domingo, 22 de julio de 2018

EL ESPÍRITU DE LA SELVA

 PELAYO VISITA EL MANU:
La extensa alfombra verde de la selva del Manu se extendía en  miles de kilómetros. Los animales que allí vivían podían sentirse tranquilos y felices, el peligro se había terminado. 
Después de dos días de festejos el Manu volvía a la rutina de cada día. 
Pelayo y Francisco volaban sin descanso para disfrutar de su libertad y de los maravillosos paisajes.
El sol en lo alto del cielo era testigo de tanta alegría, por momentos ambos primos se daban sendos baños en un recodo del río, donde se formaba una pequeña laguna y podían remojarse sin peligro. Ellos lavaban sus plumas y descansaban, luego levantaban el vuelo para posarse en el árbol más cargado de frutos y comer hasta repletarse, de ahí una larga siesta era indispensable. 
Francisco no se cansaba de volar, él ahora iba a donde lo llevaba el viento y daba volteretas sin cesar, de árbol en árbol. 
No había en toda la selva amazónica papagayo más feliz. Ahora era el más famoso ¡si!...pero por su gran destreza a la hora de volar.  
Los demás animales, disfrutaban del sol y la tranquilidad que reinaba.  En el río los manatíes, los delfines rosados, las pirañas y las nutrias conversaban y reían, había tiempo para la diversión.  La poderosa boa constrictor conversaba con la tortugas de río que sorprendidas comentaban los últimos acontecimientos. 
El otorongo, era el más feliz de los felinos en ese momento porque ya no tenía que esconderse, ni temer por su vida, ahora en cambio podía hacer largas caminatas, largas siestas y luego conversar con su amigos sin prisa.
Pelayo y Francisco disfrutaban de sus paseos y se detenían en la comunidad de papagayos para socializar con todos los miembros de la familia. 
Después del almuerzo los dos primos descansaban en su árbol, Pelayo muy serio comentó a su primo:
-Francisco, ha llegado la hora de regresar  a mi hogar, estas semanas que he pasado en el Manu, han estado llenas de aventura y buenos momentos. He conocido muchos amigos y  han sido las mejores vacaciones de mi vida, nunca las olvidaré.
-Pelayo no, no puedes irte, quédate a vivir en el Manu con nosotros, todos te vamos a extrañar si te vas. Contigo hemos aprendido los peligros que pueden presentarse en la selva-  decía Francisco con tristeza. 
-Querido primo, no puede quedarme, tengo que regresar a mi hogar, allá también me espera mi familia, mis amigos y todo mi mundo.         
Francisco volvió a insistir -Pelayo no puedes irte, debes quedarte, yo me siento muy bien con tu compañía.
-Gracias por tus palabras pero ahora que sabes volar y eres un experto, es necesario que te conviertas en el centinela que de la voz de alarma si observas algún peligro en la selva. Tú sabes que siempre debemos estar atentos. Ya conoces cómo son los humanos.
-Entonces Pelayo, de todas maneras te marchas  de regreso a tu hogar.
-Si primo, mañana saldré muy temprano          
con los primeros rayos de sol.  
Francisco con emoción en la voz contestó -Pelayo siento pesar por tu partida y prometo que seré el vigía que cuide el Manu, estaré siempre atento a cualquier peligro. Además te prometo que el próximo año después que termine la estación de las lluvias, seré yo, quién vaya a visitarte, deseo conocer tu hogar y devolverte la visita. 
Pelayo con alegría comentó:
-Francisco te tomo la palabra y  espero tu visita, no me vayas a fallar.
-No Pelayo, te prometo que allí estaré.
Y los dos primos se dieron un fuerte abrazo. El otorongo que había estado atento a la conversación dijo con autoridad: 
-Ahora por fin, voy a poder descansar, ya no voy a escuchar a los papagayos parlanchines que interumpian  mi sueño,  todo el tiempo. 
El otorongo decía esto para no demostrar su tristeza pero en el fondo sentía una gran pena con la partida de Pelayo.
-Que tengas buen viaje Pelayo y buena suerte- comentó ocultando su pesar, después de todo él era el rey de la selva.  
Pelayo se daba cuenta del sentir de su amigo y contestó -Gracias otorongo por tus palabras, ya no vamos a interumpir tu sueño, eres en verdad un gran amigo.
Los escarabajo peloteros también se despedían de Pelayo, ellos habían sido testigos cercanos de sus acciones: -Pelayo que tengas un buen viaje y llegues pronto a tu hogar. 
Así, en medio de una gran emoción se despedían todos los amigos de Pelayo, todos ellos agradecían por haberlos salvado del peligro y ahora habían aprendido cómo cuidarse. 
En al comunidad de papagayos le hicieron una despedida, el papagayo mayor, dio un discurso a Pelayo y éste agradeció sus palabras comentando: 
-Jamás hubiera podido hacer nada sin la ayuda de mi primo Francisco, del otorongo y del guarda bosques, a él también debemos darle el crédito; todos ellos me ayudaron en cada momento. 
Después de las palabras del papagayo mayor, hubo una gran fiesta de despedida para Pelayo. Éste  comió muy bien y festejó con sus amigos para despedirse. 
Al día siguientes con los primeros rayos de sol, Pelayo se despertaba y estiraba sus alas, el día no podía ser más bello para volar. Francisco también se despertó y se desperezaba respirando profundamente y estirando cada músculo de su cuerpo.     
Pelayo al ver a su primo dijo:          -Francisco es el momento de  partir no debo perder más tiempo.
-No te preocupes Pelayo, yo voy acompañarte un tramo del vuelo hasta donde el gran Manu termina.
-Es verdad primo, deseas  acompañarme- contestó Pelayo con emoción 
-Si, es verdad, te reto a un vuelo,  quien llega primero a los confines del Manu.
Francisco abrió sus alas y se lanzó con el viento a volar y en voz alta decía -¡quien gana Pelayooo!.
Los dos papagayos volaban y volaban para alcanzar su meta, Francisco era veloz, Pelayo era sagaz y precavido y esto mismo le había advertido a su primo unos días antes para que tenga cuidado al volar. 
Cuando llegaron a los confines donde terminaba el gran Manu los dos primos se posaron en la rama de un árbol  y se despedían con un fuerte abrazo, las palabras de Francisco eran: 
-Pelayo, de todas maneras nos vemos el próximo año. 
-¡Si Francisco!... yo estaré esperando tu visita, no lo olvides.
Entonces Francisco abrió su alas y se lanzó a volar de regreso al fantástico Manu, Pelayo lo observó unos instantes y luego él también se lanzó a volar de regreso a su hogar, en el corazón de la exuberante y asombrosa...¡Selva Amazónica!      


