domingo, 29 de enero de 2023

AL CALOR DE LOS RECUERDOS

El día domingo era un día de descanso, un día familiar. Después del medio día se cerraba la pastelería. Eugenia aprovechaba ese tiempo para estar junto a su hija y jugar con ella. En los días de semana el trabajo era intenso y la mantenía ocupada.  Por eso, esa tarde de domingo, Eugenia con su hija Azucena fueron a visitar a su madrina, pasaron una tarde amena conversando, tomaron el té y antes que caiga la noche Eugenia se despidió, era el momento de regresar a su hogar.
En el camino fue una casualidad encontrar a Jean Luca, para ella fue una sorpresa pues éste ya no visitaba tan seguido la pastelería como antes. Para Jean Luca también fue una sorpresa encontrarse con Eugenia y era la primera vez que conocía Azucena, antes de esa tarde  nunca había visto a la niña, muy galante se ofreció acompañarla. Caminaron juntos por las avenidas del centro hasta llegar a su casa. Eugenia lo invitó a pasar para tomar un café.
Mientras conversaban en la sala y saboreaban el aromático café, Jean Luca le contaba a Eugenia como fue su viaje desde Italia al Perú y porque se animó a venir. Le comentó además sobre su vida en Italia y sobre su familia.
-Mi estimada amiga fue Vittorino el que me animó a viajar, cuando mi barco llegó a Panamá casi me quedo en ese lugar, estaba cansado, el viaje había sido largo y todavía me quedaba una larga ruta. Tengo que decir que me sentía desanimado y temeroso, no sabía como sería mi vida en la nueva ciudad, de nuevo fue Vittorino, él que me me convenció a segur el viaje. Ahora vivo en el Perú desde hace tres años, tengo que confesar que me acostumbre rápido a la vida y al trabajo en esta ciudad. Todo aquí es diferente a Italia pero no he tenido problemas para adaptarme-.
Eugenia lo escuchaba con atención, entre los dos surgió una confianza natural, era una forma de conocerse y poder hablar de sus vidas y de como el destino los había logrado encontrar. Eugenia también comentó sobre su vida en el campo, habló de su esposo y de como había llegado a la capital. 
Era de noche cuando Jean Luca se despedía de Eugenia y ella lo acompañó hasta la puerta principal. Luego cenó algo frugal y le dio de comer a su hija, antes de acostarse mientras se cambiaba pensaba que era la primera vez que realmente conocía a Jean Luca, le agradó su conversación y la manera de tratarla. 
En los días de semana, la actividad en la pastelería se normalizaba, el trabajo era intenso los nuevos empleados se acostumbraban al horario y los resultados eran positivos, esto se reflejaba en la aceptación del público que cada vez era más asiduo para comprar los deliciosos pasteles y tortas.  
Desde algunos días, Eugenia llevaba en las mañanas Azucena a la pastelería, quería tenerla cerca, Celestina era la encargada de cuidarla mientras ellas se dedicaban a atender al publico. En las tarde la pequeña se quedaba en casa al cuidado de Filomena y Celestina. 
En la mañana de lunes, Eugenia, su hija y Celestina llegaron a la pastelería. Felicia acomodaba en una de la vitrinas los deliciosos budines de trigo recién salidos del horno. Polonio llamó a Eugenia al taller para que supervise el trabajo de los muchachos y de su aprobación. Celestina mientras tanto cuidaba con dedicación Azucena. Alrededor de las diez de la mañana, era la hora de la fruta para la niña, Celestina la dejó sentada en una pequeña silla de paja en la puerta de entrada, ella fue a la trastienda para traer la fruta. De pronto se escucharon gritos, bulla y escándalo en la calle era un verdadero tumulto, un grupo de revoltosos venía corriendo desde el otro extremo de la calle para enfrentarse unas cuadras más abajo con un grupo contrario. La gente sabía que era una revuelta y había que correr. Felicia escuchó el escandalo de la calle y cerró la puerta principal para evitar algún destrozo dentro del local, Celestina venía con la fruta en las manos y pegó un grito llamando a Azucena, la niña no estaba, todo fue muy rápido. Felicia pensó que Celestina y Azucena estaban en la trastienda cuando vio la silla de paja vacía. Eugenia en el patio supervisaba el horno al escuchar los gritos corrió a ver que pasaba. La sangre se le helo en las venas, su hija no se encontraba.
-¿Donde está Azucena?- gritó y corrió abrir la puerta, la pequeña había desaparecido y en la calle los revoltosos se alejaban muy rápido, no había rastros de Azucena. 
Eugenia ordenó cerrar la pastelería, y apagar el horno, Celestina lloraba y suplicaba perdón. Todos salieron a buscar a la pequeña. Polonio y los muchachos corrían tras el tumulto para ver si alguno de ellos se había llevado a la niña. Mientras Eugenia, Felicia y Celestina tocaban las puertas de las casas vecinas para saber si alguien la había visto -¡no puede ser!- gritó Eugenia desesperada -¿dónde está mi hija?- repetía una y otra vez. 
En la cuadra ninguno de los vecinos sabía nada de la niña, Celestina seguía pidiendo perdón a Eugenia y ella le reclamaba el por qué había dejado sola a Azucena -tú jamás debiste separarte de mi hija- gritó. 
Ahora tenía que ir lo más pronto a la jefatura de policía para presentar la denuncia por la desaparición de su hija, dejó a Felicia y a Celestina en la puerta de la pastelería para que esperen las noticias de Polonio. Mientras ella se dirigía a la jefatura pensaba que estaba viviendo la peor pesadilla, no era justo y quería gritar, las lágrimas caían por sus mejillas y el dolor desgarraba su alma, rogaba al cielo que su hija donde esté, se encuentre bien. 
En la comisaria presentó la denuncia para que la ayuden a encontrar a su bebé. Los trámites burocráticos, demoraban una eternidad,  las preguntas para que explique al detalle cómo había desaparecido su hija. Eugenia con la voz entrecortada contestaba cada pregunta que le hacía el comisario. Al terminar la entrevista el oficial superior le habló para tranquilizarla: -señora no se preocupe en este momento vamos a salir a buscar a su hija, solo le pido que comprenda que el grueso de mi personal está controlando a los revoltosos en la riña callejera, pero uno de mis guardias la va acompañar para comenzar la investigación- terminó de decir.
Eugenia se puso de pie y salió acompañada por un policía para ir al lugar exacto donde había desaparecido Azucena. 
En la puerta de la pastelería la esperaban Polonio, los muchachos nuevos, Felicia y Celestina. La expresión de sus rostros lo decían todo, no habían buenas noticias, nadie había visto nada y menos a la niña. El policía interrogó a cada uno de los presentes, era importante saber como había sucedido y si podía ser un caso de negligencia o lo que es peor un secuestro.  
Cuando el policía se retiró para informar a su superior, Eugenia con dolor y desesperación ordenó:
-Nosotros vamos a seguir buscando, es mejor separarnos para tocar puertas y preguntar a la gente, alguien tiene que haber visto algo, mi hija no puede desaparecer sin dejar rastro-.  La madre no iba a esperar sentada que la policía la encuentre. 
El grupo se separó y buscaron por las calles cercanas, junto al río, caminaron por la orilla y nada no se encontraban rastros de Azucena. Las horas avanzaban y la desesperación, el dolor crecían a cada instante en el corazón de Eugenia. 
