domingo, 26 de agosto de 2018

DOS PUEBLOS...DOS VILLAS

Este inesperado acontecimiento con la salud de don Tadeo fue un terrible golpe para la familia. Doña Elvira estaba desesperada, su esposo en estado inconsciente en la sala del hospital, jamás lo hubiera pensado. 
Los cuidados al paciente fueron extremos y a los dos días de ocurridos los hechos, don Tadeo despertó, no podía hablar bien y la mitad de su cuerpo estaba paralizado, los médicos le aconsejaban no hablar para evitar estresarse porque ello le hacia más daño. Rafaela recordaba todo los acontecimientos como si hubieran sucedido ayer. 
El hombre accidentado despertó al tercer día, tenía las costillas rotas, las dos piernas y un brazo, su cabeza estaba intacta, nadie podía explicar esto, era un milagro que estuviera vivo. Cómo el hombre podía hablar le preguntaron cómo fueron los acontecimientos y lo primero que dijo: -Fue una camioneta azul la que venia a gran velocidad, no se detuvo y me atropello.
Eso fue lo mismo que aseguraba don Tadeo antes de perder el conocimiento y esto mismo decía el empleado que lo acompañaba. 
Don Tadeo quedó libre de culpa y sospechas pero estaba impedido de hablar y de moverse.
Los meses pasaron y su salud no mejoraba, un año y medio después del accidente y por el grave derrame que había sufrido y otras complicaciones en su salud, falleció. Esto fue un sufrimiento para doña Elvira y sus hijos, pasaron varios años para que ellos superen la ausencia del esposo y padre.  
El hombre accidentado logró recuperarse pero tenía problemas para caminar y problemas con sus funciones biológicas. De la camioneta azul no se volvió a saber, todos en Santa Emilia comentaban que era alguien que venía de lejos y simplemente había desaparecido.   
Desde ese momento la familia cambio, la tristeza y la amargura ocuparon mucho tiempo sus vidas pero era necesario seguir adelante y aceptar la realidad. Con el pasar de los años el fundo de don Tadeo ahora era manejado por su hijo mayor.  
Rafaela suspiró profundamente con estos tristes recuerdos, luego dejó la foto de su padre sobre el velador, era mejor recordarlo con alegría y amor.  
Escuchó la voz de su madre que la llamaba desde la cocina y se apuro para estar lista,  quería llevar los pedidos de las  mermeladas a  dos sitios especiales. El primero al hostal "Bienvenidos" que era propiedad de la familia de Celina, su amiga de toda la vida, juntas habían ido al mismo colegio y ahora quería pasar a saludarla, el segundo pedido era para el convento de las Hermanas del Sagrario, donde ella y Celina habían estudiado. Rafaela quería saludar a la madre Clementina que  era madre superiora del convento y amiga de su familia.   
Por eso no quería perder más tiempo, fue a la cocina donde su madre terminaba de preparar la canasta con los frascos de mermeladas de diferentes sabores. 
Cinco frascos para el convento y uno de regalo que siempre doña Elvira les ofrecía a las religiosas y los cinco frascos restantes eran para el hostal "Bienvenidos". 
-Rafaela, no demores demasiado en tu visita a Celina recuerda que tienes que ir a saludar a la madre Clementina, dale a cada una de ellas mis saludos. Yo me voy a la tienda para comenzar un nuevo día de trabajo-  decía doña Elvira, mientras se llevaba otros  frasco y salia de prisa a la calle.   
Con la canasta llena Rafaela caminaba por la calles céntricas de la ciudad, cada lugar le traía gratos recuerdos de las amigas,
de los juegos, de las primeras fiestas y luego la despedida para irse a estudiar a Lima, la capital como la gran mayoría de sus amigas. 
El pueblo estaba creciendo y esto era muy bueno, pensaba mientras tomaba el cruce en la esquina, ya estaba cerca del hostal para ver a su amiga.   
El clima en Santa Emilia era benigno todo el año, no había  calores extremos, ni fríos extremos,  se podía  caminar con tranquilidad.
Rafaela estaba feliz de volver a ver a Celina y cuando llegó al hostal, éste había sufrido una  remodelación, se veía bien, no era muy grande,  tenía veinte habitaciones, un comedor, una sala acogedora y  bien decorada además de la recepción y un jardín que le daba un aspecto antiguo pero bien cuidado. El hostal estaba impecable y ordenado como siempre.    
Celina vio entrar a su amiga y grande fue su sorpresa:
-Rafaela ¿cómo estás?- se acercó a ella para recibirla con un gran abrazo, no se veían desde hace un buen tiempo. 
Las dos se sentían felices de encontrarse de nuevo. Para ese momento Celina se había hecho cargo de la dirección del hostal de su familia, en esto ayudaba a sus padres. 
La administración del hostal era un trabajo completo  porque siempre estaba lleno de turistas que venían desde el extranjero o la capital. Su hermana mayor Dorila que vivía en Europa se encargaba de hacer la promoción al hostal y a el pueblo de Santa Emilia con todos los atractivos que ofrecía el valle, comenzando por el gran nevado y ciudadela pre-inca. 
Ambas amigas conversaban de los últimos acontecimientos en sus vidas. 
-Rafaela- decía Celina -todo el tiempo el hostal está lleno, no me estoy quejando, pero hace mi trabajo más complicado, tengo que ver que mis empleados cumplan con el orden, la limpieza para que todo este óptimo y  atender a los visitantes como debe ser.  
Estamos pensando construir más habitaciones porque ya quedó  el lugar pequeño-  comentaba Celina feliz con sus proyectos, ella se había convertido en toda una empresaria. 
-Yo estoy hablando demasiado de mis planes futuros, Rafaela dime  ¿estás de visita en Santa Emilia  solo por unos días?. 
-No, mi querida amiga, vengo a quedarme un tiempo, quiero pensar sobre mi futuro, estoy pasando por una pequeña crisis existencial, nada grave por supuesto, además mi trabajo todavía me espera unos seis meses, después de eso decidiré que hacer, por el momento quiero ayudar a mi mamá en su negocio y ahora que lo menciono, aquí está tu pedido de mermeladas.
-Las mermeladas de tu madre tiene un gran éxito aquí en el hostal, los visitantes preguntan por ellas y  luego van a la tienda de doña Elvira para comprar. Se venden bien en todo el pueblo, su sabor es de casa  y son deliciosas, es buena idea que la ayudes para que pueda crecer su negocio.   
Rafaela escuchaba a Celina su amiga, hacía  buena propaganda a las mermeladas de su madre. 
La hora avanzaba y Rafaela tenía que despedirse, ella le prometía a su amiga regresar en otro momento para conversar tranquilamente. 
-Celina, me despido, tengo que hacer otra entrega al convento de la religiosas y saludar a la madre Clementina.
-Saludos para ella de mi parte tu sabes que  siempre fue una excelente directora. 
Rafaela salio del hostal "Bienvenidos" y se dirigía al convento de las religiosas que quedaba al otro lado de la calle. Los recuerdos que tenía del colegio, eran buenos recuerdos de las compañeras y profesoras.  
Cuando llegó frente al gran portal del antiguo convento, tocó la campanilla y preguntó por la madre Clementina; una novicia  la hizo pasar. 
Ella estaba de nuevo caminando por los claustros del recinto que fue fundado unos días después de la fundación de Santa Emilia. Esto hace ya más de ciento ochenta años.
La hicieron pasar a un salón de espera,  luego de unos minutos la madre Clementina se acercó al salón, le dio mucha alegría encontrarse con Rafaela que había sido una de sus alumnas.
La madre Clementina la invitó a pasear por el claustro que daba al jardín, era una mañana soleada.  El convento era una reliquia y su jardín bien cuidado, invitaba a caminar. 
Rafaela entregó las mermeladas a la madre Clementina,  una empleada se acercó para recibir el encargo y llevarlo a la cocina. 
El silencio dentro de las paredes del convento era total, se respiraba una atmósfera de serenidad. 
La madre Clementina le señalaba a Rafaela algunos rincones históricos del lugar y comentaba sus historias. 
CONTINUARÁ 