FIN           
  

domingo, 15 de julio de 2018

EL ESPÍRITU DE LA SELVA

PELAYO VISITA EL MANU:
Los cazadores después de algunos días habían regresado y revisaban sus trampas una y otra vez, querían estar seguros que éstas funcionen como era de esperar. 
Mientras, en la cabaña el guardabosques esperaba que lleguen sus compañero para hacer la intervención de captura a los cazadores furtivos.  
Joaquín Vásquez alistaba su equipo y también una escopeta, el tiempo pasaba y la ayuda ya no tardaba en llegar. 
Afuera en el bosques Pelayo y Francisco ocultos entre las ramas de un árbol esperaban confiados los acontecimientos. 
El otorongo  agazapado entre la espesa vegetación miraba atento cualquier movimiento de los cazadores, ellos no debían verlo de lo contrario su vida correría peligro. 
De pronto en la espesura de la selva, muy despacio y sin hacer ruido, llegó el equipo  de guarda bosques.  Por una de las ventanas de la cabaña, uno de ellos le avisaba a Joaquín de su presencia.  Éste salio a recibirlos, con cuidado les indico el camino, él iba adelante del grupo de guardabosques que caminaban en silencio entre la vegetación. Lo importante era sorprender a los cazadores para que no puedan escapar o enfrentarse a tiros con ellos.  
Hacer la captura sin el menor daño posible era indispensable, en los árboles de los alrededores los animales del bosque observaban atentos como ocurría la acción. 
Cuando los guardabosques rodearon a los cazadores, uno de ellos con un altavoz en la mano decía:     DETÉNGANSE, ESTÁN RODEADOS, NO DEBEN MOVERSE-  un cazador al verse sorprendido hizo un tiro al aire para crear confusión y poder escapar pero en el pánico de ser detenidos, los  cazadores corrieron a internarse en la profundidad de la selva. 
El guardabosque que tenía el altavoz les advertía  -NO DEBEN INTERNARSE EN LA SELVA, ES PELIGROSO PERDERSE EN LA ENMARAÑADA VEGETACIÓN- los cazadores hicieron caso omiso a la advertencia y siguieron corriendo  selva adentro. 
Era lamentable pero el guardabosque tenía razón, perderse en las profundidades de la selva era para no regresar, ni siquiera los nativos que vivían en la zona se internaban más allá de lo necesario. Ellos mismos decían  "Si te pierdes en la selva, ésta te devora y nunca más vuelves a salir".
El grupo de guardabosques los siguió unos pasos pero era inútil, se dieron cuenta que no debían ir más allá, era imposible detenerlos. Entonces todos ellos regresaron donde estaban las trampas y otros objetos de los cazadores, en una balsa cerca al rió encontraron varias cajas que en su interior tenían algunos animales que  habían logrado cazar, estos estaban amontonados y al borde de la asfixia, de inmediato fueron dejados en libertad. Su presa mayor era un lagarto de gran tamaño que al verse libre corrió presuroso al río.     
Las trampas fueron desarmadas para que nunca más vuelvan a ser usadas, las cajas y redes fueron llevadas por los guardabosques.   
De los cazadores nunca más se volvió a saber, se había cumplido el presagio del peligro de perderse en la selva. 
Joaquín Vásquez agradeció a sus compañeros la ayuda y antes que empiece anochecer se despidió de su grupo de amigos.
Pelayo y Francisco en el árbol daban pequeños saltos de felicidad, de nuevo el bosque estaba seguro y no había nada que temer.
El otorongo salio de su escondite, no cabía en su cuerpo de tanta alegría,  el peligro se había ido con los cazadores. 
El guardabosque sentado en el interior de su cabaña reflexionaba sobre los acontecimientos del día y el accionar de los pequeños papagayos. Él, ahora no dudaba de los misterios en el interior de la selva amazónica.  
En el viaje de regreso a la comunidad de papagayos, Pelayo viajaba perezoso y feliz sobre el lomo del otorongo, ese era un lugar más seguro para él. Mientras tanto Francisco volaba revoloteando entre los arboles, él no se cansaba de volar, ahora que ya sabía cómo hacerlo.  
Al paso de los amigos, el bosque estallaba en  cientos de sonidos que hacían los animales, la voz se  había corrido por todo el Manu, los cazadores ya no estaban y la felicidad reinaba de nuevo en la selva amazónica.
Mariposas de mil colores volaban al rededor de los tres amigos, pequeños sapos, lagartijas y hasta las peligrosas hormigas festejaban el acontecimiento. El gran lagarto que se había salvado, contaba  a sus amigos en el río, su peligrosa experiencia. 
Monos de las diferentes familias y tamaños, reptiles de todas la variedades respiraban tranquilos en un ambiente de festejo.  
Al llegar a la comunidad de papagayos, Pelayo y Francisco volaron a su árbol, el otorngo que se sentía  cansado se fue a  su madriguera a dormir. Para todos había sido un día lleno de tensión y peligro.                   

En la rama de su árbol Pelayo comentaba con  Francisco: 
-Ha sido un día de mucha acción, no debemos olvidar que el peligro puede estar presente en cualquier momento. 
-¡Si!... es verdad Pelayo siempre debemos estar atentos.
Francisco había aprendido algo nuevo.
Muy serio Pelayo contestaba:
-Los humanos son tercos, ellos no quieren comprender que la selva es nuestro único hogar y nuestro mundo, solo aquí somos felices, además el bosque está vivo gracias a nosotros los animales, sin nuestra presencia, el bosque moriría lentamente. Los humanos tiene que saber que no podemos vivir al lado de ellos y que deben dejar de insistir en cazarnos de una vez por todas. 
Esto para Pelayo era una gran verdad, él ya lo había vivido antes y sabía como era la realidad en su día a día. 
CONTINUARÁ     