Había ya oscurecido cuando llegó a su casa cansada y con el corazón adolorido. En la sala la esperaba la tía Rosalía y sus primas que se habían enterado del terrible suceso, junto a ellas también estaba Jean Luca dispuesto ayudar en lo que sea para encontrar a la hija de Eugenia. Todos los presentes le daban palabras de aliento, le decían que la policía la iba a encontrar. Ella agradecía sus palabras pero de solo escuchar, su desesperación crecía aun más.
Una hora más tarde llegó a casa de Eugenia, Marcela:
-Querida amiga, me enterado de la terrible tragedia, vamos a encontrar a tu hija ya veras, la ciudad no es tan grande como para no saber donde está. Mañana a primera hora en la redacción voy hacer imprimir avisos para repartir por toda la ciudad, todos deben estar enterados. La gente en estos casos es muy solidaria y nos van ayudar en la tarea de encontrar a Azucena- finalizó y abrazó a Eugenia que no dejaba de llorar y agradecer su ayuda.
Era muy tarde en la noche cuando la familia y amigos se despidieron. Eugenia se quedó sola en su habitación, se acercó a la cuna de su hija, rogaba al cielo que se encuentre bien. No podía dormir solo quería que amanezca pronto para salir de nuevo a buscar a su hija. Se sentía culpable y el dolor le apretaba el pecho. Por un segundo imaginó a Eduardo e imaginó cómo reaccionaria él con la desaparición de su amada hija. 
Amaneció, muy temprano, Eugenia no durmió, se alistó como pudo, se peinó y cuando salía a la calle Filomena le alcanzó un vaso con leche pero ella lo rechazó, no había comido nada desde el día anterior, pero a ella no le importaba, su hija estaba primero. 
Celestina le avisó que Felicia y Jean Luca habían venido. Eugenia los recibió pero se disculpó les dijo que tenía que salir a buscar a su hija. 
Felicia comentó: -hemos venido para ayudarte- Jean Luca agregó -vamos a organizarnos para seguir buscando, solo debemos saber por donde comenzar-. 
En el momento que salían se encontraron con Marcela que traía los avisos impresos para repartir por la ciudad. También llegó Polonio y los nuevos empleados, ellos querían ayudar. Entonces era mejor separarse para cubrir una zona más grande de la ciudad. Los hombres irían por las calles de la periferia que eran un poco peligrosos y las mujeres recorrerían las calles del centro y la orilla del río, todos llevaban avisos para repartir donde se hablaba de Azucena. 
Eugenia no deseaba quedarse de brazos cruzados y esperar que la policía  encuentre a su hija, tenía que salir a buscarla. Felicia y Celestina hacían lo mismo por otras calles del centro. Filomena se quedó en casa a la espera de la tía Rosalía y de alguna noticia de la policía.  
El grupo caminó todo el día en diferentes direcciones, repartían los avisos, peinaron una zona más grande de la ciudad y otra vez lo mismo, nadie sabía nada. Era frustrante no saber donde estaba su niña, Eugenia se desesperó, no podía contener las lágrimas. No quería rendirse, no podía rendirse en la búsqueda de Azucena. 
El reloj del comedor marcaba las once de la noche del segundo día desde que su niña había desaparecido y no tenia noticias de Azucena. Eugenia había caminado todo el día buscando y preguntando por su hija para ver si alguna persona sabía algo de ella. La policía hasta ese momento tampoco tenía buenas noticias. En su habitación lloraba, sentía que Dios le había dado la espalda y que el cielo se había cerrado sobre su cabeza. Si su hija no aparecía era mejor morir, sin Azucena la vida no tenía sentido para ella. Se reprochaba y decía en voz alta, como le había fallado, se supone que ella, su madre debía protegerla.
Filomena consolaba a su señora y Celestina lloraba desolada en la cocina, que podía pasar ahora donde estaba su querida bebé y que iba ha hacer con ella su señora.
Pasada la media noche se escucharon unos golpes fuertes en la puerta de calle, Filomena fue abrir, era su amiga Marcela que venía acompañada de su hermano, ella quería conversar con Eugenia. 
Filomena la hizo pasar a la sala y fue en busca de su señora, no fue necesario Eugenia había escuchado la voz de su amiga y venía por el corredor a la sala. Marcela al verla entrar a la sala se puso de pie caminó hacia ella y dijo: -¡Eugenia! ¡Eugenia! sé donde está tu hija, no podía esperar hasta mañana para darte la noticia. Azucena se encuentra en la casa de la señora Encarnación, es una dama ecuatoriana y está casada con el Dr. Torres, ellos viven a seis cuadras de la pastelería, no puedo decir cómo llegó a esa casa. Una vecina del matrimonio fue la que vino a la redacción para informar que la bebé perdida estaba en la casa del Dr. Torres. Ahora vamos a buscarla para traerla  a su hogar de nuevo- terminó de decir. 
Eugenia se puso a llorar, no podía creerlo  y no dejaba de dar gracias al cielo, su hija había aparecido. Se envolvió en un chal de lana y en las manos llevaba la frazadita de Azucena para abrigarla, junto a Marcela y el hermano de ésta salieron de la casa para ir a buscarla. 
Llegaron a la casa del Dr. Torres y un mayordomo les abrió la puerta, él anuncio a los esposos que habían venido a buscarlo. El Dr. Torres al ver a los visitantes sabía el porque estaban en su casa a esas horas de la noche. 
Eugenia junto a Marcela entraron a la habitación donde dormía Azucena, la niña estaba bien abrigada y cuidada. La esposa del doctor le juro que nunca fue su intención quedarse con la bebé, pero no sabía donde se encontraban sus padres, ella estaba segura que en algún momento ellos vendrían a buscarla. Luego comenzó a contar como fue que Azucena llegó a su casa.
La mañana de los sucesos, La señora venía caminando por la calle del colegio Real cuando vio a Azucena que caminaba por la vereda opuesta, al otro extremo de la calle venían corriendo un tumulto de hombres que gritaban. Él grupo se acercaba peligrosamente a la bebé, ella por temor a que la atropellen o lo que es peor  alguien se la lleve, cruzó la pista y corrió a su lado, tomó Azucena en sus brazos y no paró de correr hasta llegar a su casa por temor a que la turba le de alcance. Es así como la bebé llegó a mi hogar. 
-Yo le juro señora que si pasaba un día más iríamos a la policía junto con mi esposo a denunciar el caso de la bebé perdida, no lo hicimos antes porque no queríamos que la lleven a un orfelinato- señaló la esposa del doctor. 
Eugenia no culpaba a los esposos, al contrario les agradecía haber protegido a su hija. Ahora era el momento de llevar Azucena al hogar. Antes de partir  volvió agradecer al matrimonio por salvar a su niña. Abrigó bien  Azucena, la cargó en sus brazos y partió junto con Marcela y su hermano. Al llegar al hogar de Eugenia, Marcela abrazó a su ahijada y le dio un beso en la frente luego agregó: -Eugenia esta noche ha sido una noche de emociones y felicidad porque tu hija esta de nuevo junto a ti y eso es lo más importante-.
-Marcela... nunca voy a terminar de pagarte lo que has hecho por mi hija y por mí, querida amiga me haz devuelto la vida- contestó agradecida.
A la hora de dormir en su habitación Eugenia estaba al lado de su hija, no quería separarse un instante de ella, la sola idea de perderla para siempre la llenó de temor, tristeza  y sacudió hasta la fibra más intima de su ser. En la oscuridad de la noche pensaba que ya era tiempo de ejecutar la idea que daba vueltas en su cabeza, desde lo ocurrido con su esposo no dejaba de pensar en ello. No iba hacer fácil pero debía hacerlo, esto conlleva firmar algunos documentos y tratar de poner orden en su casa y en su vida.