                
          
     
   


domingo, 19 de agosto de 2018

DOS PUEBLOS...DOS VILLAS

Era bien entrada la noche cuando Rafaela llegó al pueblo de Santa Emilia. Sentía frío, la noche estaba serena y el pueblo tranquilo.
Bajó del bus tomó sus maletas y en un taxi fue directo a su casa. 
En el camino era inevitable evocar los recuerdos de su vida, de sus padres, las amigas del colegio, los juegos y las primeras fiestas. Cada calle cada esquina había cambiado, Santa Emilia prosperaba y crecía. 
La casa de Rafaela quedaba a dos cuadras de la plaza principal en una de las calles céntricas. El carro se detuvo en la puerta y el chófer la ayudó a bajar sus maletas. 
Frente a su casa Rafaela respiró profundamente, tocó  la puerta, pensó tamaña sorpresa que se llevaría su madre al verla, ella ignoraba que su hija llegaba  a Santa Emilia.
Cuando la puerta se abrió y doña Elvira la vio la sorpresa iluminó su rostro y dijo:
-¡Rafaela! que ha pasado, porque no me has avisado que venías. ¿Ha sucedido algo en el trabajo? y abrazó a su hija,  ella  no podía hablar porque su madre la interrumpía.
Se separó un instante y contestó -Calma, madre...calma, no ha pasado nada, vengo a casa para pasar una temporada, ahora estoy cansada, el viaje ha sido largo, deseo comer si es que tienes algo en tu cocina y luego quiero ir a descansar, te prometo que mañana te cuento al detalle todo lo que quieras saber. 
Doña Elvira le sirvió a su hija algo de cenar y luego de terminar, Rafaela abrazó a su madre de nuevo y se fue a su habitación, al abrir la puerta todo estaba igual que siempre, como ella en su momento la había dejado. 
Se sentía realmente cansada las horas de viaje la habían agotado y solo deseaba dormir en su cama. 
Su madre se quedó en la cocina, estaba preocupada, pensaba que había sucedido con su hija porque esta visita tan repentina.  
Al día siguiente muy temprano, Rafaela en su habitación despertó al escuchar el ir y venir de su madre en la cocina. Doña Elvira no había cambiado, era la misma mujer activa de siempre. Ella  pertenecía a la generación de mujeres que pensaban que habían cosas que no se debían conversar con los hijos, pero con el paso de los años había cambiado esta idea y conversaba con Rafaela que ya era una joven adulta, sobre su vida, su primer trabajo, el miedo que tenía de equivocarse al atender al público con alguna receta, ella era dependiente en una farmacia. 
Un día entró un joven a comprar pastillas para el dolor de estomago, ella le recomendó unas píldoras y al día siguiente el joven regresó para agradecerle y luego volvió a regresar al otro día con el pretexto de comprar unas venditas y así sucesivamente día tras  día hasta que se hicieron amigos, luego novios y más tarde se casaron se mudaron de la capital para vivir en Santa Emilia donde iniciaron su familia. 
Con el correr de los años doña Elvira inicio un pequeño negocio de venta de mermeladas elaborada en forma cacera, es decir sin preservantes y de exquisito sabor, eran hechas de pura de fruta, sus mermeladas habían ganado fama entre la gente del pueblo y los turistas que visitaban Santa Emilia, no solo porque eran de pura fruta, si no por su exquisito sabor. 
Vendía las mermeladas de los sabores clásicos como fresa, naranja, piña y además las originales de ají y rocoto pero la que tenía mayor demanda y se agotaba muy rápido era la mermelada de ciruela y tomate con el punto justo entre lo dulce y lo ácido. Cada mermelada tenía su formula secreta que las hacían exquisitas  y de gran éxito . 
En su tienda ubicada en una calle céntrica de la ciudad vendía las mermeladas, además  de aútentica miel de abeja de la región, polen  y los más deliciosos quesos y mantequillas del valle, comprados en el fundo lechero Torre Alba.
Rafaela se levantó, era hora de conversar con su madre y explicar el porqué de su regreso a Santa Emilia. 
Su casa era cómoda y amplia, solo vivía en ella su madre; el hermano mayor de Rafaela, Tadeo, él tenía el mismo nombre que su padre, vivía con su esposa y dos pequeños hijos en la casa del fundo que pertenecía a la familia, estaba ubicada a pocos kilómetros del pueblo, él se encargaba del trabajo que su padre había dejado. 
En la cocina doña Elvira terminaba de llenar los frascos con las deliciosas mermeladas cuando Rafaela entró  la saludo con un beso de buenos días, ella ahora estaba tranquila y podía conversar. 
Sin que su madre le pidiera explicaciones, Rafaela comenzó a contarle porque llegaba de improviso a casa sin avisar. 
Primero quería darle una sorpresa y después  decirle que había renunciado al trabajo, que necesitaba ordenar sus ideas y pensar lo que iba hacer en el futuro. Por el momento quería quedarse en casa con ella y luego se ofreció ayudarla en su negocio: 
-Madre el tiempo que me quede en Santa Emilia puedo hacer las entregas de las mermeladas y demás productos a los hoteles de turistas y a las casas particulares que te las compran- decía Rafaela con entusiasmo.
En el pueblo había muchos hoteles por  el aumento del turismo y la demanda y los pedidos de mermeladas había crecido en cantidad. 
-Rafaela, tú sabes que tengo un joven que se encarga de esos mandados pero no me pongo a que me ayudes. Es tu decisión y es tu futuro, me alegro que te quedes un tiempo conmigo, solo te pido que pienses bien los pasos que vas a dar, aquí siempre eres bienvenida y sabes que tu ayuda me viene muy bien. No quiero ser egoísta y pensar solo en el negocio, espero que tomes las decisiones correctas y pienses en tu carrera.    
-Gracias madre, sabía que podía contar contigo que me escucharías sin criticarme y sobretodo que confies en mí. 
Madre e hija se abrazaron, ahora Rafaela podía estar tranquila y tomarse el tiempo necesario para pensar con serenidad mientras ayudaba  a su madre por un tiempo.  
Después de desayunar y conversar con ella  sobre las últimas novedades en Santa Emilia, de sus amigas y de la familia, Rafaela volvió a su habitación para cambiarse y ordenarla.  Sobre el velador vio la foto de su padre y los recuerdos que tenía de él vinieron a su mente, él ya no estaba con la familia, había muerto cuando ella tenía catorce años, desde entonces siempre lo extrañó, siempre le hizo falta. Su padre era su confidente y protector.
El padre de Rafaela había sido muy cercano a sus hijos, siempre conversaba con ellos.  Él se dedicaba con sus empleados a trabajar el fundo que servía de sustento a la familia y algunos fines de semana le gustaba llevarlos a la ciudadela arqueológica a unos pocos kilómetros de a ciudad. 
Su padre era un arqueólogo aficionado, era un gran lector y se documentaba bien  sobre la antigua cultura que había habitado el valle más o menos 3000 años antes. 
Les hablaba sobre el pasado y las construcciones que  quedaban en el lugar,  él estaba seguro que pertenecían a la cultura Huari por el tipo de mantos de exquisitos dibujos y colores, además de las vasijas y cerámicas aunque las dudas crecían al ver algunas cabezas clavas en las paredes que indicaban que podían ser de la cultura Recuay con influencia de la cultura Chavin.
Su padre se enfurecía cuando encontraba que el lugar había sido saqueado por gente sin respeto al pasado y a la historia. Él siempre se hacía estas preguntas ¿qué había pasado con los habitantes? ¿por qué habían abandonado la ciudad? ¿tal vez había acontecido un fenómeno climático, alguna catástrofe o la muerte de su líder y se sintieron en abandono, sin tener a quien seguir?. 
Todo esto era una gran incógnita para él y sintió un gran alivio cuando el municipio de Santa Emilia tomó bajo su protección la ciudadela. 
Rafaela también recordó la tragedia que había vivido  la familia, fue un duro golpe que sufrieron con la pérdida del padre.         
Un día que  su padre regresaba del fundo en su camioneta con uno de los empleados, vio a un agricultor que trataba de cruzar la carretera,  de pronto una camioneta de color azul que venia a gran velocidad en el carril contrario, no pudo detenerse y atropelló al hombre arrojándolo varios metros en el pavimento. 
La camioneta azul se dio a la fuga y el hombre quedó tendido en la pista. Don Tadeo padre de Rafaela,  detuvo la camioneta, bajó del vehículo para correr auxiliar al agricultor, era increíble, el accidentado estaba vivo pero sin conocimiento, Don Tadeo con su empleado levantaron el cuerpo lo llevaron a la camioneta y rápidamente fueron al hospital de Santa Emilia que era pequeño pero eficiente. En emergencia don Tadeo dejó al hombre y explicó a las enfermeras cómo había sucedido el accidente. Luego se retiró para ir a su casa. 
Tres horas más tarde llegaba la policía a buscarlo y un agente con voz muy fría le dijo:
-Está usted detenido por atropellar a un hombre en la carretera. 
El padre de Rafaela quedó sorprendido, levantó la voz indignado -¡esto es una injusticia! ¿cómo es posible que me culpen de algo que no he cometido?. Tengo un testigo que puede corroborar lo que sucedió.  
No fue escuchado e insistieron en llevárselo, a la jefatura, la ira invadió a don Tadeo que cayó al piso sin conocimiento. De inmediato fue llevado al hospital donde los doctores le diagnosticaron un derrame cerebral. Como una ironía del destino el hombre accidentado y don Tadeo compartian la misma sala, ambos sin conocimiento.
CONTINUARÁ                  