domingo, 8 de julio de 2018

EL ESPÍRITU DE LA SELVA

PELAYO VISITA EL MANU: 
Con el nuevo peligro que acechaba en la selva del Manu, Pelayo comentaba con Francisco:
-Ahora que el otorongo se ha ido a ocultar me siento más tranquilo, los cazadores no deben verlo. Francisco tenemos que pensar en un plan para resolver este peligro que acecha en el Manu. 
Pelayo guardó silencio un instante quería ordenar sus ideas, no estaba cerca su gran amigo el monito Tomás, con él era más fácil crear un plan pero...¿que podía hacer? de pronto Pelayo dio un brinco en la rama del árbol como él solía hacerlo cuando una idea venía a su cabeza. 
-Francisco es el Manu, aquí tiene que existir un guarda bosque...¡Si!...¡si!...él tiene que vivir en algún lugar cercano-  entonces, Pelayo de la emoción en segundos paso a la tristeza cuando se acordó... -primo, él  no es Darío, él no puede hablar con nosotros y ¿cómo nos vamos a comunicar?, ¿cómo podemos decirle sobre los cazadores?
Francisco atento a cada palabra de Pelayo solo atinaba a mover la cabeza, no comprendía muy bien lo que éste decía. 
-No importa...¡no importa Francisco! lo primero que debemos hacer es encontrar la cabaña del guarda bosque ¿donde?...¿donde vivirá?- se preguntaba y se rascaba la cabeza en señal de impaciencia.
-No sé...¡no sé! Pelayo donde vive el guarda bosque, no lo conozco. tal vez si volamos hacia el sur encontremos su cabaña. 
-No podemos estar adivinando Francisco, tenemos que ir por el camino seguro, no hay tiempo que perder, nuestros amigos están en peligro.
El otorongo que estaba oculto muy cerca de ahí, podía escuchar la conversación de Pelayo y su primo, entonces salio de su madriguera, se acercó al árbol de los papagayos y con voz sonora dijo:
-Pelayo yo sé donde vive el guarda bosque y además conozco un camino escondido por donde podemos llegar más rápido. 
-Otorongo, es peligroso para ti salir de tu madriguera, no puedes acompañarnos, los cazadores están cerca. 
-Es peligroso lo sé pero si vamos con  cuidado podemos llegar a salvo hasta la cabaña, tu mismo lo has dicho, no hay tiempo que perder.  
El otorongo tenía razón pensó Pelayo, era importante ponerse en camino de una vez. 
-Vamos Francisco debemos ponernos en camino-  y los dos primos bajaron del árbol, se acercaron al otorongo y Pelayo comentó: 
-Tú señala el camino y nosotros te seguimos, pero tenemos que ir con mucho cuidado, los cazadores no deben vernos. 
El otorongo señaló un camino entre los árboles, los tres se pusieron en marcha. Los primos iban adelante, los  amigos avanzaban sigilosamente por el sendero oculto de la selva. 
Con la partida de éstos, el lugar quedó en silencio, las nutrias en el río cercano preguntaban a los manatíes ¿donde están los papagayos? no escuchamos su cháchara. Los escarabajos peloteros guardaban silencio, ellos sabían donde se habían ido Pelayo, Francisco y el otorongo.     
Después de un largo rato de caminata, el otorngo comenzó a sentir hambre, tenía adelante dos pequeñas presas que las podía cazar de un zarpazo, por unos segundo se detuvo y luchaba contra su instinto cazador,  él era un carnívoro por excelencia                  
pero pensaba: ¿cómo me los voy a comer?, ellos son mis amigos, no puedo hacer eso, además tenemos que seguir hasta encontrar la cabaña.
La lucha interna del gran felino lo hizo desistir de su intento de comerse a Pelayo y Francisco, se dio media vuelta y desapareció entre los árboles. 
Pelayo al darse cuenta que el otorongo se había marchado comentó con su primo:
-Francisco hemos estado frente a un gran peligro porque nuestro amigo tenía intenciones de tomarnos como su almuerzo. Ahora ¿qué hacemos?, tenemos que seguir adelante, volemos a ese árbol para ver el horizonte y encontrar la cabaña del guarda bosque. 
Pelayo comprendía muy bien la situación del otorngo y el porqué se había retirado, sus años de experiencia le habían enseñado.   
A una distancia no muy lejana, estaba la pequeña cabaña,  Pelayo la podía ver. 
-Francisco, ahí está la cabaña la puedo ver- decía con entusiasmo -volemos para acercarnos, tenemos que crear un plan para llamar su atención, no sé cómo nos vamos a comunicar con él. 
Cuando ambos papagayos se posaron en la rama del  árbol más cercano a la cabaña, Pelayo preocupado comentó:
-Francisco, ahora tenemos que encontrar la forma de comunicarnos con el guarda bosque para que sepa que hay cazadores ocultos en el Manu. 
Se vivían unos segundos de tensión, Francisco seguía los movimientos de Pelayo éste  pensaba y pensaba que hacer, daba una vuelta aquí y allá en la misma rama del árbol...dio  un brinco y por fin  tenía una idea, era un poco osada pero había que intentarlo.
-¡Qué pasa! ¿qué pasa Pelayo?- preguntaba Francisco con insistencia, al ver a su primo feliz. 
-¡Acércate Francisco!...¡tengo una idea!... voy a contarte de que se trata. 
Pelayo le dijo al oído su plan, no quería hacer demasiado ruido, Francisco con asombro escuchó a su primo: -espero que funcione tu idea Pelayo, si no...estamos perdidos. 
-¡Vamos Francisco a la carga!- levantó la voz lleno de entusiasmo.
Entonces los dos pequeños papagayos levantaron el vuelo y se lanzaron con todas sus fuerzas una y otra vez sobre la puerta de la cabaña querían que el guarda bosque abra la puerta. Francisco era el más entusiasta y ponía toda su fuerza al arrojarse contra la puerta.
Joaquín Vasquez como se llamaba el guarda bosque al escuchar los golpes,  abrió la puerta y se encontró con los dos papagayos que muy osados se lanzaban sobre ella. 
¿Qué sucede? pensó, ¿porqué estos papagayos se lanza sobre mi puerta? y acto seguido los ahuyentó para que se alejen y volvió a cerrar la puerta. Pelayo y Francisco no desistieron de su acción y continuaron arrojándose sobre la puerta, sus pequeños cuerpos comenzaban a sentir dolor pero ellos no se detenían. Joaquín Vasquez volvió abrir la puerta y vio de nuevo a los papagayos suspendidos en el aire que avanzaban hacia él. 
-¡Qué quieren!...estos pájaros, revoltosos- dijo  y entonces se dio cuenta que las aves insistían para que los siga.
El guarda bosque siguió a los papagayos por el camino estrecho, se ocultó entre las matas y pudo ver desde ahí a los cazadores que en silencio revisaban las trampas: 
-Cazadores furtivos en el Manu, no puede ser esta es una región protegida, la caza esta prohibida- decía en voz baja -son tres cazadores y están armados, no puedo hacerles frente, tengo que buscar ayuda-  y se retiró del lugar tan despacio como había llegado. 
De regreso a su cabaña se comunicó por radio con la estación central para pedir ayuda, hizo la advertencia que los cazadores estaban armados  para que tengan cuidado al venir. Luego de ello no le quedaba otra cosa que esperar. 
En el silencio de su cabaña, el guarda bosques recapacitó sobre el actuar de los papagayos, ellos lo  habían alertado sobre los cazadores.                       
        