CONTINUARÁ 
                                             
  
    
        
         


 

lunes, 9 de enero de 2023

AL CALOR DE LOS RECUERDOS

Habían pasado algunas semanas desde los trágicos sucesos ocurridos con la muerte de Eduardo. En su casa, Eugenia había recibido una carta extensa de Anella, madre de Eduardo. En ella escribía y se podía sentir todo el dolor y tristeza de perder a un hijo. En uno de los párrafos Anella escribía:
-Querida Eugenia, no es natural que un padre entierre a un hijo, lo natural es que los hijos entierren a su padre, es la ley de la naturaleza. Perder a un hijo es un dolor terrible que no se puede explicar. 
La carta seguía y en varias líneas escribía los recuerdos vividos junto al hijo que ya no estaba. 
Al terminar de leer la misiva, Eugenia comprendía el dolor y la tristeza de Anella, ella también era madre. 
Junto con la carta de Anella también llegaron cartas del Dr. Murillo, Fermín Benites, de su amiga Virginia, en cada una de ellas se podía leer las palabras de pesar y aliento para Eugenia por la terrible tragedia que vivía.
La boda de Virginia estaba cerca y Eugenia le envió un telegrama pidiendo disculpas por no poder asistir a su matrimonio pero debía comprender que estaba de luto.
Eugenia daba gracias al cielo porque el trabajo de la pastelería la mantenía ocupada y la ayudaba a llevar el duelo. Ella no podía abandonarse a la tristeza y renunciar a la vida, tenía a su hija Azucena que la necesitaba. La pequeña había perdido a su padre, no podía perder también a su madre.
En la casa, todavía se podía sentir la presencia de Eduardo en todas las habitaciones, Eugenia tenía la impresión  que en cualquier momento se iba abrir la puerta principal y su esposo iba entrar, trayendo consigo algún regalo o flores. 
En la pastelería Eugenia recibía la visita de su tía Rosalía y sus primas que querían acompañarla y reconfortarla, ella agradecía su presencia pero en general lo que la mantenía en pie era su hija Azucena y el trabajo.
El tiempo pasaba muy rápido, la pequeña Azucena ya daba sus primeros pasos y usaba las botitas que su padre le había mandado hacer. En dos semanas más la niña cumpliría un año, Eugenia le iba a celebrar el santo pero sería una reunión sencilla solo con la familia. Nada de alboroto y menos música.
El domingo día de la celebración del cumpleaños, los invitados llegarían a las cuatro de la tarde. Había que vestir a la niña con su vestidito rosa con blondas y encaje, zapatitos blancos y un lazo en la cabeza. La mesa tenía un bello mantel, en ella habían pasteles, budines, bombones, caramelos, empanadas y en el centro, una gran torta adornada cubierta con una fina capa de mazapán y pequeñas flores blancas de azúcar completaban la decoración. Todos los bocaditos y la torta fueron preparados en la pastelería. 
A las cuatro de la tarde comenzaron a llegar los invitados, Eugenia tenía en los brazos a su hija Azucena, la bebé recibia  a todos con una sonrisa. La tarde de la celebración fue sencilla pero amena, todas las mujeres de la familia habían traído regalos, en todo momento se evitó hablar de temas tristes, era el cumpleaños de Azucena y había que celebrarlo.
Al final de la tarde la reunión terminó. La familia se despedía, Marcela madrina de Azucena abrazó y beso a su ahijada, ella comprendía el dolor de Eugenia porque también había perdido a su esposo. El día domingo había terminado y la celebración también, Eugenia agradecía a toda la familia por acompañarla a celebrar el primer año de la pequeña Azucena.
Al día siguiente era Lunes, el trabajo en la pastelería como siempre se desenvolvía en forma normal. Los resultados económicos poco a poco se  reflejaban en el libro contable, los números estaban en azul. Sin embargo Eugenia siempre recordaba las palabras de su esposo que decía: -querida, no todo el dinero que entra en la pastelería es ganancia, ¡nunca debes olvidar! de esta manera los ingresos y egresos se mantendrán en orden y tendrás el valor real de la inversión  
Con el incidente de la nota anónima y la experiencia vivida por Eugenia, Felicia había desarrollado una teoría que no estaba del todo equivocada. En la mañana mientras atendían al público Felicia explicaba:  
-Eugenia, casi tengo la seguridad que los que enviaron la nota anónima eran enemigos de Eduardo o de la naviera, nadie más podía saber que él había desaparecido. Tú no comentaste nada de lo sucedido a tu esposo-.
Felicia podía tener razón, pensó Eugenia, su esposo había desarrollado un buen trabajo y gracias a ello la naviera ganó muchos contratos de carga para llenar las bodegas del barco. Esto pudo despertar molestias en la competencia. Eugenia prohibió a Felicia hablar sobre el tema, era peligroso asegurar algo sin tener pruebas. Además para ella lo ocurrido en ese lugar donde se criaban los toros de lidia, fue una experiencia desagradable y aterradora.  
Dos a tres días de la semana solía llegar de visita a la pastelería Jean Luca, amigo de Vittorino esposo de Elina prima de Eugenia y hermana de Felicia. Éste solía comprar empanadas para la merienda de la tarde. Felicia lo atendía y mientras ella envolvía su pedido, él se acercaba para saludar a Eugenia y conversar unos minutos, cada vez eran más seguidas sus visitas a la tienda.
Cuando él se retiró, Felicia que no se le escapaba nada comentó: -Jean luca viene cada vez más seguido a la pastelería, creo que le gustan los pasteles que se venden aquí-.
Eugenia no comentó ni dijo palabra alguna, entonces Felicia insistió: -¿tú que opinas? ¿crees que estoy equivocada?-. 
-Felicia, tienes demasiada imaginación, las personas son libres de ir donde lo deseen y comprar a su gusto- contestó un tanto molesta.
El comentario de Felicia a Eugenia le parecía exagerado, Jean Luca era una persona amiga, pasaba a saludarla compraba lo que le gustaba y se retiraba. Su conversación siempre fue amable y cordial.
Sin embargo, la gran felicidad para Eugenia era su pastelería "Las Delicias", se hacía cada vez más conocida en la ciudad, esto significaba que al público le agradaba la calidad y el sabor de los pasteles, los panes dulces y las deliciosas empanadas, ni hablar del budín de trigo que se acaba ni bien salía del horno. El secreto de su éxito, conservar siempre el sabor y la calidad, además de tener bien decorado e impecable el local.
En las noches antes de hacer dormir a su pequeña hija, jugaba con ella y le contaba cuentos, cuando Azucena se dormía, Eugenia se ocupaba de revisar las cuentas y los pedidos de la pastelería. A la hora de irse a dormir guardó su prendedor en el joyero y sacó la sortija de compromiso que un día le diera Eduardo, esa joya debía volver a la familia de su esposo, a ellos les pertenecía. En la primera oportunidad Eugenia se la entregaría Anella, madre de Eduardo.
Temprano en la mañana, antes de salir de su casa para ir a trabajar, le dio las recomendaciones del caso a Celestina para que cuide bien Azucena. Como la niña ya caminaba Eugenia pensó que sería bueno llevarla a la pastelería algunos días, para tenerla cerca.  
La mañana de trabajo se desarrollo en forma normal, unos minutos antes de cerrar la pastelería al medio día, Polonio entró agitado a la tienda, estaba pálido: -señorita Eugenia, debe venir pronto a la trastienda- insistió. 
Eugenia alarmada dejó lo que estaba haciendo, pensó que el horno se incendiaba o los pasteles que debían salir en la mañana se habían quemado ¡qué tragedia!  repetía.