              
          


domingo, 12 de agosto de 2018

DOS PUEBLOS...DOS VILLAS

Domingo en la mañana, el sol entraba por la ventana de la habitación, Rafaela terminaba de preparar su equipaje, al día siguiente saldría de viaje muy temprano. Era un viaje de regreso al hogar, al pueblo que la había visto crecer. 
Ella quería retomar un nuevo rumbo en su vida y unos meses o tal vez un año sabático le serviría para pensar y tomar un nuevo camino.
Contra todo pronostico, Rafaela renunció a su trabajo en una gran empresa. El gerente cuando se enteró de su renuncia la  llamó a su oficina para saber el porqué de su decisión. Rafaela le explicó que su madre estaba enferma y tenía que ir a cuidarla, ella mintió porque no deseaba entrar en explicaciones o detalles sobre su renuncia, el jefe jamás comprendería,  los motivos.
-Es lamentable que renuncies al trabajo Rafaela- dijo el gerente con voz grave -eres una buena profesional, sabes trabajar en equipo y además eres eficiente y creativa. Por seis meses tu puesto va estar esperando pero pasado ese tiempo si no te presentas tendré que cancelar tu permiso.
Rafaela agradeció las palabras de su jefe y se retiró de la oficina, luego fue a despedirse de sus compañeros de la empresa donde había laborado por tres años. 
En ese tiempo había hecho buenas amistades con su equipo de trabajo y no podía evitar sentir algo de tristeza al despedirse.   
Cuando sus amigos le preguntaron porque se iba, ella dijo lo mismo que a su jefe. Rafaela no deseaba dar detalles sobre su decisión porque a todos les parecería una locura con los tiempos que corrían.  Ella dejaba su oficina y a sus amistades para seguir su camino.    
Por eso el domingo en la mañana, en su habitación, Rafaela alistaba los últimos detalles de su equipaje cuando tocaron  la puerta del dormitorio y entró Marguitt, su amiga con la que compartía el departamento desde hacía tres años.
-Rafaela ya has terminado de preparar tus maletas- dijo esto mientras se sentaba en la cama. 
-Si, Marguitt recuerda que mañana salgo a la estación del bus muy temprano y prefiero que todo quede  bien dispuesto y en orden para no olvidar nada y en todo caso si algo se me olvida,  tú me lo envías, ya conoces mi dirección.
Marguitt era la única que sabía la verdad sobre su viaje y sentía pesar por la partida de su amiga, las dos habían logrado hacer una gran amistad y se llevaban muy bien. 
Rafaela, dijo de pronto Marguitt -no te olvides que dentro de cuatro meses es mi boda y tienes que venir, tú eres una de las damas de honor y mi mejor amiga,  no puedes faltar. 
-No te preocupes aquí estaré para celebrar el gran día, por nada del mundo faltaré a tu boda. 
Marguitt desde hace algunos meses estaba completamente dedicada a los preparativos de su boda con Samuel, su novio desde hace tres años, los dos habían fijado la fecha y no tenían cabeza para pensar en nada más.                     
Por eso Marguitt antes de salir de la habitación comentó -Rafaela me olvidaba decir que ha llegado esta carta para ti- y sacó la carta del bolsillo de su bata y se la entregó. 
Rafaela sonrió, ella sabía de quién se trataba y al ver el remitente comprobó que era de su madre, sólo ella le envía cartas de vez en cuando por el correo postal, una costumbre que casi se había perdido por la existencia del celular, del email o del WhatsApp entre otras fuentes. 
Rafaela hablaba por teléfono con su madre todas las semanas pero a ella le gustaba escribirle cartas para darle recomendaciones o consejos de una madre preocupada por no tener  a su hija cerca. Rafaela las leía y luego las guardaba, ella y su madre habían logrado una buena relación que no siempre es fácil entre madre e hija. Pero en el caso de Rafaela no había problema con ella y su madre, entre las dos existía una comunicación fluida y de mucho amor. 
Sólo por esta vez, Rafaela no le había comentado a su madre doña Elvira, que estaba viajando de regreso a casa, ella quería darle una sorpresa y guardó en secreto su partida. 
El pueblo de Rafaela se llamaba Santa Emilia quedaba muy cerca a la cordillera y en los últimos tiempos había crecido dejando atrás la imagen de pueblo pequeño. 
Santa Emilia tenía las mejores tierras de cultivo y las mejores pastos para criar ganado, eran grandes extensiones de terreno dentro de un valle rico y próspero, también tenía a unos pocos kilómetros una gran ciudadela arqueológica que se creía podía ser un reducto de la expansión de la cultura Huari, por los ceramios y mantos ahí encontrados y además por el tipo de construcciones  en la ciudadela. Sin embargo, era necesario hacer más investigaciones y estudios para llegar a la verdad sobre el origen de éste lugar.  
El municipio de Santa Emilia había tomado bajo su protección este monumento arqueológico porque era un lugar muy visitado por los turistas nacionales y extranjeros y esto se traducía en ingresos para el pueblo.
Además de todo esto Santa Emilia tenía al frente su pueblo gemelo llamado San Pablo, era también un pueblo próspero, tenía buenas tierras de cultivo y pasturas para el ganado pero no eran en la cantidad y extensión de las tierras de Santa Emilia, esto había sido en el pasado motivo de enfrentamientos entre ambos pueblos. 
Los habitantes de San Pablo habían invadido en varias ocasiones los terrenos de cultivo del pueblo vecino y estos por defender sus tierras se enfrentaban para desalojarlos, la policía tenía que intervenir para evitar muertos o heridos de gravedad. 
El agua había sido otro gran conflicto entre los dos pueblos, esta provenía de una laguna que se encontraba situada en la alturas y proporcionaba el líquido elemento.  
Después de tantos enfrentamientos se llegó a un acuerdo con las instalaciones independientes de agua para cada pueblo,  esa fue la única manera de conseguir la paz en el valle. 
Santa Emilia y San Pablo estaban separados por una carretera que los cruzaba. y seguía de frente hasta llegar a la cordillera. 
Sumado a todo esto existía en el valle la presencia imponente del gran nevado, una montaña que se alzaba al cielo hasta los 6,000 msnm. Este nevado era un importante lugar para el turismo porque llegaban personas de todas partes del mundo para querer escalar y conquistar la cumbre. 
El nevado era el vigía y protector de todo el valle, esto lo decían desde tiempos antiguos los pobladores que habían habitado la región hace unos 3,000 años, era su dios, era el Apu sagrado que los protegía y proporcionaba el agua para sus tierras de cultivo.
Los visitantes que llegaban a la zona podían hacer  turismo ecológico si así lo deseaban, ir a caballo o hacer  largas caminatas  por el valle que tenía hermosos paisajes y los más bellos parajes, era un descanso del estrés de la ciudad.     