Joaquin Vasquez, salio al bosque para buscar a los papagayos que estaban parados en el árbol y solo atino a decir -gracias amigos esto se los debo.
Pelayo y Francisco saltaban de felicidad por fin habían sido comprendidos. 
El otorongo había regresado y oculto cerca de la cabaña observaba, no quería ser visto para no asustar al guarda bosque.
Por el momento la situación estaba controlada, se esperaba que la ayuda llegue pronto. 
En cambio en el lugar de los cazadores, las trampas estaban vacías no había caído animal alguno ¿qué sucede? se preguntaban porqué no funcionan. Lo que ellos ignoraban era que la voz de alarma había sido dada por Pelayo y Francisco a todos sus amigos. 
CONTINUARÁ. 
    

domingo, 1 de julio de 2018

EL ESPÍRITU DE LA SELVA

PELAYO VISITA EL MANU: 
Con los gritos de Francisco tremendo alboroto se formó al rededor de los primos, las aves y demás loros de todos los tamaños y colores se sorprendían al escuchar a Francisco. Por tierra, río y aire los animales emitían mil ruidos para protestar. 
Las tortugas de río se arremolinaban en la orilla para ver y escuchar lo que sucedía, preguntaban a los delfines rosados ¿por qué tanto alboroto? 
Estos contestaban es Francisco que no quiere volar.  
Pelayo para tranquilizar a su primo se acercó a éste y con voz serena  dijo:
-Esta bien bien Francisco, calma no es necesario que te pongas así, ya no vamos a volver hablar del vuelo, te prometo que jamás voy a pronunciar esa palabra. 
Francisco se puso feliz, por fin su primo comprendía que él no quería volar ni alejarse del árbol que era su hogar, entonces de la alegría dio un pequeño salto, un tropiezo y cayó de la rama.
Pelayo miraba como caía su primo  y en su desesperación  gritaba para que éste lo escuche.
-¡Tus alas Francisco!...¡tus alas!...¡no olvides!. 
Francisco escuchó los gritos de Pelayo y abrió las alas, comenzó a batirlas, detuvo su caída y remonto el vuelo hacia los árboles. Era fantástico sus alas fuertes lo llevaban por doquier, él iba y venía de entre los árboles, daba volteretas y gritaba a la vez:
-¡Pelayooo! estoy volandooo... ¡Pelayooo puedo volarrr!-  decía feliz, más que feliz, lleno de algarabía, su pecho se inflamaba de alegría.  . 
De inmediato la voz se corrió por toda la selva del Manu, en segundos los animales del bosque estaban enterados de la gran noticia. Ya no más miedo de volar, Francisco era libre.   
Los papagayos que estaban en todos los árboles cercanos observaban absortos las piruetas que hacía  Francisco en su vuelo y éste por supuesto era él más sorprendido. 
-¡Si, si, si!- decía con entusiasmo. Su primo tenía razón, él podía volar e ir a donde lo lleve el viento y desde el cielo podía  dominar la selva.  Su cuerpo y sus alas era fuertes y estaban diseñadas  para llevarlo a donde él desee.  
Pelayo sentía una gran felicidad al ver a su primo volar, jamás había imaginado tanta alegría. 
Por fin Francisco se daba cuenta que no se iba a caer si se lanzaba al viento.  Él que en un momento estuvo dispuesto a no insistir más y dejar a su primo en paz.  Fue un  pequeño accidente que sufrió Francisco el que lo lanzó a volar.                
Adiós angustias, adiós y temores, Francisco ahora era un papagayo fuerte y feliz, ya toda la selva del Manu lo sabía. 
Al cabo de un rato Francisco seguía volando, no se detenía un segundo, ni se cansaba y en su ir y venir gritaba. 
-Pelayooo! mira cómo vuelo ¡Pelayooo!  ¡estoy volandooo!.
-¡Por qué!...¿por qué?...tengo un primo tan exagerado- decía Pelayo mientras se tocaba la cabeza molesto  - primero no quería volar y ahora casi me está volviendo loco con ¡Pelayooo...Pelayooo!...¡Pelayoooo! pero en el fondo se sentía feliz de verlo volar. 
Francisco  no se detenía, su nuevo ímpetu era real, él nunca antes había sentido este nuevo brío.  Sus sueños de volar y de comer las más deliciosas frutas de los árboles lejanos se hacia realidad.
El otorongo a los pies del árbol donde solía descansar, también escuchaba toda la algarabía de Francisco y todo el alboroto que se había formado en la selva del Manu.  
-No puede ser, Francisco está volando  y lo hace  con mucho ímpetu, que bien lo felicito, ahora si, esos papagayos parlanchines me van a dejar dormir, por fin tendremos paz en el Manu-  decía el otorongo impaciente, mientras trataba de relajarse.  
Cuando casi se ocultaba el sol por fin Francisco dejó de volar y fue a posarse al lado de Pelayo que de verlo volar todo el día estaba cansado. 
-Pelayo, Pelayo- decía Francisco lleno de alegría,  mientras zarandeaba a su primo
Éste, un poco molesto contestó -calma Francisco, basta ya me estas alborotando las plumas- y se sacudió para alejarse un poco de su primo. 
-Pelayo, lo siento, estoy feliz, muy feliz, no sabes cuanto, tú tenías razón, yo podía volar solo tenía que intentarlo y ahora no quiero dejar de hacerlo. 
-Si,si...está bien, yo comprendo tu alegría pero tampoco tienes que exagerar, es necesario tomar las cosas con calma. Esto de volar es de cuidado, no puedes ir por ahí sin precaución-  decía Pelayo  para advertirle de los peligros que existen en la selva.    
Francisco escuchaba con atención  porque sabia que él tenía más experiencia.      
Cuando llegó la noche y era la hora de dormir, Francisco se acomodo en su rama y se durmió rápidamente, esta exhausto, había sido un día de muchas emociones y de algarabía.
En el Manu ya nadie podría decir Francisco no puede volar, ahora todos los animales del bosque celebraban a Francisco y volvía la calma a la selva.     
Al día siguiente mientras Pelayo se desperezaba y estiraba sus alas, vio que Francisco traía para él unas ricas frutas para el desayuno.
-¡Hey Francisco! has amanecido temprano y lleno de energía. 
-Si...Pelayo quería traer el desayuno para agradecer tu paciencia.
-Nada, nada Francisco olvida eso, tú eres mi primo y eso para mí es lo único que cuenta-  Pelayo decía esto mientras comía las jugosas frutas de su desayuno. 
Después de terminar de comer, Pelayo y Francisco se unieron a la familia de papagayos, conversaban felices, todos aceptaban ahora al nuevo miembro de la comunidad. 
 Pero en medio de esta alegría había algo que molestaba a Pelayo, él había observado desde hace algunos días movimientos  
extraños en el Manu, mientras entrenaba con Francisco, vio a seres humanos que caminaban entre los árboles y conversaban entre ellos.
Pelayo un momento se alejó de su grupo familiar y se acercó  lo más que podía al grupo de hombres quería saber que estaban tramando.  
Escondido entre las ramas de un árbol  se dio cuenta que los hombres conversaban de lo que iban hacer. Pelayo quedó petrificado, era lo que más temía, él ya conocía lo que hacían   -no puede ser, todos los animales de esta selva  estamos en peligro- 
Los hombres que tanto iban de un lado a otro estaban colocando trampas para cazar animales Pelayo había vivido ya esta situación en su hogar y siempre decía que ver humanos en el bosque no siempre era para el bien de los animales. 
¿Qué hacer?  ¿cómo solucionar este peligro qué acechaba en el Manú? pensaba Pelayo si estuviera su gran amigo el monito Tomás juntos buscarían la solución. 
Francisco al ver que su primo no venía fue a buscarlo y se acercó a él -¿qué sucede Pelayo? ¿qué?  ¿qué?-  y lo atacaba a preguntas.
-Calma Francisco, no me aturdas y no hagas bulla, solo puedo decir que todos en el Manu estamos en peligro, hay cazadores y nos quieren a nosotros. Vamos sígueme, tenemos que dar la alarma.
Lo primero que hizo Pelayo fue buscar al otorongo al árbol donde éste siempre descansaba y lo llamó:
-Otorongo, otorongo  ¿me escuchas?
-¡Qué quieres!... ¿por qué interrumpes mi descanso Pelayo?-  contestó molesto el otorongo.
-Tienes que esconderte pronto, hay cazadores en el bosque y tu serías una gran pieza de caza para ellos.
-No, no tengo que esconderme, yo soy el rey de esta selva y con mi fiereza me enfrentaré a ellos y los venceré.  
-No, no otorongo tú no puedes contra ellos, los humanos saben como cazar, es mejor que me hagas caso y te escondas. 
El otorongo disgustado se levantó y se retiró del lugar. El peligro había llegado al Manu, Pelayo lo presentía... 
CONTINUARÁ     
       