En el patio se escuchaba bulla y palabras altisonantes, al acercarse para ver lo que sucedía, eran Atencio y Justo los que armaban el alboroto lo peor fue que estaban encaramados en una lucha cada uno de ellos con medio cuerpo descubierto y en las manos tenían filosas cuchillas con las que se habían cortado los brazos. Eugenia al ver el deplorable espectáculo levantó la voz -¡deténganse! repetía una y otra vez- pero los muchachos no hacían caso y seguían luchando, se golpeaban con ferocidad.
-¡Polonio dame tu cinto!- gritó Eugenia y éste obedeció. 
Por temor a que se corten con  heridas profundas que podían causarles la muerte, con el cinto en la mano Eugenia les dio un latigazo en la espalda a cada uno. El dolor los hizo reaccionar y se soltaron rápidamente. Fue la única manera de conseguir que se detengan, recién en ese instante, ellos  se percataron de la presencia de Eugenia.
-Cómo es posible que se comporten como delincuentes- les increpó  molesta -esto es algo inconcebible que no puedo tolerar, pónganse las camisas en este momento y desde ya les anuncio que están despedidos. Ahora mismo voy a pagarles el salario que se les debe- señaló con autoridad. 
Los dos muchachos se arrodillaron ante Eugenia para suplicar su perdón y rogar por su trabajo. Ella detestaban dejar a sus empleados sin empleo pero en este caso no tenía salida, como podía en el futuro confiar en ellos y en que momento, ella misma se podía ver amenazada por la mala conducta de estos empleados. 
Antes de aceptar el empleo los dos jóvenes sabían las reglas que debían acatar dentro del trabajo. 
Eugenia muy seria dio la media vuelta fue hasta la caja para pagarles el salario que se les debía, ordenó a Felicia cerrar la puerta de entrada. Los dos muchachos se acercaron a ella para recibir su paga, ambos trataron de justificar su comportamiento pero Eugenia les ordenó retirarse. Se sentó cansada en una de las sillas detrás de la vitrina, estaba molesta y contrariada. Le dolía la garganta por haber levantado la voz, luego comentó con Felicia lo sucedido y ésta contestó: -vas a denunciarlos con la policía-.
-No, no voy a denunciarlos ya es bastante castigo el quedarse sin empleo, esto es una lección que nunca olvidaran-. contestó todavía molesta por lo sucedido. 
Polonio fue llamado por Eugenia para pedirle que busque a dos jóvenes,  sus nombres habían quedado  seleccionados cuando se solicitó personal para trabajar: -es necesario que busque a estos dos muchachos para que comiencen hoy mismo a trabajar. No podemos cerrar la pastelería por este incidente- aseguró Eugenia.
A las tres de la tarde, cuando se abría de nuevo la tienda, Polonio presentó a Eugenia los dos nuevos empleados sus nombres eran Aquilino y Percy. Ellos serían supervisados hasta comprobar que sabían su oficio.  
Al final de tarde Polonio comentó con Eugenia y Felicia sobre el altercado de la mañana con Justo y Atencio, a ellas les contó porque se habían peleado: - desde hace varios días se llevaban mal y se trataban mal, ya no se podía trabajar junto a ellos, discutían todo el tiempo. Tarde o temprano tenían que terminar en pleito. No se bien el motivo de su pleito pero creo que tenía que ver con la hermana de uno de ellos. 
Eugenia no quería saber más del asunto, era un tema acabado,  hacer comentarios era una pérdida de tiempo. 
Con el trabajo de cada día los nuevos empleados tomaban experiencia y aprendían las recetas y las cantidades exactas que debían respetar para no cambiar el sabor de cada pastel o dulce. Polonio supervisaba el trabajo de los nuevos empleados y si había alguna duda consultaba con Eugenia para que de su aprobación. 
En las tardes como ya era una costumbre Jean Luca pasaba por la pastelería para visitar y conversar con Eugenia, una tarde la invitó a salir y ella declinó amablemente su invitación, se justificó diciendo que estaba de luto y que no podía salir. Jean Luca no insistió.
-Eugenia, supongo que puedo seguir visitándola en la pastelería-. habló un poco decepcionado.
-Nosotros seguimos siendo amigos y usted siempre es bienvenido- contestó Eugenia.    
Cuando se retiró Jean Luca, Felicia iba hacer un comentario pero Eugenia se lo impidió: -no es necesario que des tu opinión-. Su prima estaba molesta y Felicia no deseaba tener un altercado con ella, le tenía un gran respeto y estima. 
Después de la visita de Jean Luca, Marcela llegó a visitar a Eugenia a la pastelería comentó con ella:
-Mi querida amiga, mañana tengo una reunión en mi casa y estás invitada, el motivo un aniversario más de la revista, van asistir gente del medio y de la política. Te espero a las 7 p.m no lo olvides, la reunión  es con vestido elegante- señaló Marcela a su amiga y se despidió.
Eugenia no sabía que ponerse, podía parecer algo frívolo que pensará de esa forma si estaba de luto pero era una reunión elegante y debía ir con un vestido apropiado para la ocasión. 
En la tarde del día siguiente se alistaba en su habitación para asistir a la reunión de su amiga Marcela. Eligió para la ocasión un vestido de brocado con adornos dorados, de escote redondo y manga tres cuartos, ceñido en la cintura con un cinturón de fantasía, guantes pequeños de terciopelo, zapatos que hacían juego con el vestido y una pequeña cartera de satén. Llevaba en el cuello un fino collar de perlas y aretes de oro, sobre los hombros llevaba un chal con hilos dorados, para finalizar se perfumó con agua de lavanda. Con todo aquello estaba completo su arreglo, solo esperaba el coche de alquiler que venía a recogerla para llevarla a la casa de Marcela. 
Antes de salir dio las recomendaciones del caso a Filomena y Celestina para que cuiden bien Azucena, ella estaría de regreso a la media noche. 
Al llegar a la casa de Marcela ya habían algunos invitados, todos ellos vestían elegantes. Eugenia entró en el gran salón con su vestido fino,  su porte y juventud la hacían lucir más distinguida. El ambiente de la reunion estaba muy animado, Marcela al percatarse de su presencia fue a saludarla. Los invitados eran lo mejor del ambiente político, periodístico, literario, además de empresarios y personas notables de la ciudad. 
Entre los invitados se encontraba el senador Isaías Monasterio que no podía faltar. 
En el transcurso de la velada no faltaron los discursos alusivos al aniversario. Se recordaron los nombres notables de las personas que pasaron por la redacción y por supuesto el nombre de Rubén se mencionó. Marcela presentó a Eugenia a varios de sus conocidos, entre políticos y escritores. La reunión era un éxito. En un momento aparte Eugenia comentó con su amiga que había escuchado algunos comentarios de los invitados que se hablaba de un levantamiento contra el gobierno. 
-Siempre vamos a escuchar rumores, mi querida Eugenia. Lima es una ciudad de rumores, es algo que he aprendido en estos últimos años. Lo importantes es saber cuando son verdad y cuando son solo comentarios que crean desconcierto en la población, es ahí donde está la duda y se debe investigar antes de publicar una noticia. 
Salvo estos comentarios la reunión fue amena, entretenida y una nueva experiencia para Eugenia. Tuvo oportunidad de conocer gente notable del ambiente y conversar con el senador Isaías Monasterio que era una persona divertida y un notable orador. 
Alrededor de las doce de la noche, Eugenia se despedía de su amiga Marcela, del senador y otros invitados. Subió al coche que vino a recogerla, estaba cansada con sueño pero feliz porque había pasado una velada diferente y entretenida.