Todo este panorama encerraba muchos secretos, historias y conflictos entre los habitantes de ambos pueblos que trabajaban  para el desarrollo y crecimiento de su valle. 
Cuando unos años atrás se descubrió la existencia de una mina en los terrenos de San Pablo hubo algo de paz. 
La mina era para la explotación del cobre y en sus entrañas tenía una rica veta de ese metal que muchos llaman el oro rojo, pues en el mercado internacional se cotizaba  muy bien el precio.   
La mina  proporcionaba trabajo a los habitantes de San Pablo que la cuidaban celosamente para evitar la invasión de sus vecinos.  Estaba situada a las faldas de la montaña más pequeña y hermana menor del gran nevado.
Rafaela al día siguiente muy temprano se despedía de su amiga Marguitt, era el momento de partir, un abrazo muy fuerte entre las dos y la promesa de estar presente en la boda. 
En la estación de transporte, Rafaela tomó el bus, se ubicó en su asiento, la esperaban varias horas de viaje por la carretera que la llevaba de regreso a su hogar. En el camino le decía adiós  a la ciudad y a todo lo que hasta ese momento había vivido.  
CONTINUARÁ    

              

    

domingo, 22 de julio de 2018

EL ESPÍRITU DE LA SELVA

 PELAYO VISITA EL MANU:
La extensa alfombra verde de la selva del Manu se extendía en  miles de kilómetros. Los animales que allí vivían podían sentirse tranquilos y felices, el peligro se había terminado. 
Después de dos días de festejos el Manu volvía a la rutina de cada día. 
Pelayo y Francisco volaban sin descanso para disfrutar de su libertad y de los maravillosos paisajes.
El sol en lo alto del cielo era testigo de tanta alegría, por momentos ambos primos se daban sendos baños en un recodo del río, donde se formaba una pequeña laguna y podían remojarse sin peligro. Ellos lavaban sus plumas y descansaban, luego levantaban el vuelo para posarse en el árbol más cargado de frutos y comer hasta repletarse, de ahí una larga siesta era indispensable. 
Francisco no se cansaba de volar, él ahora iba a donde lo llevaba el viento y daba volteretas sin cesar, de árbol en árbol. 
No había en toda la selva amazónica papagayo más feliz. Ahora era el más famoso ¡si!...pero por su gran destreza a la hora de volar.  
Los demás animales, disfrutaban del sol y la tranquilidad que reinaba.  En el río los manatíes, los delfines rosados, las pirañas y las nutrias conversaban y reían, había tiempo para la diversión.  La poderosa boa constrictor conversaba con la tortugas de río que sorprendidas comentaban los últimos acontecimientos. 
El otorongo, era el más feliz de los felinos en ese momento porque ya no tenía que esconderse, ni temer por su vida, ahora en cambio podía hacer largas caminatas, largas siestas y luego conversar con su amigos sin prisa.
Pelayo y Francisco disfrutaban de sus paseos y se detenían en la comunidad de papagayos para socializar con todos los miembros de la familia. 
Después del almuerzo los dos primos descansaban en su árbol, Pelayo muy serio comentó a su primo:
-Francisco, ha llegado la hora de regresar  a mi hogar, estas semanas que he pasado en el Manu, han estado llenas de aventura y buenos momentos. He conocido muchos amigos y  han sido las mejores vacaciones de mi vida, nunca las olvidaré.
-Pelayo no, no puedes irte, quédate a vivir en el Manu con nosotros, todos te vamos a extrañar si te vas. Contigo hemos aprendido los peligros que pueden presentarse en la selva-  decía Francisco con tristeza. 
-Querido primo, no puede quedarme, tengo que regresar a mi hogar, allá también me espera mi familia, mis amigos y todo mi mundo.         
Francisco volvió a insistir -Pelayo no puedes irte, debes quedarte, yo me siento muy bien con tu compañía.
-Gracias por tus palabras pero ahora que sabes volar y eres un experto, es necesario que te conviertas en el centinela que de la voz de alarma si observas algún peligro en la selva. Tú sabes que siempre debemos estar atentos. Ya conoces cómo son los humanos.
-Entonces Pelayo, de todas maneras te marchas  de regreso a tu hogar.
-Si primo, mañana saldré muy temprano          
con los primeros rayos de sol.  
Francisco con emoción en la voz contestó -Pelayo siento pesar por tu partida y prometo que seré el vigía que cuide el Manu, estaré siempre atento a cualquier peligro. Además te prometo que el próximo año después que termine la estación de las lluvias, seré yo, quién vaya a visitarte, deseo conocer tu hogar y devolverte la visita. 
Pelayo con alegría comentó:
-Francisco te tomo la palabra y  espero tu visita, no me vayas a fallar.
-No Pelayo, te prometo que allí estaré.
Y los dos primos se dieron un fuerte abrazo. El otorongo que había estado atento a la conversación dijo con autoridad: 
-Ahora por fin, voy a poder descansar, ya no voy a escuchar a los papagayos parlanchines que interumpian  mi sueño,  todo el tiempo. 
El otorongo decía esto para no demostrar su tristeza pero en el fondo sentía una gran pena con la partida de Pelayo.
-Que tengas buen viaje Pelayo y buena suerte- comentó ocultando su pesar, después de todo él era el rey de la selva.  
Pelayo se daba cuenta del sentir de su amigo y contestó -Gracias otorongo por tus palabras, ya no vamos a interumpir tu sueño, eres en verdad un gran amigo.
Los escarabajo peloteros también se despedían de Pelayo, ellos habían sido testigos cercanos de sus acciones: -Pelayo que tengas un buen viaje y llegues pronto a tu hogar. 
Así, en medio de una gran emoción se despedían todos los amigos de Pelayo, todos ellos agradecían por haberlos salvado del peligro y ahora habían aprendido cómo cuidarse. 
En al comunidad de papagayos le hicieron una despedida, el papagayo mayor, dio un discurso a Pelayo y éste agradeció sus palabras comentando: 
-Jamás hubiera podido hacer nada sin la ayuda de mi primo Francisco, del otorongo y del guarda bosques, a él también debemos darle el crédito; todos ellos me ayudaron en cada momento. 
Después de las palabras del papagayo mayor, hubo una gran fiesta de despedida para Pelayo. Éste  comió muy bien y festejó con sus amigos para despedirse. 
Al día siguientes con los primeros rayos de sol, Pelayo se despertaba y estiraba sus alas, el día no podía ser más bello para volar. Francisco también se despertó y se desperezaba respirando profundamente y estirando cada músculo de su cuerpo.     
Pelayo al ver a su primo dijo:          -Francisco es el momento de  partir no debo perder más tiempo.
-No te preocupes Pelayo, yo voy acompañarte un tramo del vuelo hasta donde el gran Manu termina.
-Es verdad primo, deseas  acompañarme- contestó Pelayo con emoción 
-Si, es verdad, te reto a un vuelo,  quien llega primero a los confines del Manu.
Francisco abrió sus alas y se lanzó con el viento a volar y en voz alta decía -¡quien gana Pelayooo!.
Los dos papagayos volaban y volaban para alcanzar su meta, Francisco era veloz, Pelayo era sagaz y precavido y esto mismo le había advertido a su primo unos días antes para que tenga cuidado al volar. 
Cuando llegaron a los confines donde terminaba el gran Manu los dos primos se posaron en la rama de un árbol  y se despedían con un fuerte abrazo, las palabras de Francisco eran: 
-Pelayo, de todas maneras nos vemos el próximo año. 
-¡Si Francisco!... yo estaré esperando tu visita, no lo olvides.
Entonces Francisco abrió su alas y se lanzó a volar de regreso al fantástico Manu, Pelayo lo observó unos instantes y luego él también se lanzó a volar de regreso a su hogar, en el corazón de la exuberante y asombrosa...¡Selva Amazónica!      