domingo, 24 de junio de 2018

EL ESPIRITU DE LA SELVA

PELAYO VISITA EL MANU:
En la selva del Manu el silencio era total, todos los animales estaba a la espera de ver que sucedía. 
Francisco tembloroso sobre la rama del árbol, retrocedía lentamente a pesar de que Pelayo insistía para que se lance al viento y pueda volar. Sus palabras eran en vano, Francisco no lo escuchaba, él no deseaba volar.  
La expectativa que se había formado dentro de la familia de papagayos y del resto de los animales que los rodeaban se disipó, todos llegaron a la misma conclusión, Francisco nunca iba a volar.  
Cerca de ellos, un mono los observaba y movía la cabeza, hablaba y se lamentaba de ver a Francisco y su terquedad de no hacer caso a su primo. 
Pelayo volvió a insistir, no quería darse por vencido, entonces dijo:
-Francisco tu eres un ave, yo soy un ave, nosotros tenemos alas, ¡mira!-  y Pelayo abrió sus alas para que su primo se de cuenta de lo que decía y luego agregó:  -nosotros con ellas  podemos volar, haz el intento y vas a darte cuenta que lo puedes hacer, observa y mira como vuelo.
Entonces Pelayo se lanzó al viento con las alas abierta y empezó a volar, dando algunas volteretas entre las ramas de los arboles cercanos, su  primo lo miraba emocionado y sentía el deseo de seguirlo pero no se atrevía, su temor era más grande.     
Francisco dudaba no estaba convencido, todo aquello era nuevo para él. Pelayo volvió a su lado y comentó:
-Viste lo fácil que es, solo tienes que animarte y lo puedes lograr, tus alas te guiaran y tu cuerpo  pronto se acostumbrará al vuelo.  
-Pelayo, porque no olvidamos esto de volar y conversamos  de otro tema- dijo Francisco para cambiar la conversación y que su primo olvide del vuelo y de tantas palabras.  
Los cientos de aves que pasaban por encima de ellos y eran testigos de los apuros de los primos, comentaban todas a las vez  -Francisco no puede volar, no pierdas el tiempo Pelayo. 
Pelayo trataba de ignorar todo aquello y no perder la calma con su primo, por eso guardó silencio un momento y saltó con cuidado a una rama cerca, desde ahí  pensaba que podía hacer para convencer a Francisco.  
Mientras en el resto de la selva del Manu, todos los animales volvían a sus actividades cotidianas, cansados de escuchar los pretextos de Francisco para no volar. 
En el río cercano donde vivían las temibles pirañas comentaban: 
 -Pelayo pierde el tiempo, quiere convencer a su primo de volar y Francisco nunca le va hacer caso.
Los manatíes, los delfines rosados y la nutrias de río, estaban de acuerdo con ellas y agregaban: 
-Pelayo debe pasear con sus amigos los otros papagayos y olvidarse de Francisco, es inútil estar a su lado, él no va a cambiar de idea.   
La mañana transcurría lentamente Pelayo no escuchaba los comentarios de sus vecinos  y después de recuperar la paciencia, regresó de nuevo al lado de su primo. 
 -Francisco no podemos cambiar de tema. 
Yo quiero explicarte lo hermoso que es volar con el viento, ir donde quieras y sentir la sensación de libertad. Todo esto lo estás perdiendo porque no te lanzas a  volar y no me escuchas. 
Francisco se cubría  con las alas, su cuerpo temblaba de miedo y un poco aturdido  contestó:
-Yo, soy feliz así cómo vivo, no trates de cambiarme Pelayo.
-Si, yo sé que eres feliz así pero serias más feliz aún, si puedes volar porque irías a donde te lleve el viento  y comerías las más deliciosas frutas que hay en los alrededores.
Francisco, cuando escuchó lo de las de las deliciosas frutas, se puso en guardia, era cierto lo que su primo decía; últimamente no estaba comiendo muy bien, muchas veces se quedaba con hambre y las frutas del árbol donde vivía se acababan muy rápido. 
A los pies del árbol donde conversaban los primos, estaba el otorongo queriendo hacer una siesta y éste comentaba en voz alta para que lo escuchen Pelayo y Francisco.  
-Ya están de nuevo esos papagayos parlanchines hablando y hablando, con tanto parloteo no me dejan dormir, necesito descansar después de haber comido. Desde que ha venido Pelayo, en está selva se acabó la tranquilidad. Todos están pendientes  de los movimientos de ese par de papagayos.
El otorongo estaba muy molesto, para él. el descanso era importante porque tenía que digerir su comida y con tanto ruido no podía conciliar el sueño.
El día avanzaba sin novedades, Pelayo fue varias veces a buscar frutas para comer y traer a su primo para que se alimente. Él no perdía la esperanza de que Francisco lo siga. 
Cuando llegó la noche y la selva del Manu dormía, Pelayo en una de las ramas del árbol  y a la luz de la luna pensaba... ¿cómo podía ayudar a su primo Francisco a perder el miedo a volar? 
Si, el plan A había fracasado, Pelayo tenía un plan B y era necesario ponerlo en práctica al día siguiente, de tanto pensar y preocuparse el sueño terminó por vencerlo.  
Ajeno a todas las preocupaciones de su primo, Francisco acurrucado en otra rama del árbol dormía profundamente. Él soñaba con las deliciosas frutas que había mencionado Pelayo y se veía comiendo grandes cantidades de ellas, hasta reventar.  
Dentro de la familia de los papagayos a esa hora todos dormían pero había uno que estaba despierto,  él no le tenía mucha simpatía por Francisco y desconfiaba de Pelayo, en el fondo quería que se marche del Manu y deje a su primo.         
 Con los primeros rayos de sol del nuevo día, el Manu despertaba, las aves en el cielo, los animales en el bosque y los animales en el río,  todos iniciaban sus actividades.                   
Pelayo estiraba sus alas y despertaba al nuevo día, buscó a su primo alrededor y  de pronto escuchó a Francisco:
-¡Aquí estoy Pelayo! ¡buenos días!- y salío de entre las hojas de una de las ramas del árbol. 
Estaba de buen humor pensó Pelayo entonces después de desayunar comenzaría a poner en practica su plan B.
Los dos primos comían las ricas y jugosas frutas que Pelayo en varios vuelos, había traído. Todo transcurría en una alegre conversación, hasta que Pelayo comentó:
-Ahora que hemos terminado de desayunar Francisco vamos a practicar algunos ejercicios para mantenernos en forma. 
Pelayo no mencionó la palabra vuelo porque se había dado cuenta que Francisco con solo escucharla se ponía en guardia y comenzaba a temblar y se atropellaba con las palabras. 
Pelayo con los ejercicios, enseñaba a su primo a batir las alas que por instinto toda ave sabía pero en el caso de Francisco se había quedado anulado por el miedo. Junto a él batía las alas, estiraba cada patita y esperaba con paciencia que su primo haga lo mismo.
A Francisco esto le parecía divertido, por fin estaban haciendo algo entretenido, cuando Pelayo se cansaba de los ejercicios, volaba por los alrededores para dominar con su vuelo el Manu. 
Él veía a la región como  un paraíso, donde todo funcionaba como un reloj y donde la naturaleza cumplía con vigor sus funciones de desarrollo y reproducción, sólo su hogar, podía superar al Manu. Pelayo comenzaba a extrañar a sus amigos y a su vida de hogar.
Así los días pasaban y pasaban, Pelayo seguía al lado de Francisco haciendo los ejercicios, éste comenzaba a fortalecer sus  alas, sentía un nuevo brío y unas ganas de volar...pero cuando lo intentaba su cuerpo temblaba y su voz también: -Pepepelalalayoyoyo...¡no quiero volarrr!.  Decía en voz alta para que todos en el Manu lo escuchen. 