CONTINUARÁ     
         
 

   
          


      
      
     
  


 

viernes, 30 de diciembre de 2022

AL CALOR DE LOS RECUERDOS

Eugenia tenía en los brazos a su hija, se la entregó a Filomena para que termine de darle de comer y sorprendida dijo: 
-¿Quienes pueden ser estos caballeros que desean hablar conmigo? es mejor que no los haga esperar más para salir de una vez de las dudas-.
Celestina venía por el pasillo y Eugenia comentó: -es mejor que te quedes cerca de la sala si acaso necesito tu ayuda-Celestina obedeció y se quedó en el pasillo.
Eugenia entró en la sala y los dos caballeros se pusieron de pie, uno de ellos era un inspector de la policía y el otro se identificó como representante legal de la naviera donde trabajaba Eduardo.
Después de la presentaciones del caso, tomaron asiento donde les señaló Eugenia. El representante legal de la naviera tenía en sus manos una gran bolsa de papel, la abrió y sacó un abrigo y dirigiéndose a Eugenia preguntó: -¿señora queremos saber si este abrigo pertenece a su esposo?-.
Eugenia sentía que le faltaba la respiración, reconoció de inmediato el abrigo de Eduardo, estaba segura que era de él. Apenas pudo contestar: -si, ese abrigo es de mi esposo-. 
El representante de la naviera seguía hablando, trataba de explicar donde habían encontrado la prenda. Eugenia escuchaba atónita, creía que se iba a desmayar, en medio de su confusión se preguntaba ¿qué había pasado con su esposo?-.
Por la palidez de su rostro, el caballero de la naviera preguntó: -señora, ¿se siente bien?-.
-Si, si...estoy bien contestó Eugenia -¿donde han encontrado su abrigo? y ¿qué le ha sucedido a mi esposo?- preguntó recobrando la calma.
-Creemos que esta perdido en algún lugar del camino al norte, ni a él ni a su asistente se les ha podido ubicar pero no se preocupe nosotros no vamos a detenernos y seguiremos buscando hasta encontrarlos. Confié en que los vamos a encontrar-.
El inspector de policía le entregó el abrigo de Eduardo y el jefe de la naviera le dio su tarjeta y agregó:-ni bien ubiquemos a su esposo se lo vamos a comunicar-.
Se pusieron de pie y se retiraron. Eugenia en ese momento recién pudo llorar con desesperación, abrazó el abrigo de Eduardo, lo imaginó caminando perdido con hambre y con frío. Recordó la noche que escuchó claramente su voz que la llamaba, tal vez era un presentimiento del peligro en el que se encontraba su esposo. 
Celestina entró en la sala al escucharla llorar: -señorita Eugenia ¿Qué sucede?- preguntó.
-Mi esposo está perdido en algún lugar y no lo ubican, solo han encontrado su abrigo. Celestina trae el agua de azahares, necesito calmar mis nervios- ordenó entre sollozos, no deseaba pensar en algo peor.
Filomena al enterarse de lo sucedido junto a Celestina, trataban de consolar a Eugenia que estaba casi aturdida con los terribles sucesos.
Una hora más tarde se preparó para ir a trabajar a la pastelería, si se quedaba en su casa sería peor, el trabajo la iba ayudar a no pensar en nada que no fuera encontrar sano y salvo a su esposo. 
Cuando llegó a la pastelería, Felicia la notó silenciosa y triste, quería preguntarle que le pasaba pero no se atrevió. Después de una tarde de trabajo intenso a las seis de la tarde se cerraba la pastelería, atendieron a los últimos clientes y cerraron las puertas. En el camino de regreso a su casa Eugenia parecía una sombra, ya no traía la alegría de siempre, solo quería saber la noticia que habían encontrado a Eduardo.
En la noche a la hora de la cena casi no probó alimento. En su habitación abrazaba y besaba Azucena para hacerla dormir, luego la puso en su cuna, la bebé todavía compartía la misma habitación de sus padres. Eugenia se sentó en un sillón cerca a la cama, no tenía sueño, se acordó de los padres de Eduardo, cómo les daría la noticia que su hijo estaba perdido. Mejor era esperar unos días para tener noticias de él. 
En el día, el ritmo de trabajo en la pastelería la aturdía por unas horas, el no tener todavía noticias la angustiaba. En su casa revisaba las cuentas y hacia esfuerzos por no llorar. Se dedicaba de lleno a su hija que inocente estaba ajena al drama que se vivía.
Habían pasado cuatro días desde la visita del representante de la naviera y el inspector de policía, no se tenían noticias. El día anterior Eugenia visitó la jefatura y habló con el comisario, no quería perder la esperanza de encontrar a su esposo. Los caminos en aquellos tiempos, eran difíciles de transitar.
Al amanecer del quinto día, Eugenia terminaba de alistarse en su habitación para salir a trabajar, en ese instante Celestina tocó la puerta: -señorita Eugenia este papel estaba debajo de la puerta principal-.
Eugenia tomó el papel y lo reviso, se notaba que a propósito habian escrito con mala caligrafía para que no se identifique al autor. La nota decia -En esta dirección se encuentra su esposo. Calle la Esperanza # 353- puede usted misma comprobarlo- Era la único que estaba escrito, no tenía nombre ni firma. Era un anónimo enviado a su casa 
El mensaje la hizo reaccionar -¡no puede ser!- decía -Eduardo se encuentra en esta dirección, tengo que ir a buscarlo-. Celestina ni Filomena sabían leer, ese era un gran problema, Eugenia les tuvo que explicar de que se trataba la nota.
-Señorita, no vaya a esa dirección, usted dice que no conoce quien la escribió, tenga cuidado es por su seguridad- hablaba Filomena para tratar de detener el entusiasmo de Eugenia. 
-Tengo que ir Filomena, no puedo descartar ninguna posibilidad de encontrar a mi esposo. No me voy a poner en peligro, si noto algo que no esta bien de inmediato me retiro. Además no iré sola, Polonio me va acompañar-. Terminó de aclarar.
Antes de salir para la pastelería, Eugenia le dio algunas instrucciones a Filomena: -si acaso me sucede algo, busca de inmediato a mi madrina ella sabrá que hacer y por nada de este mundo te separes de Azucena-. 
Celestina y Filomena suplicaban a Eugenia que no vaya a esa dirección, era mejor ir a la comisaria pero Eugenia no las escuchaba y salió de la casa tan rápido como podía.
Llegó a las pastelería cuando abría sus puertas, no quería perder tiempo, buscó a Polonio, le pidió que la acompañe a la dirección de la nota y dejó a Felicia al mando de todo. La joven no entendía que pasaba con su prima pero de nuevo, no se atrevió a preguntar. Eugenia tenía demasiada prisa como para explicar lo que sucedía. 
En el camino, explicó a Polonio sobre la nota y lo que deseaba hacer, el joven empleado no dudo en apoyar a su jefa. La dirección que mencionaba el anónimo, quedaba a las afueras de la ciudad, se tenía que cruzar el puente sobre el río, era un terreno cercado y cerrado por un portón, estaba rodeado de un terral. Como era de día, Eugenia se animó a tocar, Polonio en silencio estaba a su lado. Esperaron un rato y nadie abría, volvieron a tocar con más fuerza y nadie contestó.
Entonces Polonio comentó: -señorita Eugenia iré hasta la esquina para ver si hay otra puerta- mientras el muchacho se alejaba, una de las hojas del portón se abrió sola. Eugenia empujó el portón y entró, avanzó unos pasos solo alcanzó a decir:
-¡buenos días!- porque lo que vio la dejó petrificada sin poder moverse, quiso retroceder para salir pero la puerta se cerró a su espalda, en el lugar no había nadie, solo unos enormes toros, jamás en su vida había visto animales tan grandes. Que clase de broma macabra era esa, el lugar era un corral donde criaban toros de lidia para la feria de octubre en la Plaza de Acho. Llamó con desesperación a Polonio pero éste no contestaba, golpeó la puerta para tratar de abrirla y nada, pasaron unos minutos los más largos de su vida, hasta que escuchó la voz de Polonio: 
-Señorita Eugenia Calma- ella le contestó entre llantos que habían unos toros enormes -tengo miedo Polonio- señaló.
-Señorita, si usted se calma y no se mueve del lugar, los toros no la van atacar, ellos solo se acercan si ven algo que se mueve. Tranquila por favor- rogó Polonio. 
-Sácame de este lugar, busca ayuda- decía Eugenia entre lagrimas y se aferró al portón.
Con la bulla  y los golpes, la gente de los alrededores se acercó, llamaron al encargado del lugar y éste abrió el portón para sacar a Eugenia. Cuando ella estuvo frente al hombre, asustada le increpó que lo iba a denunciar a la policía pero él contestó que él no sabía nada, al parecer decía la verdad, se le notaba asustado y nervioso por la posibilidad de ir a prisión.  Las personas de los alrededores  lamentaban lo ocurrido y el encargado rogaba por su inocencia.
Eugenia sacudió su falda, llena de tierra, su blusa blanca estaba rota de una manga, nunca había experimentado tanto miedo. Se retiró del lugar, Polonio la seguía en silencio. Ella se preguntaba  ¿Quién abrió el portón? ¿Quién o quienes enviaron el anónimo y con qué intención?. 
En su casa Filomena y Celestina se asustaron al verla llegar en ese estado y la ayudaron a cambiarse, Eugenia estaba molesta y en silencio, no deseaba hablar de lo sucedido.  
Mas tarde, ese mismo día, Eugenia se presentó en la comisaria con su abogado para hacer una denuncia. A la policía le explicó el incidente vivido, como prueba presentó la nota anónima que llegó a su casa y como testigo a Polonio Conde. La policía inicio las investigaciones del caso, citaron al dueño del lugar y al cuidador pero no se pudo llegar al autor o autores del anónimo.
Una semana más tarde mientras Eugenia atendía a su hija, recibía la noticia que nunca hubiera querido escuchar. El representante de la naviera y el inspector de policía, visitaron de nuevo su casa para comunicarle que habian encontrado a su esposo y a su asistente, los dos estaban sin vida. 
Eugenia apenas podía contener las lágrimas: -señora lamentamos lo sucedido, estamos trayendo a Lima los cuerpos. De parte de la naviera y el mío propio le extendemos el pésame y la vamos apoyar en todo lo que sea necesario- aseguro el encargado de la naviera y el inspector de policía.
Eugenia no tenía palabras pero ella quería gritar porque la empresa mandó a su esposo hacia el norte por tierra, nada traería de nuevo a Eduardo. Cuando los visitantes se retiraron, no pudo contener más el llanto. Recordó las palabras de Eduardo: -querida estamos viviendo días turbulentos, no hay seguridad en ninguna parte-.
En esa época, existía mucho bandolerismo en los caminos, para nadie era seguro transitar, los asaltos eran lo común y si alguien se resistía no quedaba vivo. Se enteró después por a naviera que un campesino de la zona fue testigo del asalto y el desenlace fatal. No pudo hacer nada para ayudarlos son delincuentes que azotaban la región y los pobladores del lugar les temen.
El mismo día que se enteró de la noticia mandó un telegrama a los padres de Eduardo para comunicarles lo sucedido. No quería pensar ni por un segundo, el dolor que sentirían sus padres al enterarse de lo acontecido.
Por la prima Felicia, la tía Rosalía, sus primas, su madrina, su amiga Marcela, se enteraron de lo ocurrido y corrieron a su lado para darle su apoyo y su pésame. Para Eugenia era un sufrimiento que parecía no terminar.
Alonso de Santa María y su hijo Sergio, hermano segundo de Eduardo llegaron a la capital, querían hablar con Eugenia y saber los detalles de lo ocurrido. La madre de Eduardo, Anella. no había llegado con ellos. El padre comunicó a Eugenia que quería llevarse a su hijo a la hacienda: -espero no te opongas a la voluntad nuestra- comentó.
Eugenia pensó en oponerse pero luego recapacitó, como negarle a los padres el deseo de tener cerca a su hijo. Lamentó por siempre no poder acompañarlos hasta a la hacienda, Azucena era muy pequeña para hacer el viaje de ida y vuelta, no podía dejarla en la ciudad. 
La naviera por su parte cumplió con su palabra y se encargó de todo lo necesario, facilitaron los trámites del traslado y el transporte en el barco para el último viaje de su esposo. Además le pagaron el seguro de vida que le correspondía, Eugenia tuvo tiempo para despedirse de él antes que se lo lleven, estuvo cerca todo el tiempo, lloraba su ausencia y suplicaba a Dios por su esposo.
Cuando el padre atribulado, se fue con Eduardo y Sergio, la casa quedó vacía, Eugenia sentía que la vida la había puesto al borde de un abismo y que iba a sucumbir. Abrazó a Azucena y sintió algo de alivio. Su pequeña hija se había quedado sin el padre que tanto la amaba. Filomena y Celestina eran testigos de su dolor, ellas también lloraban por lo ocurrido a su patrón. Nada volvería hacer igual después de esta tragedia. 