FIN           
  

domingo, 15 de julio de 2018

EL ESPÍRITU DE LA SELVA

PELAYO VISITA EL MANU:
Los cazadores después de algunos días habían regresado y revisaban sus trampas una y otra vez, querían estar seguros que éstas funcionen como era de esperar. 
Mientras, en la cabaña el guardabosques esperaba que lleguen sus compañero para hacer la intervención de captura a los cazadores furtivos.  
Joaquín Vásquez alistaba su equipo y también una escopeta, el tiempo pasaba y la ayuda ya no tardaba en llegar. 
Afuera en el bosques Pelayo y Francisco ocultos entre las ramas de un árbol esperaban confiados los acontecimientos. 
El otorongo  agazapado entre la espesa vegetación miraba atento cualquier movimiento de los cazadores, ellos no debían verlo de lo contrario su vida correría peligro. 
De pronto en la espesura de la selva, muy despacio y sin hacer ruido, llegó el equipo  de guarda bosques.  Por una de las ventanas de la cabaña, uno de ellos le avisaba a Joaquín de su presencia.  Éste salio a recibirlos, con cuidado les indico el camino, él iba adelante del grupo de guardabosques que caminaban en silencio entre la vegetación. Lo importante era sorprender a los cazadores para que no puedan escapar o enfrentarse a tiros con ellos.  
Hacer la captura sin el menor daño posible era indispensable, en los árboles de los alrededores los animales del bosque observaban atentos como ocurría la acción. 
Cuando los guardabosques rodearon a los cazadores, uno de ellos con un altavoz en la mano decía:     DETÉNGANSE, ESTÁN RODEADOS, NO DEBEN MOVERSE-  un cazador al verse sorprendido hizo un tiro al aire para crear confusión y poder escapar pero en el pánico de ser detenidos, los  cazadores corrieron a internarse en la profundidad de la selva. 
El guardabosque que tenía el altavoz les advertía  -NO DEBEN INTERNARSE EN LA SELVA, ES PELIGROSO PERDERSE EN LA ENMARAÑADA VEGETACIÓN- los cazadores hicieron caso omiso a la advertencia y siguieron corriendo  selva adentro. 
Era lamentable pero el guardabosque tenía razón, perderse en las profundidades de la selva era para no regresar, ni siquiera los nativos que vivían en la zona se internaban más allá de lo necesario. Ellos mismos decían  "Si te pierdes en la selva, ésta te devora y nunca más vuelves a salir".
El grupo de guardabosques los siguió unos pasos pero era inútil, se dieron cuenta que no debían ir más allá, era imposible detenerlos. Entonces todos ellos regresaron donde estaban las trampas y otros objetos de los cazadores, en una balsa cerca al rió encontraron varias cajas que en su interior tenían algunos animales que  habían logrado cazar, estos estaban amontonados y al borde de la asfixia, de inmediato fueron dejados en libertad. Su presa mayor era un lagarto de gran tamaño que al verse libre corrió presuroso al río.     
Las trampas fueron desarmadas para que nunca más vuelvan a ser usadas, las cajas y redes fueron llevadas por los guardabosques.   
De los cazadores nunca más se volvió a saber, se había cumplido el presagio del peligro de perderse en la selva. 
Joaquín Vásquez agradeció a sus compañeros la ayuda y antes que empiece anochecer se despidió de su grupo de amigos.
Pelayo y Francisco en el árbol daban pequeños saltos de felicidad, de nuevo el bosque estaba seguro y no había nada que temer.
El otorongo salio de su escondite, no cabía en su cuerpo de tanta alegría,  el peligro se había ido con los cazadores. 
El guardabosque sentado en el interior de su cabaña reflexionaba sobre los acontecimientos del día y el accionar de los pequeños papagayos. Él, ahora no dudaba de los misterios en el interior de la selva amazónica.  
En el viaje de regreso a la comunidad de papagayos, Pelayo viajaba perezoso y feliz sobre el lomo del otorongo, ese era un lugar más seguro para él. Mientras tanto Francisco volaba revoloteando entre los arboles, él no se cansaba de volar, ahora que ya sabía cómo hacerlo.  
Al paso de los amigos, el bosque estallaba en  cientos de sonidos que hacían los animales, la voz se  había corrido por todo el Manu, los cazadores ya no estaban y la felicidad reinaba de nuevo en la selva amazónica.
Mariposas de mil colores volaban al rededor de los tres amigos, pequeños sapos, lagartijas y hasta las peligrosas hormigas festejaban el acontecimiento. El gran lagarto que se había salvado, contaba  a sus amigos en el río, su peligrosa experiencia. 
Monos de las diferentes familias y tamaños, reptiles de todas la variedades respiraban tranquilos en un ambiente de festejo.  
Al llegar a la comunidad de papagayos, Pelayo y Francisco volaron a su árbol, el otorngo que se sentía  cansado se fue a  su madriguera a dormir. Para todos había sido un día lleno de tensión y peligro.                   

En la rama de su árbol Pelayo comentaba con  Francisco: 
-Ha sido un día de mucha acción, no debemos olvidar que el peligro puede estar presente en cualquier momento. 
-¡Si!... es verdad Pelayo siempre debemos estar atentos.
Francisco había aprendido algo nuevo.
Muy serio Pelayo contestaba:
-Los humanos son tercos, ellos no quieren comprender que la selva es nuestro único hogar y nuestro mundo, solo aquí somos felices, además el bosque está vivo gracias a nosotros los animales, sin nuestra presencia, el bosque moriría lentamente. Los humanos tiene que saber que no podemos vivir al lado de ellos y que deben dejar de insistir en cazarnos de una vez por todas. 
Esto para Pelayo era una gran verdad, él ya lo había vivido antes y sabía como era la realidad en su día a día. 
CONTINUARÁ     