CONTINUARÁ.   
     

domingo, 17 de junio de 2018

EL ESPÍRITU DE LA SELVA

PELAYO VISITA EL MANU:
La emoción de volverse a encontrar embargaba a los primos, Pelayo y Francisco estaban felices de verse de nuevo.  Alrededor de ellos los demás papagayos que vivían  cerca miraban absortos la escena y el saludos de los primos. 
Mas tranquilos y más serenos Pelayo comentaba a Francisco: 
-El viaje me ha dado mucho hambre y aun no he desayunado, vamos primo es hora de comer.
Pelayo abrió sus alas y se lanzó al viento pero Francisco no lo siguió, en cambio comentó:
-Ve tu Pelayo yo ya desayuné.
Pelayo realmente tenía hambre y comenzó a buscar entre las ramas de los árboles, ricos frutos para comer, era el momento de disfrutar de un delicioso desayuno.
Francisco se acomodaba en la rama del árbol donde vivía y espero pacientemente a que su primo  termine de comer, para luego comentar juntos las ultimas novedades. 
Mientras que Pelayo devoraba su alimento para saciar el hambre que sentía en los arboles vecinos la comunidad de papagayos guardaban silencio y seguían con sus respectivas actividades. 
Pelayo comió y comió hasta saciar su hambre, luego feliz voló al lado de Francisco para comentar con él cómo era su vida en la selva amazónica del Manu. 
- Francisco, ahora que ya estoy con el estomago lleno y he saciado mi hambre quiero que me cuentes ¿cómo estás? y qué ha sido de ti en todo este tiempo que no nos hemos visto, seguro tienes muchas novedades que contarme. 
-Bueno Pelayo novedades, ¡humm, novedades! no tengo muchas, solo que vivo aquí en este árbol que es mi casa y como puedes ver tengo muchos amigos que me conocen. 
-Si es verdad- dijo Pelayo un tanto sorprendido -veo que al rededor tienes muchos amigos y no solo miembros de la familia si no todos los animales que viven en el Manu. Aunque te tengo que decir que eso no me sorprende porque yo también soy muy conocido en mi hogar, creo que eso nos viene de familia. 
-Si, si- decía Francisco -eso nos viene de familia.
-Pero...¡bueno Francisco!- dijo Pelayo con énfasis -ahora que estoy aquí, quiero que tú me enseñes todos los bellos lugares que existen en el Manu, tú debes conocerlo muy bien, es tu hogar. Dime por donde empezamos.
Y Pelayo se disponía a volar cuando notó que su primo no quería volar con él. 
-No, no Pelayo yo no quiero volar, ve tú solo, el Manu es muy parecido a tu hogar.
-Francisco yo he venido a visitarte para recorrer juntos el lugar y tú quieres que vaya solo ¿cómo es eso posible?...tenemos que ir juntos a pasear.
-Yo estoy cansado, por ahora no deseo pasear, mejor conversemos aquí en el árbol quiero contarte  como es vivir en el Manu. 
Pelayo aceptó la propuesta de su primo, no quería contrariarlo y mucho menos discutir con él, seguro más tarde se animaba a pasear y juntos podían visitar diferentes y bellos lugares.      
Francisco comentaba con su primo de      
cada uno de los animales que lo rodeaba y de la familia de papagayos que vivía cerca, le contaba además como era su día a día en el Manu.   
Pelayo, a su vez también comentaba cómo era vivir en su hogar y de todos los amigos que conocía  entre  ellos, su gran amigo Tomás.   
La conversación era amena y sin darse cuenta, las horas fueron pasando.   
Pelayo escuchaba a su primo y estaba intrigado ¿porqué Francisco no lo acompañaba a volar? ¿qué sucedía con él? 
 Así pasaron las horas y cuando era más del medio día, el hambre asalto de nuevo a Pelayo,  entonces señalando los arboles dijo:    
-Francisco vamos a comer algo, es hora de almorzar, volemos para buscar algunos frutos, tú también debes tener mucho hambre.
Esto era verdad, Francisco no había desayunado y ahora se quedaba inmóvil en su rama y solo atino a decir:
-Pelayo, ahora que tú vas a buscar frutas, tráeme algo de comer, por favor.  
No, esto no podía ser ¿qué pasaba con Francisco? ¿porqué se negaba acompañarlo?... Pelayo algo fastidiado levantó el vuelo y fue a buscar sus frutos, pero esta vez se detuvo a conversar con los demás Papagayos.  Algunos de ellos preguntaban por su primo pero no decían a Pelayo nada sobre Francisco.