CONTINUARÁ            
        

  
   
   

 
   


 

viernes, 23 de diciembre de 2022

AL CALOR DE LOS RECUERDOS

El sacerdote que había invitado Eugenia para la bendición del local ya estaba presente. Oficio una breve ceremonia y con agua bendita rociaba el lugar. 
Cuando terminó la breve ceremonia, todos estaban felices y agradecían al padre sus palabras y sus buenas bendiciones. 
Felicia y los ayudantes del taller con sus mandiles blancos impecables y sus gorros cubriendo sus cabezas por ordenes de Eugenia pasaban las fuentes con los bocaditos para que todos los invitados se sirvan.
En medio de la reunión y cuando los presentes hacían un brindis, entró en el local el senador Isaías Monasterio, todo el público lo saludaba y el levantaba la mano para corresponder los saludos. Marcela se acercó a Eugenia y le habló en voz baja que se había tomado la libertad de invitar al senador pero que no  dijo nada porque no sabía si iba a venir. 
Eugenia le contestó que no se preocupe que el senador era bienvenido a la pastelería siempre que él lo desee. 
Al parecer entre el público asistente, los pasteles de Eugenia y su equipo estaba pasando la prueba del sabor. Muchos repetían para seguir probando pero había un dulce que se acabo muy rápido y que había sido todo un éxito, éste era, el budín de trigo que tenía un ingrediente secreto y especial en su preparación que lo hacía suave y exquisito al paladar, muchos preguntaban por la receta pero Eugenia guardaba silencio y sonreía. Era una receta de su madre, ella le enseñó la preparación del exquisito manjar. 
Pasado el medio día, los invitados comenzaron a retirarse no sin antes felicitar a Eugenia por el éxito rotundo de sus pasteles y de su pastelería. Cuando el local quedó vacío, Eduardo abrazó a su esposa y comentó: -ahora si puedes estar tranquila y decir adiós a los nervios, los invitados han dado su aprobación y les han gustado todos los pasteles. Vamos a nuestro hogar para descansar te lo tienes bien merecido-. 
Pasaron algunos días desde la inauguración de la pastelería y a pesar de la situación política y social que vivia el país, siempre se estaban abriendo nuevos negocios y talleres, el trabajo no se detenía.
A nuestras costas llegaban barcos con emigrantes de diferentes partes del mundo, venían a quedarse a trabajar y fundar sus familias. Ellos también formaban parte del desarrollo y eran la nueva cara de la ciudad. 
Era el tiempo en que cumplía el tercer año de gobierno del presidente Andres Avelino Cáceres, la economía todavía se mostraba inestable y volátil, la gente tenía fe de que todo cambiaría para bien y  deseaban un clima de paz y prosperidad. 
La población en general temía que ocurriera en cualquier momento un levantamiento o golpe de estado como en un pasado no muy lejano, este temor no era infundado. La lucha por el poder había sido fratricida y demasiado derramamiento de sangre en los enfrentamientos. 
Eugenia no podía sentirse más feliz y satisfecha con la inauguración de la pastelería, era consciente que debía esperar algunos meses para ver los resultados económicos, esto no iba hacer tan fácil, se tenía que trabajar para mantener la calidad y el sabor de los dulces y pasteles.  
Felicia había resultado una gran sorpresa porque era responsable en le trabajo y en su trato con el público era siempre amable y atenta. Si Eugenia por algún motivo se ausentaba de la tienda, no tenía problema, Felicia se quedaba al mando y podía confiar en ella. En cuanto a los nuevos empleados se desenvolvían bien y aprendían rápido, ya estaban acostumbrados al nuevo horario. La pastelería se cerraba al medio día como era la costumbre y se volvía ha abrir en la tarde. 
Después de almuerzo en la casa de Eugenia, se solía hacer una corta siesta, pero ese día Eduardo había tardado en llegar a casa, de pronto la puerta principal se abrió y era el esposo que traía una sorpresa.
Eugenia preguntó -¿es un regalo para mí?-. 
-No mi querida Eugenia, esta vez no es un regalo para ti, es para nuestra pequeña hija que ya esta por dar sus primeros pasos- Eduardo abrió el regalo que hace poco había mandado a confeccionar, eran una hermosas botitas de caña baja y de cuero muy suave para que no lastime los delicados pies de Azucena. Los padres se sentían emocionados al imaginar que en poco tiempo estaría su pequeña dando los primeros pasos en esas graciosas y finas botitas.
En un breve descanso en el salón mientras disfrutaban de un aromático café, Eduardo comentaba con su esposa: -Eugenia voy a tener que viajar unos días al norte del país para conseguir más contratos de carga y llenar las bodegas del barco- cada vez tenía que viajar más lejos para poder conseguir los contratos -voy a demorar algunos días- terminó de decir.
A Eugenia no le agradaban demasiado esos viajes pero ¿Qué podía hacer?, era el trabajo de su esposo. Por otro lado no se podía quejar, a la pastelería le iba cada día muy bien. El negocio prosperaba y se hacía más conocido en la ciudad. Los pasteles bañados en crema, los panes dulces rellenos de manjarblanco, las bombas de azúcar con crema pastelera eran muy pedidos pero el éxito del budín de trigo con el ingrediente secreto era aún mejor. Pronto llegarían los días de sacar a la venta los panes de niños envueltos con una pecana como ombligo y no debemos olvidar de los bombones de chocolate únicos en la ciudad.  El único bocadito salado que se vendía, eran las empanadas de carne que salían caliente y deliciosas en la tardes.
Su madrina, primas y su tía Rosalía eran asiduas visitantes del lugar y disfrutaban de las delicias que se vendían.  De vez en cuando Jean Luca y Teodoro también visitaban la pastelería para comprar muchos de los bocaditos. Era gratificante el trabajo que Eugenia y su equipo realizaban. A las seis de la tarde se cerraba la pastelería y todos se iban a descansar.
En la noche en su casa, Eugenia revisaba el correo que había llegado en la mañana, con el informe de Fermín y los detalles del trabajo en el fundo, debía mandar el dinero que iba a necesitar el fundo. Además el correo también traía, una carta de Virginia que la felicitaba por el éxito de su nuevo negocio y la sorpresa  era que invitaba a Eugenia y a su familia a su próxima boda a realizarse dentro de un mes. 
Fermín aparte de su informe escribía a Eugenia una nota comentando sobre el estado de salud del padre de Virginia que estaba bastante enfermo. Eugenia lamentaba la situación y escribía a su amiga para que sepa como se encontraba su padre. 
Querida Virginia- decía en unas líneas -por intermedio de mi administrador, me he enterado que tu padre se encuentra muy delicado de salud. Sería conveniente que le escribas algunas líneas o tal vez le escribas a Anselmo el administrador para que te cuente los detalles. Yo cumplo con informarte y espero que tu padre pueda superar este mal momento. Luego le felicitaba por su próxima boda y le prometía estar presente. Eugenia lamentaba esta mala noticia con respecto al padre de su amiga.
La pastelería con el paso de los días no podía irle mejor. Felicia comentaba a Eugenia que faltaban los insumos que se usan en la preparación de los dulces. 
Eugenia contestó: -Felicia, tú eres la encargada de controlar que no nos falte los suministros, no esperes hasta el último momento para hacer los pedidos-. 
-No te preocupes Eugenia, hoy mismo me encargo de ello, nada nos va a faltar. Estoy feliz de trabajar en la pastelería porque lo bueno de todo esto, es que no tengo a mi madre indicando lo que debo hacer, ella no comprende que deseo tomar mis decisiones con calma y que soy dueña de mi vida-.  
Eugenia la escuchó con atención y agregó -Felicia he notado que todas las tardes viene un joven a recogerte-. 
-Si... es Esteban un amigo y vecino, vive muy cerca de mi casa y después de sus clases pasa a recogerme. Con el me siento cómoda para conversar y supongo que a él también le sucede lo mismo.
La conversación de ambas fue interrumpida por Polonio que pedía a Eugenia que se acerque al taller para verificar que todo vaya bien, mientras Justo el otro empleado pasaba una fuente llena de bombones de chocolates para exhibir en las vitrinas.  
Al día siguiente muy temprano Eduardo se despedía de su familia, sus viajes cada vez eran más largos y complicados. En Huaral la compañía quería abrir una oficina de carga para conseguir más contratos. 
-Está vez iremos por tierra y no por barco como otras veces- comentó Eduardo y llevaba en sus alforjas varios fiambres preparados por Filomena para el camino. Las vías de comunicación en ese entonces eran complicadas y no había facilidades para transitar. 
El trabajo del día a día en la pastelería la absorbía cada vez más, Eugenia y Felicia se multiplicaban para atender a los clientes. Cuando llegaba las seis de la tarde Felicia era la encargada de cerrar el local y de ver que todo quede limpio y en orden. 
Eugenia caminaba de prisa a su hogar, no quería que la noche la sorprenda y deseaba de corazón estar junto a su pequeña Azucena que era todo su mundo.  
A la hora de la cena Eugenia le daba de comer a su hija y Filomena la ponía al tanto de todo lo que se necesitaba en la casa y que era necesario comprar.  
-Filomena, en el cajón de mi  escritorio hay un sobre con dinero para estos menesteres, puedes retirar lo que necesites- contestó Eugenia para que pueda hacer las compras al día siguiente. 
Había transcurrido el segundo día del viaje de Eduardo, a la hora de dormir la casa quedaba en silencio, la noche no podía ser más oscura, en el cielo no alumbraba la luna. Filomena y Celestina se habían ido a dormir después de poner la casa en orden. Azucena dormía en su cuna y Eugenia leía un libro a la luz de las velas, pronto el sueño acabo por vencerla, apagó las velas y se quedó profundamente dormida. Las horas de la noche avanzaban sin novedad  de pronto en un segundo escuchó la voz de Eduardo que la llamaba con insistencia -¡Eugenia! ¡Eugenia!- 
Ella se despertó con sobresalto, se sentó en la cama, pensó que era su esposo que había llegado. Se levantó de la cama salió al pasillo, no había nadie, un frío helado recorrió su cuerpo, estaba segura que escuchó la voz de Eduardo que mencionaba su nombre pero la puerta de la calle estaba cerrada. Confundida por lo ocurrido, volvió a la cama, no podía  dormir de nuevo ¿qué fue lo que pasó? se preguntaba.
Cuando amaneció a la hora del desayuno, comentaba con Filomena lo que había pasado en la noche.
-Señorita Eugenia, seguro fue un sueño y usted ha creído que fue real- contestó.
-Si, puede ser que así sea pero ya no estoy segura de lo ocurrido- contestó Eugenia pensativa,  trataba de darle una explicación a lo sucedido.
La mañana de trabajo en la pastelería transcurrió sin muchas novedades y a la hora de almuerzo en el hogar de Eugenia, Celestina entró apresurada al comedor y dijo: -Señorita Eugenia en la puerta hay unos señores que preguntan por usted-. 
Eugenia, sorprendida contestó: -Celestina que pasen a la sala, enseguida voy- no sabía de que se trataba y quienes eran esos caballeros que deseaban hablar con ella a esa hora del día.