domingo, 8 de julio de 2018

EL ESPÍRITU DE LA SELVA

PELAYO VISITA EL MANU: 
Con el nuevo peligro que acechaba en la selva del Manu, Pelayo comentaba con Francisco:
-Ahora que el otorongo se ha ido a ocultar me siento más tranquilo, los cazadores no deben verlo. Francisco tenemos que pensar en un plan para resolver este peligro que acecha en el Manu. 
Pelayo guardó silencio un instante quería ordenar sus ideas, no estaba cerca su gran amigo el monito Tomás, con él era más fácil crear un plan pero...¿que podía hacer? de pronto Pelayo dio un brinco en la rama del árbol como él solía hacerlo cuando una idea venía a su cabeza. 
-Francisco es el Manu, aquí tiene que existir un guarda bosque...¡Si!...¡si!...él tiene que vivir en algún lugar cercano-  entonces, Pelayo de la emoción en segundos paso a la tristeza cuando se acordó... -primo, él  no es Darío, él no puede hablar con nosotros y ¿cómo nos vamos a comunicar?, ¿cómo podemos decirle sobre los cazadores?
Francisco atento a cada palabra de Pelayo solo atinaba a mover la cabeza, no comprendía muy bien lo que éste decía. 
-No importa...¡no importa Francisco! lo primero que debemos hacer es encontrar la cabaña del guarda bosque ¿donde?...¿donde vivirá?- se preguntaba y se rascaba la cabeza en señal de impaciencia.
-No sé...¡no sé! Pelayo donde vive el guarda bosque, no lo conozco. tal vez si volamos hacia el sur encontremos su cabaña. 
-No podemos estar adivinando Francisco, tenemos que ir por el camino seguro, no hay tiempo que perder, nuestros amigos están en peligro.
El otorongo que estaba oculto muy cerca de ahí, podía escuchar la conversación de Pelayo y su primo, entonces salio de su madriguera, se acercó al árbol de los papagayos y con voz sonora dijo:
-Pelayo yo sé donde vive el guarda bosque y además conozco un camino escondido por donde podemos llegar más rápido. 
-Otorongo, es peligroso para ti salir de tu madriguera, no puedes acompañarnos, los cazadores están cerca. 
-Es peligroso lo sé pero si vamos con  cuidado podemos llegar a salvo hasta la cabaña, tu mismo lo has dicho, no hay tiempo que perder.  
El otorongo tenía razón pensó Pelayo, era importante ponerse en camino de una vez. 
-Vamos Francisco debemos ponernos en camino-  y los dos primos bajaron del árbol, se acercaron al otorongo y Pelayo comentó: 
-Tú señala el camino y nosotros te seguimos, pero tenemos que ir con mucho cuidado, los cazadores no deben vernos. 
El otorongo señaló un camino entre los árboles, los tres se pusieron en marcha. Los primos iban adelante, los  amigos avanzaban sigilosamente por el sendero oculto de la selva. 
Con la partida de éstos, el lugar quedó en silencio, las nutrias en el río cercano preguntaban a los manatíes ¿donde están los papagayos? no escuchamos su cháchara. Los escarabajos peloteros guardaban silencio, ellos sabían donde se habían ido Pelayo, Francisco y el otorongo.     
Después de un largo rato de caminata, el otorngo comenzó a sentir hambre, tenía adelante dos pequeñas presas que las podía cazar de un zarpazo, por unos segundo se detuvo y luchaba contra su instinto cazador,  él era un carnívoro por excelencia                  
pero pensaba: ¿cómo me los voy a comer?, ellos son mis amigos, no puedo hacer eso, además tenemos que seguir hasta encontrar la cabaña.
La lucha interna del gran felino lo hizo desistir de su intento de comerse a Pelayo y Francisco, se dio media vuelta y desapareció entre los árboles. 
Pelayo al darse cuenta que el otorongo se había marchado comentó con su primo:
-Francisco hemos estado frente a un gran peligro porque nuestro amigo tenía intenciones de tomarnos como su almuerzo. Ahora ¿qué hacemos?, tenemos que seguir adelante, volemos a ese árbol para ver el horizonte y encontrar la cabaña del guarda bosque. 
Pelayo comprendía muy bien la situación del otorngo y el porqué se había retirado, sus años de experiencia le habían enseñado.   
A una distancia no muy lejana, estaba la pequeña cabaña,  Pelayo la podía ver. 
-Francisco, ahí está la cabaña la puedo ver- decía con entusiasmo -volemos para acercarnos, tenemos que crear un plan para llamar su atención, no sé cómo nos vamos a comunicar con él. 
Cuando ambos papagayos se posaron en la rama del  árbol más cercano a la cabaña, Pelayo preocupado comentó:
-Francisco, ahora tenemos que encontrar la forma de comunicarnos con el guarda bosque para que sepa que hay cazadores ocultos en el Manu. 
Se vivían unos segundos de tensión, Francisco seguía los movimientos de Pelayo éste  pensaba y pensaba que hacer, daba una vuelta aquí y allá en la misma rama del árbol...dio  un brinco y por fin  tenía una idea, era un poco osada pero había que intentarlo.
-¡Qué pasa! ¿qué pasa Pelayo?- preguntaba Francisco con insistencia, al ver a su primo feliz. 
-¡Acércate Francisco!...¡tengo una idea!... voy a contarte de que se trata. 
Pelayo le dijo al oído su plan, no quería hacer demasiado ruido, Francisco con asombro escuchó a su primo: -espero que funcione tu idea Pelayo, si no...estamos perdidos. 
-¡Vamos Francisco a la carga!- levantó la voz lleno de entusiasmo.
Entonces los dos pequeños papagayos levantaron el vuelo y se lanzaron con todas sus fuerzas una y otra vez sobre la puerta de la cabaña querían que el guarda bosque abra la puerta. Francisco era el más entusiasta y ponía toda su fuerza al arrojarse contra la puerta.
Joaquín Vasquez como se llamaba el guarda bosque al escuchar los golpes,  abrió la puerta y se encontró con los dos papagayos que muy osados se lanzaban sobre ella. 
¿Qué sucede? pensó, ¿porqué estos papagayos se lanza sobre mi puerta? y acto seguido los ahuyentó para que se alejen y volvió a cerrar la puerta. Pelayo y Francisco no desistieron de su acción y continuaron arrojándose sobre la puerta, sus pequeños cuerpos comenzaban a sentir dolor pero ellos no se detenían. Joaquín Vasquez volvió abrir la puerta y vio de nuevo a los papagayos suspendidos en el aire que avanzaban hacia él. 
-¡Qué quieren!...estos pájaros, revoltosos- dijo  y entonces se dio cuenta que las aves insistían para que los siga.
El guarda bosque siguió a los papagayos por el camino estrecho, se ocultó entre las matas y pudo ver desde ahí a los cazadores que en silencio revisaban las trampas: 
-Cazadores furtivos en el Manu, no puede ser esta es una región protegida, la caza esta prohibida- decía en voz baja -son tres cazadores y están armados, no puedo hacerles frente, tengo que buscar ayuda-  y se retiró del lugar tan despacio como había llegado. 
De regreso a su cabaña se comunicó por radio con la estación central para pedir ayuda, hizo la advertencia que los cazadores estaban armados  para que tengan cuidado al venir. Luego de ello no le quedaba otra cosa que esperar. 
En el silencio de su cabaña, el guarda bosques recapacitó sobre el actuar de los papagayos, ellos lo  habían alertado sobre los cazadores.                       
        