Después de un buen rato Pelayo regresó junto a Francisco; se había  demorado a propósito, estaba  fastidiado con su primo y por la situación tan extraña. 
Pelayo entregó a Francisco el fruto que había traído, éste lo tomó con desesperación por el hambre que tenía y lo devoró en segundos. Su primo lo observaba y preguntó:
-¿Qué sucede contigo Francisco, por qué no quieres volar? yo he venido a visitarte para pasar unas buenas vacaciones y tú me recibes de está manera.
Francisco al ver lo molesto que estaba su primo, no le quedó más remedio que contarle a éste, su gran dilema:
Con temor Francisco dijo  -Pelayo, ¡Pelayooo!... yo tengo miedo de volar.
En ese instante de confesión, el Manu se paralizó, los papagayos y el resto de animales que estaban cerca escuchaban a Francisco asombrados.    
-¡Qué! ¡qué tienes miedo de volar!... ¿cómo eso posible? tú un papagayo, tiene miedo de volar- levantó la voz Pelayo impaciente. 
Ahora comprendía porque era famoso su primo, tal vez él era el único papagayo en el Manu y tal vez en toda la selva amazónica que tiene miedo a volar, ahora recién caía en la verdad y en lo que otros papagayos decían de él. 
-Pelayo- dijo Francisco un poco asustado -tú tienes que saber el porqué de mi miedo...espera un momento, te voy a contar la historia... Cuando yo estaba en el cascaron sufrí un lamentable accidente. El huevo que ocupaba rodó del nido y cayó al vació, mi madre a pocos centímetros de estrellarme en el suelo, me salvó y me devolvió  al nido, a los tres días rompí el cascaron y muerto de miedo, no quería volar. En las semanas siguientes mi madre me enseñó lo que debía hacer para volar y me decía que no tuviera miedo pero yo no podía evitarlo, mi pánico era mayor. 
El comentario de Francisco hizo recordar a Pelayo su historia, era verdad lo que él decía pero también era verdad que eso sucedió hace tiempo y ya era hora de perder el miedo y volar como lo hacían todos los papagayos. 
En el río que estaba muy cerca, los delfines rosados comentaban con los manatíes la historia de Francisco y hasta las temibles pirañas escuchaban  perplejas sus palabras.
Pelayo se tocaba la cabeza y a su vez decía -¡no puede ser! ¡no puede ser! mi primo ¡haaaa!    

El otorongo que descansaba a los pies del árbol, escuchaba asombrado la historia de Francisco, por fin todo el Manu se enteraba el porqué de su miedo a volar y a la vez todos se preguntaban que iba hacer Pelayo con su primo. ¿Regresaría de nuevo a su hogar y dejaría solo a Francisco?  Esa era la gran incógnita.
Pelayo estaba incrédulo, Francisco lo observaba y sabía que su primo estaba molesto.
Las diferentes familias de monos que habitaban los árboles vecinos movían la cabeza en símbolo de duda   -ahora que iba a suceder- se decían unos a otros. 
La gran boa constrictor se enroscaba perezosa a orillas del río, tomaba el sol y estaba atenta a los acontecimientos. Los pequeños escarabajos que tanto conocían a Francisco, casi estaban seguros que Pelayo se iría para siempre del Manu y dejaría solo a su primo.
Pelayo ajeno a todo ese barullo, miró a su primo impaciente, suspiró profundamente y dijo:   Francisco... ¡porqué Francisco!... nosotros los papagayos estamos hechos para volar, no debes tener miedo, mira tenemos alas-  entonces  Pelayo abrió sus alas para enseñarle a su primo que con ella se podía volar muy bien.
Francisco temeroso movía la cabeza y no aceptaba el comentario de su primo.
-Yo no puedo volar tengo miedo a caer,  nunca he utilizado mis alas- dijo Francisco aferrándose fuertemente  a la rama.  
Pelayo empujo suavemente a su primo hasta el borde de la rama donde se encontraban y añadió:
-Francisco, ahora, vas a volar y no tendrás miedo porque vas a sentir lo hermoso que es dejarse llevar por el viento.
Francisco parado en el extremo de la la rama decía con voz temblorosa  -Pepepe lalala yoyoyo... aquí está muy alto, si me lanzo al viento voy a caer, estoy seguro que así va hacer. 
Pelayo se tocaba la cabeza molesto y todos los demás animales estaban atentos.  El Manu por unos segundos quedo en silencio a la expectativa de los movimientos de Francisco.   
CONTINUARÁ.   
           