CONTINUARÁ 
    
    
            


 

domingo, 11 de diciembre de 2022

AL CALOR DE LOS RECUERDOS

En la tarde como lo había prometido la tía Rosalía, se presentó en casa de Eugenia, puntual a las 4 p.m. Lucía un aspecto acalorado y un poco cansado mientras esperaba a su sobrina en la sala, se daba aire con un precioso abanico regalo de su esposo. 
En presencia de Eugenia al comienzo hablaba sobre temas generales: -hay querida niña como ha subido la temperatura en la ciudad, yo sufro tanto con el calor- mientras decía estas palabras, no paraba de darse aire con su abanico. 
La tía Rosalía tomó un poco de aire y por fin habló sobre la pastelería. Ella daba vueltas  en su conversación, no se atrevía a comentar lo que realmente deseaba. Eugenia la escuchaba con atención sin interrumpirla y le ofreció una limonada para que se refresque. 
Con el vaso de limonada en la mano y el abanico en la otra, la tía Rosalía por fin se animó hablar: 
- Querida Eugenia no quisiera molestarte ni tampoco deseo que lo tomes a mal- la tía seguía dando vueltas para escoger bien las palabras y agregó -si vas a necesitar personal que trabaje en la pastelería ¿crees que podrías considerar a Felicia para un puesto dentro del personal?- respiró con calma ya había soltado la pregunta.
Eugenia estaba sorprendida, ella no lo había pensado, Felicia era una persona de confianza y ponerla a prueba en el trabajo, no estaba de más.
-Tía- contestó Eugenia -voy a considerar su petición, diga usted a Felicia que venga mañana en la mañana para conversar-. 
A la tía le volvieron los colores al rostro, estaba temerosa de que su sobrina le de una negativa pues  según ella, Felicia era su hija rebelde, pero con una ocupación  no estaría pensando en rebeldías ni tendría pajaritos en la cabeza.
En la noche, luego de la cena y de que Azucena estuviera durmiendo en su cuna, Eugenia comentaba con su esposo cuán avanzados estaban los trabajos en la tienda de la pastelería, en unos días más se terminaría todo. Después había que prepararse para lo más fuerte, la apertura de la pastelería. También le comentó sobre la petición de la tía Rosalía que deseaba que su hija  Felicia trabaje con ella. Eduardo estuvo de acuerdo -me parece que es una buena idea, tu prima es una persona de confianza y si sabe hacer bien su trabajo va hacer de una gran ayuda-.
Si pensó Eugenia, su esposo tenia razón, conversar con ella en la mañana le iba a permitir saber si realmente era apta para el trabajo tiene que hacer.
En la mañana del día siguiente, Felicia se presentó en casa de Eugenia, ella ya la esperaba y la hizo pasar al salón y explicar en que consistía el trabajo. Su prima estaría en la tienda para ayudar en la atención al público y en lo que se pueda presentar cuando Eugenia le mande a entregar algún pedido. 
Felicia estuvo de acuerdo con los detalles del trabajo y de lo que tenía que hacer, entonces preguntó: 
-¿Desde cuando comienzo a trabajar?-.
Eugenia contestó -desde hoy día, solo exijo de tu parte responsabilidad en el trabajo, buena actitud con el público y puntualidad en los horarios- señaló Eugenia para que quede claro el tema.
Felicia volvió a decir que estaba de acuerdo -prima Eugenia de mi parte no tendrá queja alguna-.
Aclarados los temas, Eugenia invitó a Felicia al estudio para elaborar el cartel de aviso para  contratar personal. La joven fue la encargada de hacer el cartel, mientras Eugenia examinaba las cuentas de los gastos realizados hasta el momento, los números eran considerables, luego revisó el correo que traía el informe de Fermín sobre los trabajos en el fundo, gracias a Dios en el campo todo iba muy bien. 
El cartel de aviso no debía ser muy grande pero si de tamaño suficiente para que se vea cuando la gente pase por la vereda. Una vez terminado el cartel
Eugenia llamó a Filomena para darle algunas indicaciones sobre las cosas que se debían hacer en casa y la recomendó el cuidado de Azucena a Celestina.
-Felicia vamos al taller del maestro que va crear el letrero con el nombre para el local, ya sé como se va a llamar "Pastelería Las Delicias". Este es un nombre corto y fácil de recordar para el público que al entrar a la tienda se encuentre con un mundo de sabores dulces y exquisitos- comentó Eugenia y junto a su prima partieron  con dirección al taller del maestro. 
Entre las calles ubicaron muy pronto la dirección del taller y después de explicar al maestro lo que deseaba mandar hacer con sus ideas y los colores. Se retiró del lugar. 
-Ahora que hemos mandamos hacer el cartel, todavía tenemos tiempo para visitar la tienda y supervisar los últimos trabajos- decía esto mientras caminaba por la calle del congreso para llegar a la pastelería.
Dentro del local las obras, casi terminaban, las vitrinas ya estaban instaladas, el carpintero y sus ayudantes daban los últimos ajustes al mostrador. Todo el trabajo  comenzaban a tomar forma, los nervios y el suspenso también.
-Felicia, tengo un gran temor- decía Eugenia -si nadie viene a la inauguración que va a pasar-.
-No Eugenia, como hablas así, toda la ciudad va a venir a la inauguración, debes tener calma-. contestó con entusiasmo su prima para animarla.
Pero los nervios de Eugenia eran reales y sus temores también, cada día que pasaba se acercaba más  el día de la inauguración y quería que todo quede perfecto.  Después de recorrer el local y dar su aprobación a los trabajos, salieron del lugar para regresar a la casa. 
En el comedor la hora del almuerzo conversaba con su esposo, Felicia estaba invitada almorzar. Eduardo le daba algunas ideas a Eugenia de como seleccionar al personal que iba a trabajar, estos debían tener conocimientos y experiencia en panadería. 
-Felicia, te pido por favor que mañana vengas a las 8p.m para que me ayudes en la tarea de seleccionar a los obreros de la panadería- comentó Eugenia.
Su prima le prometió que estaría puntual a la hora señalada y se despidio. La selección del personal debía ser cuidadosa. 
Felicia llegó muy temprano, al local de la pastelería donde se encontraría con Eugenia. Ya en la puerta de entrada había una cola que se comenzaba a formar para solicitar el empleo. Gran parte de la mañana se pasó en la tarea de seleccionar a los futuros trabajadores. Cerca del medio día Eugenia le pidió a Felicia que retire el cartel de aviso, habían sido seleccionados tres jóvenes para trabajar, sus nombres eran Polonio, Atencio y Justo, ellos trajeron sus documentos policiales y partidas de nacimiento, además de examen médico. 
Los tres jóvenes tenían conocimiento de panadería y experiencia. Eugenia habló con los tres empleados seleccionados de cómo seria su trabajo y dejó bien en claro las reglas dentro del local y horarios de entrada y salida que se debían cumplir. Para finalizar el tema les dijo que comenzaban a trabajar al día siguiente.  
Ahora sí, el tiempo estaba en contra, avanzar con el arreglo del local y organizar los utensilios de cocina para tenerlos a la mano. Contratar al mercader para que abastezca los insumos necesarios para la preparación de pasteles, manjares, merengues, crema pastelera, crema de chocolate para bañar las tortas, era importante tener un orden para que todo funcione como un reloj. La lista era larga y tenían que darse prisa si querian llegar a la fecha de inauguración. Con Felicia fueron a visitar los diferentes comercios para hacer los contratos y pedidos de insumos para la pastelería,  al final dejaron la visita a la fábrica de caramelos y galletas porque deseaban comprar una variedad de diferentes golosinas para que estén al alcance del los niños.
Eugenia, Felicia y los tres jóvenes contratados comenzaron hacer el arreglo de los utensilios en la trastienda donde se haría la preparación de los dulces y pasteles. Se aseguraron de que el horno funcione correctamente porque de no hacerlo estarían perdidos.
Eduardo fue a visitar el local y quedó gratamente sorprendido con el decorado y la ubicación de los muebles, todo lucía impecable y de buen gusto.  
El día de la inauguración había llegado solo faltaban algunos detalles para finalizar. El letrero con el nombre de la pastelería estaba siendo colocado en ese momento. A las once de la mañana sería la inauguración, Eugenia supervisaba cada detalle e indicaba donde debían ir las fuentes con los pasteles para los invitados, las vitrinas debían estar llenas. El día anterior habían trabajado todo el día para tener listos todos los dulces y pasteles. Felicia y los nuevos ayudantes seguían al pie de la letra las indicaciones escritas en las recetas de Eugenia. Muy importante era tener cuidado en la elaboración de la receta para que no perder el sabor y la calidad. 
Con su blusa blanca de fino encaje y falda oscura Eugenia sentía los nervios de una principiante. Eduardo y la bebé Azucena con Filomena y Celestina no tardarían en llegar, ellos eran los primeros invitados. 
El sacerdote de la iglesia de San Pedro había sido invitado para que otorgue la bendición al local. A las once de la mañana se abrieron las puertas del local de par en par, el lugar se veía adornado con algunas cadenetas de colores las paredes pintadas con pintura nueva y los muebles blancos lucían bien. Fuentes de pasteles bañados con crema, tortas, bombones de chocolate, dulces y galletas sobre el mostrador al alcance de los invitados. Felicia y los tres jóvenes panaderos, estaban vestidos con mandiles blancos impecables y gorros de tela en la cabeza listos para atender a los invitados.   
La infaltable tía Rosalía y su esposo fueron los primeros en llegar, al ver el local decorado solo tenían palabras de elogio para Eugenia. Poco a poco llegaban más invitados, sus primas con sus respectivos esposos, Vittorino había traído a sus amigos Jean Luca y Teodoro. Su madrina sus amigas  también se acercaron. Eduardo y la bebé todavía no llegaban Eugenia se preguntaba porque demoraban tanto. En el momento que entraba su amiga Marcela con uno de sus periodistas para cubrir la nota de la inauguración, atrás de ella entraba Eduardo con Azucena en sus brazos. Eugenia por fin respiraba tranquila su  familia estaba cerca.
-Eduardo por fin llegaste, yo estoy tan nerviosa que no sabía que hacer- decia Eugenia.
-No te preocupes solo fue un pequeño retraso pero aquí estamos. Tú que pensabas que  nadie iba a venir a la inauguración y mira, la tienda está casi llena de gente que quiere probar tus ricos pasteles- contestó Eduardo a su esposa.
Eugenia se sentía feliz aunque todavía sus nervios los podía sentir, pero pensaba que la vida era dulce y que por fin se habían abierto las puertas de la pastelería para que el público disfrute de un mundo dulce de deliciosos sabores. 


CONTINUARÁ
           
 

 
 
   
 
  
 
       
   
 
  
     


 

