entre sus manos y comenzó a rezar por la querida tía. Desde ese día iba a tener la misma actitud que su bisabuela Regia, ella afrontó esta herencia con humildad y paz, Ada quería ser como ella, no iba hacer más dramas ni iba a pensar que era una terrible herencia, un lastre o quizás una maldición, su proceder frente a esto era llevar serenidad a su alma. Con todo lo sucedido y la aparición de la imagen de su tía, no cambio de idea en cuanto a su vida, no pensaría en casarse, ni mucho menos tener hijos. Deseaba que con ella muera esta herencia que podía considerar una premonición a una vida difícil, ninguna hija de ella debía vivir así.


CONTINUARÁ                                           

 

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