Joaquin Vasquez, salio al bosque para buscar a los papagayos que estaban parados en el árbol y solo atino a decir -gracias amigos esto se los debo.
Pelayo y Francisco saltaban de felicidad por fin habían sido comprendidos. 
El otorongo había regresado y oculto cerca de la cabaña observaba, no quería ser visto para no asustar al guarda bosque.
Por el momento la situación estaba controlada, se esperaba que la ayuda llegue pronto. 
En cambio en el lugar de los cazadores, las trampas estaban vacías no había caído animal alguno ¿qué sucede? se preguntaban porqué no funcionan. Lo que ellos ignoraban era que la voz de alarma había sido dada por Pelayo y Francisco a todos sus amigos. 
CONTINUARÁ. 
    

domingo, 1 de julio de 2018

EL ESPÍRITU DE LA SELVA

PELAYO VISITA EL MANU: 
Con los gritos de Francisco tremendo alboroto se formó al rededor de los primos, las aves y demás loros de todos los tamaños y colores se sorprendían al escuchar a Francisco. Por tierra, río y aire los animales emitían mil ruidos para protestar. 
Las tortugas de río se arremolinaban en la orilla para ver y escuchar lo que sucedía, preguntaban a los delfines rosados ¿por qué tanto alboroto? 
Estos contestaban es Francisco que no quiere volar.  
Pelayo para tranquilizar a su primo se acercó a éste y con voz serena  dijo:
-Esta bien bien Francisco, calma no es necesario que te pongas así, ya no vamos a volver hablar del vuelo, te prometo que jamás voy a pronunciar esa palabra. 
Francisco se puso feliz, por fin su primo comprendía que él no quería volar ni alejarse del árbol que era su hogar, entonces de la alegría dio un pequeño salto, un tropiezo y cayó de la rama.
Pelayo miraba como caía su primo  y en su desesperación  gritaba para que éste lo escuche.
-¡Tus alas Francisco!...¡tus alas!...¡no olvides!. 
Francisco escuchó los gritos de Pelayo y abrió las alas, comenzó a batirlas, detuvo su caída y remonto el vuelo hacia los árboles. Era fantástico sus alas fuertes lo llevaban por doquier, él iba y venía de entre los árboles, daba volteretas y gritaba a la vez:
-¡Pelayooo! estoy volandooo... ¡Pelayooo puedo volarrr!-  decía feliz, más que feliz, lleno de algarabía, su pecho se inflamaba de alegría.  . 
De inmediato la voz se corrió por toda la selva del Manu, en segundos los animales del bosque estaban enterados de la gran noticia. Ya no más miedo de volar, Francisco era libre.   
Los papagayos que estaban en todos los árboles cercanos observaban absortos las piruetas que hacía  Francisco en su vuelo y éste por supuesto era él más sorprendido. 
-¡Si, si, si!- decía con entusiasmo. Su primo tenía razón, él podía volar e ir a donde lo lleve el viento y desde el cielo podía  dominar la selva.  Su cuerpo y sus alas era fuertes y estaban diseñadas  para llevarlo a donde él desee.  
Pelayo sentía una gran felicidad al ver a su primo volar, jamás había imaginado tanta alegría. 
Por fin Francisco se daba cuenta que no se iba a caer si se lanzaba al viento.  Él que en un momento estuvo dispuesto a no insistir más y dejar a su primo en paz.  Fue un  pequeño accidente que sufrió Francisco el que lo lanzó a volar.                
Adiós angustias, adiós y temores, Francisco ahora era un papagayo fuerte y feliz, ya toda la selva del Manu lo sabía. 
Al cabo de un rato Francisco seguía volando, no se detenía un segundo, ni se cansaba y en su ir y venir gritaba. 
-Pelayooo! mira cómo vuelo ¡Pelayooo!  ¡estoy volandooo!.
-¡Por qué!...¿por qué?...tengo un primo tan exagerado- decía Pelayo mientras se tocaba la cabeza molesto  - primero no quería volar y ahora casi me está volviendo loco con ¡Pelayooo...Pelayooo!...¡Pelayoooo! pero en el fondo se sentía feliz de verlo volar. 
Francisco  no se detenía, su nuevo ímpetu era real, él nunca antes había sentido este nuevo brío.  Sus sueños de volar y de comer las más deliciosas frutas de los árboles lejanos se hacia realidad.
El otorongo a los pies del árbol donde solía descansar, también escuchaba toda la algarabía de Francisco y todo el alboroto que se había formado en la selva del Manu.  
-No puede ser, Francisco está volando  y lo hace  con mucho ímpetu, que bien lo felicito, ahora si, esos papagayos parlanchines me van a dejar dormir, por fin tendremos paz en el Manu-  decía el otorongo impaciente, mientras trataba de relajarse.  
Cuando casi se ocultaba el sol por fin Francisco dejó de volar y fue a posarse al lado de Pelayo que de verlo volar todo el día estaba cansado. 
-Pelayo, Pelayo- decía Francisco lleno de alegría,  mientras zarandeaba a su primo
Éste, un poco molesto contestó -calma Francisco, basta ya me estas alborotando las plumas- y se sacudió para alejarse un poco de su primo. 
-Pelayo, lo siento, estoy feliz, muy feliz, no sabes cuanto, tú tenías razón, yo podía volar solo tenía que intentarlo y ahora no quiero dejar de hacerlo. 
-Si,si...está bien, yo comprendo tu alegría pero tampoco tienes que exagerar, es necesario tomar las cosas con calma. Esto de volar es de cuidado, no puedes ir por ahí sin precaución-  decía Pelayo  para advertirle de los peligros que existen en la selva.    
Francisco escuchaba con atención  porque sabia que él tenía más experiencia.      
Cuando llegó la noche y era la hora de dormir, Francisco se acomodo en su rama y se durmió rápidamente, esta exhausto, había sido un día de muchas emociones y de algarabía.
En el Manu ya nadie podría decir Francisco no puede volar, ahora todos los animales del bosque celebraban a Francisco y volvía la calma a la selva.     
Al día siguiente mientras Pelayo se desperezaba y estiraba sus alas, vio que Francisco traía para él unas ricas frutas para el desayuno.
-¡Hey Francisco! has amanecido temprano y lleno de energía. 
-Si...Pelayo quería traer el desayuno para agradecer tu paciencia.
-Nada, nada Francisco olvida eso, tú eres mi primo y eso para mí es lo único que cuenta-  Pelayo decía esto mientras comía las jugosas frutas de su desayuno. 
Después de terminar de comer, Pelayo y Francisco se unieron a la familia de papagayos, conversaban felices, todos aceptaban ahora al nuevo miembro de la comunidad. 
 Pero en medio de esta alegría había algo que molestaba a Pelayo, él había observado desde hace algunos días movimientos  
extraños en el Manu, mientras entrenaba con Francisco, vio a seres humanos que caminaban entre los árboles y conversaban entre ellos.
Pelayo un momento se alejó de su grupo familiar y se acercó  lo más que podía al grupo de hombres quería saber que estaban tramando.  
Escondido entre las ramas de un árbol  se dio cuenta que los hombres conversaban de lo que iban hacer. Pelayo quedó petrificado, era lo que más temía, él ya conocía lo que hacían   -no puede ser, todos los animales de esta selva  estamos en peligro- 
Los hombres que tanto iban de un lado a otro estaban colocando trampas para cazar animales Pelayo había vivido ya esta situación en su hogar y siempre decía que ver humanos en el bosque no siempre era para el bien de los animales. 
¿Qué hacer?  ¿cómo solucionar este peligro qué acechaba en el Manú? pensaba Pelayo si estuviera su gran amigo el monito Tomás juntos buscarían la solución. 
Francisco al ver que su primo no venía fue a buscarlo y se acercó a él -¿qué sucede Pelayo? ¿qué?  ¿qué?-  y lo atacaba a preguntas.
-Calma Francisco, no me aturdas y no hagas bulla, solo puedo decir que todos en el Manu estamos en peligro, hay cazadores y nos quieren a nosotros. Vamos sígueme, tenemos que dar la alarma.
Lo primero que hizo Pelayo fue buscar al otorongo al árbol donde éste siempre descansaba y lo llamó:
-Otorongo, otorongo  ¿me escuchas?
-¡Qué quieres!... ¿por qué interrumpes mi descanso Pelayo?-  contestó molesto el otorongo.
-Tienes que esconderte pronto, hay cazadores en el bosque y tu serías una gran pieza de caza para ellos.
-No, no tengo que esconderme, yo soy el rey de esta selva y con mi fiereza me enfrentaré a ellos y los venceré.  
-No, no otorongo tú no puedes contra ellos, los humanos saben como cazar, es mejor que me hagas caso y te escondas. 
El otorongo disgustado se levantó y se retiró del lugar. El peligro había llegado al Manu, Pelayo lo presentía... 
CONTINUARÁ     
       