lunes, 5 de diciembre de 2022

AL CALOR DE LOS RECUERDOS

Eugenia estaba decidida hablar con los dueños del local que deseaba alquilar para realizar su proyecto. Cruzó la calzada y tocó la puerta, tal vez había alguien que podía atender y dar razón sobre el alquiler. La puerta se abrió y una señora de aspecto amable la atendió. Eugenia comentó que venía por el aviso del diario, la señora la hizo pasar, en su interior el local era amplio, tenía una trastienda y al fondo un patio de tamaño mediano, suficiente para sus planes. En su mente podía imaginar la disposición de las vitrinas y mostradores, en general era mejor de lo que esperaba.
Habló con los dueños que eran la señora que la atendió primero y su esposo que también se encontraba en el local. Hablaron sobre el alquiler y sus condiciones. Eugenia estuvo de acuerdo con el contrato y les comunicó que más tarde regresaría para darles una respuesta definitiva. 
Salió del local feliz y llegó a su casa un poco tarde, Eduardo ya había llegado y jugaba con la pequeña Azucena. 
Eugenia se acercó y abrazó a su esposo e hija y comentó guardando un poco el misterio:
-¿Eduardo, más tarde me puedes acompañar a una dirección no muy lejos de aquí?- preguntó.
-¿Donde vamos?- dijo Eduardo intrigado.
-No, si te lo cuento ahora ya no sería una sorpresa, es mejor que estés presente en el lugar para decirte de que se trata- contestó Eugenia dejando un misterio en el aire. 
Eduardo no insistió, sabía que Eugenia no le diría nada por el momento. El almuerzo los esperaba en el comedor, Azucena junto a sus padres comía sus primeras papillas de verduras que era lo que su recién formado estómago podía tolerar. La conversación giró en torno de la próxima boda de la prima Elina y la tía Rosalía, su madre, que seguro no tenía tiempo para otra cosa que no fueran los preparativos de la boda y el almuerzo que daría a los invitados. 
-Querida, al lugar donde vamos, podemos llevar Azucena o es mejor que se quede en casa- comentó Eduardo. 
-Es mejor que se quede en casa con Celestina, nosotros podemos demorar un poco y ella debe hacer la siesta de la tarde-. contestó Eugenia y no dijo más palabras, quería que fuera sorpresa para su esposo.
Media hora mas tarde los esposos salieron de la casa con dirección a la calle del Colegio Real # 700. Eduardo ignoraba donde lo llevaba Eugenia, él la seguía confiado y medida que avanzaban por las avenidas, más se sentía intrigado.
-¿Por qué tanto misterio Eugenia? ya comienzo a preocuparme.
-No te preocupes querido, no es nada fuera de la ley, ya vamos a llegar estamos cerca- decía su esposa en tono de broma. 
Pasaron el edificio del congreso y dos cuadras más adelante Eugenia le señalaba el local a Eduardo. Parados ambos en la acera del frente Eduardo preguntó: -¿Eugenia nos vamos a mudar de casa? porque solo veo una puerta y nada más-.
-Si, es una puerta pero no nos vamos a mudar de casa, este es el local de mi nuevo proyecto, pienso abrir una pastelería y el lugar perfecto para hacerlo ¿qué te parece la idea?- preguntó al final Eugenia. 
Eduardo guardó silencio unos segundos, de verdad su esposa había logrado sorprenderlo, nunca imaginó que ella quería desarrollar un proyecto así. Después de unos segundos de desconcierto Eduardo contestó: -el local es bueno, la ubicación también. ¿Desde cuándo habías planeado este proyecto?-.
-Lo tenía planeado desde hace varias semanas, pero recién leí el anuncio del alquiler del local en el diario. Tu sabes que el oficio de pastelería lo aprendí con la religiosas del colegio donde estudié y ahora ha llegado el momento de poner en práctica todo lo aprendido. 
-Eugenia- dijo Eduardo muy serio -voy hacer un poco de abogado del diablo y te preguntó ¿has pensado en los pro y los contras del proyecto? ¿has hecho los cálculos y los planes para su desarrollo? ¿vas a tener el tiempo para dedicarte a ello?-. 
-¡Si! he pensado en todo aquello y si lo pienso demasiado no lo voy hacer. Ahora quiero que me ayudes a poner en el papel todo lo que se va a necesitar para este proyecto Eduardo estoy muy entusiasmada y siento que si lo podemos lograr. 
Eugenia estaba segura de sus planes, Eduardo la vio tan feliz que aceptó el reto, imaginó que de ahora en adelante iban a convertirse en socios.
Juntos cruzaron la calle y tocaron la puerta del local, la misma señora de la mañana abrió la puerta y los atendió, reconoció a Eugenia y lo hizo pasar. Luego de las presentaciones y de recorrer el local se habló del contrato y de la intención definitiva de alquilar el local. Solo quedaba una pregunta pendiente y si los dueños aceptaban se firmaría el contrato. Se trataba de construir un horno en el patio para cocinar los pasteles, tortas y todo lo que una pastelería podía necesitar. Los dueños no dudaron y aceptaron lo que Eugenia proponía. 
Todo salió bien y acordaron que en tres días se firmaría el contrato de alquiler en la notaría. Eduardo y Eugenia se despidieron de los dueños y en el camino de regreso a su casa conversaban sobre el proyecto. Había por delante trabajo que hacer. El temor que las cosas no salgan bien estaba presente pero ellos se apoyarían mutuamente. Eugenia había logrado contagiar su entusiasmo a Eduardo y eso ya era bastante. 
En medio de la turbulencia política y la lucha por el poder entre los partidos. La vida en la ciudad continuaba, la economía lentamente se recuperaba y la gente trataba de seguir adelante, no había otro camino.
El matrimonio de Elina y Vittorino Verme se celebraba la mañana de domingo, en la iglesia de Santo Domingo a las 12p.m, Elina con un vestido de corte sencillo pero asentador y un hermoso bouquet de rosas en las manos salía de la iglesia después de celebrar la ceremonia religiosa que fue emotiva, el sacerdote tuvo palabras sinceras para los recién casados. El novio sonreía, la novia lucía feliz y radiante. Vittorino no tenía familia en la ciudad, todos sus parientes vivían en Italia, pero lo acompañaban dos amigos y compatriotas Italianos, Jean Luca y Teodoro, personas alegres y ambles. Uno de ellos sabía tocar el acordeón y a la hora del almuerzo en casa de la tía Rosalía, Teodoro tocó varias melodías para que los novios e invitados bailen. 
La casa estaba adornada con flores, la mesa con un mantel blanco de encaje, los detalles habían sido bien cuidados y cuando los novios entraron los aplausos y el brindis los esperaban. Las palabras del padre de la novia que estaba emocionado porque su segunda hija se casaba. La tía Rosalía no podía hablar, esto era raro en ella porque siempre se desbordaba en palabras pero todo los presentes comprendían que la emoción la embargaba por eso nadie insistió, tal vez más tarde con algunas copitas de vino, se anime a decir algunas palabras.
La celebración fue íntima y familiar pero no por ello dejó de ser alegre. Eugenia en un momento aparte se acercó a la novia y le dijo: -Querida prima este es nuestro regalo de bodas- y le dio un sobre cerrado con dinero. 
-Espero que la dicha siempre llene tu hogar- abrazó a su prima y a Vittorino el esposo. 
Casi era de noche cuando Eugenia y Eduardo se despedían de los novios, los padres e invitados. Ellos eran los primeros en retirarse, debían cambiar y alimentar Azucena, su bebé. Después que se marcharon la celebración continuó hasta pasada la media noche. Con sus hijas Adelia y Elina casadas, la tía Rosalía podía sentirse tranquila, solo faltaba Felicia pero para ello debía esperar todavía algunos años.  Los novios partieron de luna de miel al norte del país por unos días. 
Al día siguiente de los festejos de la boda de su prima, Eugenia en el estudio de su casa planificaba el nuevo proyecto, sacaba las cuentas y hacía los cálculos de cuanto dinero necesitaba, después junto a Eduardo revisarían los números para saber si eran correctos. Contaba los días en que su sueño pueda hacerse realidad.
En la mañana del día en que se había acordado ir a la notaría para firmar los documentos del contrato de alquiler, Eduardo y Eugenia estaban presentes, leyeron una a una las cláusulas y estuvieron de acuerdo, se firmó el documento y con esto se daba el primer paso, ya era una realidad el alquiler de la tienda. Los dueños del local  desearon a Eugenia todo tipo de parabienes en su nuevo negocio y además Doña Clemencia agregó. 
-Por favor, avíseme cuando es la inauguración de la pastelería, me gustaría asistir- Eugenia le prometió que así lo haría. De tan solo imaginar que su proyecto se haría realidad se estremecía de felicidad pero también de temor. 
Ahora si, era una realidad el proyecto, sabía algunas reglas básicas de como iniciar un negocio, lo había aprendido con las religiosas en sus colegio, pero era importante comenzar a ejecutar las obras necesarias dentro  del local. En la tarde del mismo día fue a visitar la tienda para hacer una lista de todo lo que se necesitaba. Apunto en una libreta los arreglos que se debían realizar, como la nueva pintura en las paredes y mandar hacer los mostradores y vitrinas para exhibir los pasteles, aparte de ello también debía hacerse una gran mesa donde preparar la masa, ollas cucharones etc. Llamar también al albañil para que construya el horno, que era la pieza importante en su negocio.
En la noche después que Azucena se quedó dormida, Eugenia junto a Eduardo revisaban la lista de los trabajos a realizarse y conversaban sobre el negocio de como llevar la contabilidad. Luego se dedicaban a planificar cuantas personas se debía contratar. Era todo un mundo nuevo para ambos. 
En solo unos días en el local se habían contratado a los pintores y el albañil para construir el horno  de ladrillo. Eugenia escogió el color de las paredes y se mandó hacer los muebles y vitrinas, la inversión de dinero era respetable pero esto no la desanimaba.
Los trabajos en el local ya estaban en marcha pero hasta esos días no sabía que nombre ponerle a la pastelería, Eduardo le había dejado esa decisión a su esposa. Ella tenía muchas dudas sobre el nombre y  para despejar un poco su mente de los trabajos del local, fue a visitar a su amiga Marcela a la revista, con lo ocupada que estaba no la visitaba desde hace varios días. 
Las dos amigas juntas conversaban sobre el proyecto de la pastelería: -Eugenia tienes que publicar avisos en los diarios de la ciudad para que todos se enteren de la nueva pastelería que se abierto y se acerque a visitarla. El día de la inauguración tengo que asistir con uno de mis periodistas para que cubra la nota- hablaba Marcela también, con mucho entusiasmo. 
Eugenia no había pensado en publicar avisos, Marcela tenía razón, era una buena idea. Cuando se despidieron las dos amigas, en el camino Eugenia pensaba en el nombre que podía poner a la pastelería, hasta ahora no se le ocurría nada. 
Por aquellos días en la ciudad solían haber manifestaciones y revueltas, de pronto se juntaban grupos que podían ser simpatizantes del gobierno y otros grupos que no estaban con el gobierno y se enfrentaban en luchas que terminaban en golpes, palos y piedras para defender sus ideas, de estas batallas campales salían heridos y contusos. La policía tenía bastante trabajo para disolver estas revueltas. 
Contra las turbas se debía tener cuidado de no cruzarse en su camino porque atropellaban sin contemplación a cualquier parroquiano que encuentren. Cuando la gente veía que estos grupos se acercaban corrían por las calles para ponerse a salvo.
Temprano en la mañana Eugenia disponía de como iba ha ser su día, estaba con Filomena dando las instrucciones para el almuerzo. Eduardo no venía hasta la noche, él debía ir al puerto para inspeccionar asuntos de la naviera. 
La tía Rosalía llegó de visita a la casa de su sobrina, Eugenia se disculpó pero tenía que hacer algunas diligencias que no podían esperar: 
- Tía me va a disculpar pero tengo que salir en este momento que le parece si usted viene en la tarde y conversamos todo lo que desee. La espero a las 4p.m-. 
La tía Rosalía un poco contrariada contestó que estaba de acuerdo y que iba a regresar en la tarde, se despidio de su sobrina y se marchó.
Eugenia le dio un beso a la bebé Azucena y la dejó en brazos de Celestina. En compañía de Filomena salió de la casa con dirección al local para supervisar como estaban quedando los arreglos de pintura y albañilería. Al llegar a la tienda vio que las paredes lucían impecables con la nueva pintura y en la trastienda ya estaba la gran mesa que se necesitaba con las medidas precisas. En el patio estaba el maestro albañil dando los últimos toques para terminar el horno, sin éste no podía funcionar la pastelería. 
Eugenia se sentía feliz al ver las obras tan avanzadas, el horno una vez terminado se debía esperar a que seque bien para luego curarlo, es decir prenderlo con leña por varias horas. 
Caminó de nuevo hasta la entrada donde irían las vitrinas y los mostradores, faltaba poco para dar fin a los trabajos dentro del local y ahora era el momento de pensar en contratar al personal que trabajaría con ella. Éste era un tema delicado el escoger al personal. Además de ser el tiempo definitivo para   pensar  en el nombre  de la pastelería. Nada debía quedar sin ser planificado o en el aire.


CONTINUARÁ