                   


domingo, 10 de junio de 2018

EL ESPÍRITU DE LA SELVA

PELAYO  VISITA EL MANU:
Era un día espléndido y lleno de sol en la selva Amazónica. La estación de las lluvias había terminado y nuestro amigo papagayo Pelayo conversaba animadamente en la copa de un frondoso árbol con su gran amigo el monito Tomás. No muy lejos de ellos, Pepito el sobrino de Tomás comía unas deliciosas frutas y escuchaba con atención la conversación de los dos amigos.   
Pelayo muy alegre comentaba con Tomás:
-Tomás como tú bien sabes yo tengo un primo que se llama Francisco y vive en el Manu. Desde hace varias semanas estoy pensando en ir a visitarlo. No sé nada de él y deseo verlo de nuevo.
-Pelayo me parece muy buena idea, siempre es bueno visitar a la familia y saber cómo está. Ahora que en nuestro hogar la vida transcurre tranquila puedes tomarte unas semanas de vacaciones  para visitar a tu primo. 
-Si, ¡Tomás!... nuestro hogar es tan hermoso y el Manu es igual de hermoso, es como una gigantesca alfombra verde donde todos los animales están protegidos y la naturaleza sigue su ritmo de vida vigorosamente. 
-Pelayo pero el Manu queda muy lejos de aquí. ¿Cuando piensas partir?-  decía Tomás algo preocupado por su amigo.
-No amigo, el Manu no queda muy lejos de aquí, está a dos días de vuelo y pienso partir mañana muy temprano antes que salga el sol.
-Pelayo, esto, si que es una sorpresa- decía Tomás a su amigo -Entonces debes de ir a descansar temprano para que puedas soportar el viaje. 
-Si Tomás, no te preocupes todo está calculado,  de pensar que voy a ver a mi primo de nuevo siento una gran felicidad. 
Y así fue como los dos amigos conversaban animadamente parte del día, Pelayo contaba a Tomás todos los detalles de su viaje y la alegría  de ver de nuevo a su primo Francisco. 
Pelayo  y Tomás amaban su hogar y no podían dejar de admirar el hermoso paisaje que se abría ante ellos. Los árboles eran más verdes y los animales más felices porque no había humanos que los  persigan y los quieran cazar.  
Después de un largo día  cuando llegó la hora de irse a descansar Pelayo se despidió de sus amigos, -nos vemos dentro de unas semanas- Tomás el monito le deseo un feliz viaje y Pepito que solo pensaba en comer le pidió que le traiga alguna deliciosa fruta del Manu.            
Al día siguiente con los primeros rayos de sol, Pelayo  partía a su nuevo viaje para visitar a su primo.       
Las primeras horas de vuelo transcurrieron sin novedad Pelayo quería volar lo más rápido para llegar pronto al Manu. 
El calor casi lo agobiaba y unas horas más tarde se detuvo para descansar y tomar un poco de agua, busco un arroyo cerca donde tomó abundante agua hasta saciar su sed. En el momento que terminaba de beber el último sorbo, se detuvo junto a él su amiga el águila que muy sorprendida de encontrarlo en el lugar lo saludo y preguntó:
-¿Pelayo cómo estás ¿ qué haces por estos lares? 
-Águila ¿qué tal?... estoy aquí descansando un poco porque tengo que seguir mi viaje al Manu, voy a visitar a mi primo Francisco.
-¡Tu primo Francisco!... no sabía que tenías un primo- dijo el águila sorprendida.
-Si tengo un primo que no veo hace mucho tiempo, no sé nada de él y quiero ir a visitarlo.
-Bien Pelayo que  novedad saber que tienes un primo en el Manu, yo estuve el mes pasado por ese lugar y te puedo decir que es un paraíso, donde los días transcurren tranquilos y los animales viven felices. Todo está igual que siempre y el gran río que recorre la zona es inmenso y majestuoso se diría que en el Manu la vida es perfecta.
Pelayo le daba la razón a su amiga el águila en todo lo que ella decía, él sabía que era verdad. 
-Águila cuéntame ¿cómo esta Cóndor?  nuestro amigo que nos ayudó tanto cuando le pedimos que nos lleve un mensaje a Dario, el niño que vive en la ciudad y que podía hablar con los animales ¿recuerdas? 
-Claro que recuerdo todo eso,  fue una gran aventura que al final salió bien. Cóndor está muy bien, él siempre vive en las alturas y es el verdadero amo del cielo,  de vez en cuando nos vemos y conversamos de nuestras actividades. Cóndor es un maestro del vuelo, él es el único que puede ver todo el valle a grandes alturas.
El águila y  Pelayo conversaban sobre los detalles del viaje, luego cuando terminó el tiempo de descanso, éste  le dijo al Águila:
-Dale mis saludos a Cóndor, dile que siempre lo recuerdo a él y a Pelícano que al final fue el que llevó el mensaje a la ciudad, no lo olvides dales mis saludos. Es hora de partir águila... ¡adiós!. 
Entonces Pelayo volvió a remontar el vuelo y partió en dirección al Manu para ver a su primo Francisco y darle la gran sorpresa con su visita.
Pelayo viajaba con gran precaución a través de la selva Amazónica, él no quería encontrarse con alguna sorpresa en su vuelo, descansaba lo necesario y en cada tramo del viaje tomaba agua y después de ello continuaba con su travesía.  
  
Agotado por los dos días de vuelo, Pelayo por fin llegó al Manu. Era de noche y no quería importunar a su primo a esas horas, buscó la rama de un árbol frondoso y se puso a descansar, muy pronto se quedó profundamente dormido.
Al amanecer de el nuevo día Pelayo despertaba, estiró sus alas para despejarse y decidió que ahora, si era el momento de preguntar por Francisco dentro de la comunidad de papagayos que veía cerca. 
Se acercó a algunos de los vecinos para preguntar por su primo -¿por favor alguien conoce a mi primo Francisco?. 
Entonces todos los papagayos sorprendidos contestaban casi en coro...¡quien no conoce a Francisco! hasta el más pequeño insecto de está selva lo conoce.  
La voz se corrió de inmediato por toda la selva, alguien buscaba a Francisco... ¡ooooh!  ¡no puede ser!   ¿buscan a Francisco? ¡Francisco si a Francisco!
Pelayo se sentía confundido porqué tanto alboroto al preguntar por su primo, uno de los papagayos por fin contestó:
-Todos conocemos a Francisco el es muy famoso en el Manu pero tú solo, tienes que darte cuenta de el porqué de su fama. Francisco vive en las ramas de ese árbol que está algo oculto, ahí lo puedes encontrar.
Era verdad el árbol estaba oculto, Pelayo pensaba ¿por qué vive ahí su primo? estiró  sus alas y se lanzó al vuelo para llegar hasta donde vivía su primo.  Se posó en una de las ramas del árbol y llamó en voz alta a Francisco, éste al escuchar que lo llamaban despertó e incrédulo vio que alguien lo buscaba.
-¡Francisco soy yo tu primo Pelayo!- decía lleno de felicidad al ver a Francisco.
- ¡Pelayo!- gritó  Francisco al ver a su primo y corrió abrazarlo, los dos papagayos estaban felices de encontrarse después de tanto tiempo
 -No puede ser, tú en el Manu... primo que alegría volverte a ver.
El alboroto que armaban los dos papagayos llamó la atención del resto de las aves, todos estaban sorprendidos, Francisco tenía un primo... nadie lo sabía. 
Los primos, ajenos a los comentarios se abrazaban felices y repetían sus nombres una y otra vez ¡Francisco! ¡Pelayo!...

CONTINUARÁ