domingo, 24 de junio de 2018

EL ESPIRITU DE LA SELVA

PELAYO VISITA EL MANU:
En la selva del Manu el silencio era total, todos los animales estaba a la espera de ver que sucedía. 
Francisco tembloroso sobre la rama del árbol, retrocedía lentamente a pesar de que Pelayo insistía para que se lance al viento y pueda volar. Sus palabras eran en vano, Francisco no lo escuchaba, él no deseaba volar.  
La expectativa que se había formado dentro de la familia de papagayos y del resto de los animales que los rodeaban se disipó, todos llegaron a la misma conclusión, Francisco nunca iba a volar.  
Cerca de ellos, un mono los observaba y movía la cabeza, hablaba y se lamentaba de ver a Francisco y su terquedad de no hacer caso a su primo. 
Pelayo volvió a insistir, no quería darse por vencido, entonces dijo:
-Francisco tu eres un ave, yo soy un ave, nosotros tenemos alas, ¡mira!-  y Pelayo abrió sus alas para que su primo se de cuenta de lo que decía y luego agregó:  -nosotros con ellas  podemos volar, haz el intento y vas a darte cuenta que lo puedes hacer, observa y mira como vuelo.
Entonces Pelayo se lanzó al viento con las alas abierta y empezó a volar, dando algunas volteretas entre las ramas de los arboles cercanos, su  primo lo miraba emocionado y sentía el deseo de seguirlo pero no se atrevía, su temor era más grande.     
Francisco dudaba no estaba convencido, todo aquello era nuevo para él. Pelayo volvió a su lado y comentó:
-Viste lo fácil que es, solo tienes que animarte y lo puedes lograr, tus alas te guiaran y tu cuerpo  pronto se acostumbrará al vuelo.  
-Pelayo, porque no olvidamos esto de volar y conversamos  de otro tema- dijo Francisco para cambiar la conversación y que su primo olvide del vuelo y de tantas palabras.  
Los cientos de aves que pasaban por encima de ellos y eran testigos de los apuros de los primos, comentaban todas a las vez  -Francisco no puede volar, no pierdas el tiempo Pelayo. 
Pelayo trataba de ignorar todo aquello y no perder la calma con su primo, por eso guardó silencio un momento y saltó con cuidado a una rama cerca, desde ahí  pensaba que podía hacer para convencer a Francisco.  
Mientras en el resto de la selva del Manu, todos los animales volvían a sus actividades cotidianas, cansados de escuchar los pretextos de Francisco para no volar. 
En el río cercano donde vivían las temibles pirañas comentaban: 
 -Pelayo pierde el tiempo, quiere convencer a su primo de volar y Francisco nunca le va hacer caso.
Los manatíes, los delfines rosados y la nutrias de río, estaban de acuerdo con ellas y agregaban: 
-Pelayo debe pasear con sus amigos los otros papagayos y olvidarse de Francisco, es inútil estar a su lado, él no va a cambiar de idea.   
La mañana transcurría lentamente Pelayo no escuchaba los comentarios de sus vecinos  y después de recuperar la paciencia, regresó de nuevo al lado de su primo. 
 -Francisco no podemos cambiar de tema. 
Yo quiero explicarte lo hermoso que es volar con el viento, ir donde quieras y sentir la sensación de libertad. Todo esto lo estás perdiendo porque no te lanzas a  volar y no me escuchas. 
Francisco se cubría  con las alas, su cuerpo temblaba de miedo y un poco aturdido  contestó:
-Yo, soy feliz así cómo vivo, no trates de cambiarme Pelayo.
-Si, yo sé que eres feliz así pero serias más feliz aún, si puedes volar porque irías a donde te lleve el viento  y comerías las más deliciosas frutas que hay en los alrededores.
Francisco, cuando escuchó lo de las de las deliciosas frutas, se puso en guardia, era cierto lo que su primo decía; últimamente no estaba comiendo muy bien, muchas veces se quedaba con hambre y las frutas del árbol donde vivía se acababan muy rápido. 
A los pies del árbol donde conversaban los primos, estaba el otorongo queriendo hacer una siesta y éste comentaba en voz alta para que lo escuchen Pelayo y Francisco.  
-Ya están de nuevo esos papagayos parlanchines hablando y hablando, con tanto parloteo no me dejan dormir, necesito descansar después de haber comido. Desde que ha venido Pelayo, en está selva se acabó la tranquilidad. Todos están pendientes  de los movimientos de ese par de papagayos.
El otorongo estaba muy molesto, para él. el descanso era importante porque tenía que digerir su comida y con tanto ruido no podía conciliar el sueño.
El día avanzaba sin novedades, Pelayo fue varias veces a buscar frutas para comer y traer a su primo para que se alimente. Él no perdía la esperanza de que Francisco lo siga. 
Cuando llegó la noche y la selva del Manu dormía, Pelayo en una de las ramas del árbol  y a la luz de la luna pensaba... ¿cómo podía ayudar a su primo Francisco a perder el miedo a volar? 
Si, el plan A había fracasado, Pelayo tenía un plan B y era necesario ponerlo en práctica al día siguiente, de tanto pensar y preocuparse el sueño terminó por vencerlo.  
Ajeno a todas las preocupaciones de su primo, Francisco acurrucado en otra rama del árbol dormía profundamente. Él soñaba con las deliciosas frutas que había mencionado Pelayo y se veía comiendo grandes cantidades de ellas, hasta reventar.  
Dentro de la familia de los papagayos a esa hora todos dormían pero había uno que estaba despierto,  él no le tenía mucha simpatía por Francisco y desconfiaba de Pelayo, en el fondo quería que se marche del Manu y deje a su primo.         
 Con los primeros rayos de sol del nuevo día, el Manu despertaba, las aves en el cielo, los animales en el bosque y los animales en el río,  todos iniciaban sus actividades.                   
Pelayo estiraba sus alas y despertaba al nuevo día, buscó a su primo alrededor y  de pronto escuchó a Francisco:
-¡Aquí estoy Pelayo! ¡buenos días!- y salío de entre las hojas de una de las ramas del árbol. 
Estaba de buen humor pensó Pelayo entonces después de desayunar comenzaría a poner en practica su plan B.
Los dos primos comían las ricas y jugosas frutas que Pelayo en varios vuelos, había traído. Todo transcurría en una alegre conversación, hasta que Pelayo comentó:
-Ahora que hemos terminado de desayunar Francisco vamos a practicar algunos ejercicios para mantenernos en forma. 
Pelayo no mencionó la palabra vuelo porque se había dado cuenta que Francisco con solo escucharla se ponía en guardia y comenzaba a temblar y se atropellaba con las palabras. 
Pelayo con los ejercicios, enseñaba a su primo a batir las alas que por instinto toda ave sabía pero en el caso de Francisco se había quedado anulado por el miedo. Junto a él batía las alas, estiraba cada patita y esperaba con paciencia que su primo haga lo mismo.
A Francisco esto le parecía divertido, por fin estaban haciendo algo entretenido, cuando Pelayo se cansaba de los ejercicios, volaba por los alrededores para dominar con su vuelo el Manu. 
Él veía a la región como  un paraíso, donde todo funcionaba como un reloj y donde la naturaleza cumplía con vigor sus funciones de desarrollo y reproducción, sólo su hogar, podía superar al Manu. Pelayo comenzaba a extrañar a sus amigos y a su vida de hogar.
Así los días pasaban y pasaban, Pelayo seguía al lado de Francisco haciendo los ejercicios, éste comenzaba a fortalecer sus  alas, sentía un nuevo brío y unas ganas de volar...pero cuando lo intentaba su cuerpo temblaba y su voz también: -Pepepelalalayoyoyo...¡no quiero volarrr!.  Decía en voz alta para que todos en el Manu lo escuchen. 

CONTINUARÁ.